Memoria de la isla
De las rondallas de Ibiza
Amigo del relato breve, suelo tener a mano y releer las rondallas de Ibiza y Formentera que recogió Joan Castelló Guasch y compruebo, al leer después las mallorquinas, que existen entre ellas diferencias significativas que creo interesante reseñar aquí

Joan Castelló Guasch. / D. I.
Miguel Ángel González
En términos generales diría que, a diferencia de las rondallas mallorquinas en las que domina el elemento fantástico, mítico y misterioso, de hadas, magos, héroes, reyes, dragones, princesas, animales que hablan, bosques grandiosos, universos mágicos, tiempos remotos y grandes sucesos, en las rondallas ibicencas nos movemos en la materialidad de lo concreto, común, inmediato y familiar, en una cotidianidad que reconocemos y con la que nos identificamos, no sólo porque los actores piensan, hablan y actúan como nosotros, sino porque son continuas las referencias a nuestro modo de vivir, a nuestras costumbres y creencias, a un mundo que es el nuestro y a los lugares que habitamos.
Si echamos mano de cualquiera de los preciosos cuadernos publicados por el Institut d’Estudis Eivissencs, vemos que los ámbitos en los que suceden las cosas no son nunca foráneos o imaginados, son los que conocemos y pisamos, Vila, sa Penya, es Soto, es Portal Nou, Jesús, sa Casa Vermella, es Puig des Molins, es Pas Estret, Sant Jordi, Sant Miquel, Sant Agustí, es Vedrà, Xarraca, ses Marrades… En las rondallas mallorquinas, aunque se recogen topónimos y lugares conocidos, son más frecuentes los escenarios indeterminados y fantasiosos que alejan de la realidad y sitúan al lector más como espectador que como protagonista.
En nuestras rondallas, en cambio, todo sucede a dos pasos, delante de nuestras narices. Quienes oyen el relato –no olvidemos que estamos en una tradición oral, en historias que se explican de viva voz- se sienten vinculados al espacio que se describe porque viven en él. Pienso que, en este último caso, por la proximidad y la inmediatez de la acción, cuando la historia se explica en una noche de invierno, en la cocina, con la poca luz del quinqué y sin otro ruido que el chasquido de la leña en el fuego, el relato debía crear una clara vinculación sensorial y afectiva que, a buen seguro, mantendría muy atentos a los más pequeños de la casa.
Otra diferencia significativa entre unas y otras rondallas –en términos generales, pues hay excepciones-, es que mientras las rondallas mallorquinas remiten con frecuencia a la Historia con mayúscula y a los acontecimientos que se han dado en ella, en las nuestras, afincadas rabiosamente en en el aquí y el ahora, el contexto es el de cada día, con sus hechos triviales que, sin embargo, resultan reveladores pues en ellos lo ordinario deviene extraordinario y nos sorprende lo común. Podríamos decir que nuestras rondallas le sacan partido a las entretelas de lo cotidiano. Tengo también la impresión de que las rondallas mallorquinas son, ¿cómo lo diría?, más ortodoxas, didácticas y aleccionadoras, tienen una intencionalidad manifiestamente educadora, mientras que las nuestras buscan, sobre todo, divertir y entretener.
Tienen moraleja, por supuesto, pero se decantan por una cierta picardía y lúdica heterodoxia. El demonio da más juego, aunque luego salga con el rabo entre las piernas. Y otra cosa específica de nuestras rondallas es el inteligente giro que tienen los tiempos. Casi todos los relatos arrancan con un pretérito: hi hagué una vegada, ja fa molts anys, un temps, a Formentera, en una certa ocasió, etc., de manera que se anuncian referidas a un supuesto pasado que, sin embargo, en la narración se hace presente en un ahora en el que los personajes dialogan:
-Senyor mossènyer, tenc pixera!
-Idò ves fora!
-És que jo tenc por de sortir fora.
-Idò pixa per sa finestra!
Otra diferencia significativa la tenemos en que, mientras en las rondallas mallorquinas encontramos un uso reiterativo y claro de los símbolos –el árbol en su sentido totémico y ritual, símbolo de la ciencia y el conocimiento; el fuego como símbolo de vida; la montaña como lugar santo, elevado, en el que se unen el cielo y la tierra; o la caverna como refugio, como nido, etc-, en nuestras rondallas tenemos un potente enraizamiento en lo literal, en lo real, en lo concreto. En ellas no encontramos elucubraciones, sino imágenes visuales tremendamente efectivas. Y lo que también tenemos en nuestras rondallas –y menos en las mallorquinas- es un cierto fatalismo, el peso del destino, el convencimiento de que en la vida juega el azar o, más precisamente, la providencia divina: «Cadascú és així como Déu l’ha fet», «Déu sap què fa i no pot errar». Y no falta un acusado pragmatismo: «Qui vol menjar, que faci feina».
Muy especialmente por sus registros léxicos, un auténtico tesoro idiomático en el que se manifiesta con toda su fuerza la riqueza expresiva del habla popular. Hoy tengo un grueso cuaderno lleno de palabras como ensivellar, batcollada, gargamella, espipellar, xeringar, agalipar, eixordar, reguinyol, flastomar, atzaqueta, esmús, calrada, reguinyol, ardada, envitracat, etzibar, encaborit, merdufaia, mermoladissa, arreveixinar… ¡Que no se pierdan!
El poder de la palabra
En lo que sí coinciden unas y otras rondallas es en el poder de la palabra. Lo vemos en fórmulas apodícticas que crean realidad: «Per fat i fat, que allò que dic sia veritat» o «mal tornasses peix!», diu la mare a un fill seu a qui agrada massa anar a nedar. También coinciden en su concepción de lo religioso que en nuestro caso resulta especialmente explícito en las ‘Rondaies eivissenques de quan el Bon Jesús anava pel món’, donde tenemos la Creación vista con ingenio y humor, además de la peculiar relación que Dios tiene con el hombre. Se nos habla, en fin, «de com el Bon Déu feia el món i el dimoni hi volgué posar la seva ditada», circunstancia que nos da una ingenua explicación del origen del bien y del mal. Y aquí cierro estas notas, no sin decir que las rondallas me han dado posiblemente los textos que más me han hecho apreciar el catalán y el ibicenco.
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