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Dominical

Memoria de la isla: La cultura solar en la Ibiza rural

Malgrat que a memòria em fa figa, encara recordo alguna cosa de tot allò que anys enrera m’explicava es iai de can Fontassa, de com es mesurava es pas des temps a pagès, sense rellotges de canell ni de buxaca, que eren cosa de senyors, i sense poder sentir ses campanes de ses esglésies de Vila o de Sant Rafel

Un hombre ara en Can Andreu. / J. A. Riera

Un hombre ara en Can Andreu. / J. A. Riera

Miguel Ángel González

Miguel Ángel González

Ibiza

Todavía en los años cincuenta del siglo pasado, las gentes del campo medían el tiempo en base a la alternancia del día y la noche, las fases de la Luna, el movimiento anual de astro solar y las estaciones. Las casas rurales de Ibiza y Formentera no tenían, ni falta que les hacía, el reloj de sol que en las fachadas era tan común en otras geografías agrarias. Mientras duraba la luz, nuestros payeses se regían por la posición del sol en el cielo y el movimiento cambiante de las sombras. Su dependencia del sol era tan grande que le atribuían una influencia determinante en los cultivos y en la misma vida. Un protagonismo solar que, cabe decirlo, no se daba sólo en el campo.

El calendario urbanita, con los solsticios, los equinoccios y casi todas las fiestas, Navidad, Pascua, San Juan, San Miguel, etc., también seguía a pie juntillas el ciclo solar que, no obstante, era en el campo donde merecía más atención. La frase «els pagesos fan feina de sol a sol» recogía la primacía que en el mundo rural tenía la cultura solar, marcando los tiempos de sembrar, recolectar, talar y también de descansar cuando dormía la tierra. El horario solar determinaba formas de vida, hábitos y costumbres que se transmitían de padres a hijos. Para ver cómo condicionaba el sol la vida diaria, basta repasar los momentos que dividían el día en el campo, trenc d’alba, migdia, capvespre i solpost. Una canción recuerda esta particular manera de contar las horas: «A la una canta es gall, / a les dues sa gallina, / a les tres es rossinyol / i a les quatre ja és de dia». Pero vamos por partes.

A trenc d’alba, con las primeras luces, el gallo, prematinal, ya había soltado sus clarinetazos. Era un despertador que no fallaba. Mientras nuestro payés desayunaba con un trozo de pan, sobrasada y un vaso de vino, ya se oía en los corrales belar ses ovelles, renillar es caballs, cloquejar ses gallines, bramular ses vaques, bramar s’ase i, oink, oink, es grunyits des porcs. Todos exigían la pitanza que casi siempre les llevaba sa majora. «Es sol és fora», decía el payés para sus adentros cuando ya iba, amb s’aixada a ses espatlles, camí des tros. Y como cada día, –aunque por la costumbre, él no las oía-, le acompañaba una cridanera xiuladissa de pardals, guàtleres i verderols. El campo despertaba y un maldito conejo, siempre el mismo, después de hacer de las suyas en el huerto, corría espiritado delante de sus narices para refugiarse en su madriguera.

Es migdia era, por así decirlo, la segunda hora del día, momento de embaular, de volver a la casa para descansar y coger fuerzas. Hay quien piensa que, como el payés no empleaba reloj, el momento de la manduca era un más o menos, pero no era así. En el campo nada era más sagrado y preciso que las horas de comer, una puntualidad que lo mismo valía para las personas que para los animales. El ruido de las tripas avisaba y todo dios comía con puntualidad estricta. Las gallinas en aquellas horas ya andaban sueltas por el laberinto de la nopalera, buscando gusanos y, casi todas, sin que nadie las llamara, volvían al corral cuando el día se iba. El payés, después de comer, se permitía, davall sa porxada, assegut as pedrís, fumar un cigarret o fer una pipada de pota i, fins i tot, fer una clapadeta mentre sa dona o ses filles llevaven sa taula i escuraven els plats. No se tardaba en volver al tajo, aunque en esto del descanso el payés sí tenía un más o menos. Había meses en los que el trabajo se hacía con menos agobios, pero en otros, entre San Miguel y Navidad o cuando llegaba la siega, el trabajo apretaba, de aquí que se dijeran frases como Sant Agustí lleva es menjar i es dormir.

Al atardecer

Es capvespre, el atardecer en el campo era la tercera hora. Cumplido ya su recorrido, el sol buscaba cama. El payés decía encara hi ha una mà de sol, pero se apuraba porque declinaba la luz. Era el mejor momento de día. Se había hecho el trabajo, llaurant, cavant, segant o batent d’alt s’era i era el momento de volver a la casa. Desde el mes de octubre hasta bien entrado febrero, como los días eran más cortos, el payés alargaba la jornada tanto como podía y cerraba el día ben entrada sa fosca. Se hacía el silencio. Los campos callaban y se apagaba el día. Y llegaba el solpost, s’hora de sopar i sa vetlada. Hechos los trabajos del campo, el payés se lavaba la cara, las manos y los brazos, se cambiaba las alpargatas y, amb els plats a taula, la familia sopava. Era sa darrera menjada d’es dia.

En tiempos más antiguos, en algunas casas, antes de sentarse a la mesa se rezaba el rosario que, si era invierno, se dejaba para después de la cena, una costumbre que con el paso de los años se fue perdiendo. Luego, según era la época del año, se tenía algún entretenimiento, se podía jugar a las cartas, hacer algún trabajo manual y, entrado el invierno, en las cocinas, asseguts devora es foc, es cantaven cançons glossades, es contaven acudits i rondalles. Y cuando en mayo llegaba la bonanza, tota sa familia sortia davall sa porxada i conversava una estona, però aviat se n’anaven a jeure perquè es gall, prou ho sabien, tornava a cantar ben de matí. Tot això, si fa no fa, és allò que cada dia i temps enrera feia sa gent des camp. Eren ses costums i maneres que regien quan manava s’horari solar i sa gent encara no s’havia enganxat as rellotge.

El caso del carbonero

Las noches en el campo pasaban sin pena ni gloría. Ses nits eren per dormir i descansar, que bona falta els hi feia. Cosa diferent era pes mariners, es caçadors i es carboners, que es regien pels estels i sa lluna. Es carboner era capítol a part, perquè feia una feina molt solitària. Solia sopar a posta de sol i, sobretot en s’hivern, just entrava sa fosca, es posava dins es jaç a dormir, però d’aquella manera, amb un ull obert, perquè si sa sitja coïa s’havia de vigilar a tota hora.

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