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Dominical

Imaginario de Ibiza: Cap des Falcó, un topónimo con doble origen

El peñasco que separa la playa des Codolar de la de ses Salines acoge tradicionalmente al halcón peregrino. Sin embargo, cuando el macizo se observa del lado de levante, desde el mar, también parece adquirir la forma de un ave rapaz

Cap des Falcó visto desde el mar. / X.P.

Cap des Falcó visto desde el mar. / X.P.

@xescuprats

Vivir era un halcón en el cielo. Vivir era un botijo entre el polvo del grano segado y la paja que vuela. Vivir era un caballo entre las piernas y una carabina al hombro, y una colina, y un valle, y un arroyo bordeado de árboles, y el otro lado del valle con otras colinas a lo lejos

(Ernest Hemingway. ‘Por quién doblan las campanas’).

Siempre había pensado que el topónimo Cap des Falcó, que proporciona nombre al imponente macizo que parte en dos el litoral plano del Parque Natural de ses Salines, obedecía a la presencia habitual de halcones peregrinos en sus acantilados abruptos, que se reparten dicho territorio con otras rapaces como el águila pescadora. También se dice que la cumbre del despeñadero incluso llegó a albergar un criadero de halcones, en tiempos cristianos de la edad media.

Sin embargo, si se contempla con atención el precipicio cuando se navega frente a su vertiente levantina, a continuación del poblado salinero, el embarcadero y el extenso tramo de montes y bosque virgen que los separan, la forma que adquiere el cabo también recuerda a su topónimo: exhibe esa postura característica del halcón que, una vez toma tierra, extiende las alas hacia delante con la cabeza agazapada. Y como plumaje, los pinos, sabinas y otros arbustos que cubren la ladera. Nada que ver con la silueta que se aprecia desde toda la orilla de la playa des Codolar, donde la punta, que se eleva hasta los 136 metros de altura, se torna completamente vertical y desnuda de vegetación salvo en la cumbre.

La Punta de la Rama, cuyos arrecifes cierran el cabo, compite con la de ses Portes como extremo sur de Ibiza y habría que hilar muy fino para establecer la ganadora, pues en ambos casos se prolongan con una sucesión de escollos que emergen y se zambullen, dificultando la tarea de establecer con precisión dónde concluye la tierra y empieza el mar. También navegando se descubre que el Cap des Falcó no termina en forma de aguja, sino a través de un tramo largo de costa, que incluso adquiere cierta forma de bahía, adecuada para ponerse a resguardo de los vientos orientales. Por esta razón, en verano resulta fácil encontrar un buen número de veleros y lanchas fondeados al abrigo del acantilado, mientras sus tripulantes disfrutan de la grandiosidad de las peñas y la transparencia de los fondos marinos.

Según recoge la Enciclopèdia d’Ibiza i Formentera, en la época del cuaternario este macizo y el del Corb Marí debían de ser islotes, que posteriormente quedaron unidos a tierra por las playas que conforman el cordón que cierra las salinas tanto por el lado de es Codolar como de Migjorn y es Cavallet, formadas con los materiales que arrastraban las poderosas corrientes marinas de es Freus.

Sus bosques, a diferencia de los de buena parte de la isla, son especialmente valiosos porque no soportaron la continua explotación maderera a lo largo de los siglos. A las abundantes sabinas y pinos se suma una gran variedad de especies de orquídeas, algunas de las cuales existen en pocos lugares más del mundo, así como la retama, endémica de Ibiza.

Un cabo, en definitiva, que se avista desde buena parte de la costa sur, que impresiona por sus dimensiones y que, como se ha visto, está ligado al halcón peregrino por doble motivo.

Fuente de cantos rodados

El proceso continuado de desmoronamiento de es Cap des Falcó constituye el maná pétreo que alimenta la orilla de es Codolar de cantos rodados. Se halla inmerso en pleno Parque Natural de ses Salines, que abarca casi 3.000 hectáreas terrestres y 13.000 marinas, que se extienden por el sur de Ibiza y el norte de Formentera, ocupando también el brazo de mar que las separa. Asimismo, alberga buena parte de las praderas de posidonia oceánica que envuelven las islas y que forman parte de la declaración de Ibiza Patrimonio de la Humanidad (1999). Tanto sus estanques salineros como los acantilados de la costa, las dunas y los montes constituyen un hábitat imprescindible para múltiples aves y otras especies.

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