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Dominical | Imaginario de Ibiza

A través del bosque de sabinas de Cala Bassa

La presencia de este arbusto destaca entre las dunas que envuelven diversas playas de la isla, tal y como ocurre, por ejemplo, en las principales orillas del Parque Natural de ses Salines

Ningún conjunto impresiona tanto, sin embargo, como el de la Bassa, donde pueden hallarse múltiples ejemplares centenarios, de troncos retorcidos por el viento y con raíces que sobresalen de la tierra

Sabinas de Cala Bassa.

Sabinas de Cala Bassa. / X.P.

@xescuprats *

Ibiza

¿Y si un trozo de madera descubre que es un violín?

Arthur Rimbaud

Uno de los placeres inherentes al invierno ibicenco, inevitable en el transcurso de la pausa navideña, consiste en regresar a la orilla vacía de Cala Bassa y perderse por las dunas de la retaguardia, húmedas tras tantos días y semanas de bendita lluvia intermitente. Allí aguarda uno de los bosques de sabina (Juniperus phoenicea) mejor conservados y antiguos de la isla, con diversos ejemplares centenarios de troncos nudosos, a menudo retorcidos sobre sí mismos por obra y gracia del viento, que los ha ido esculpiendo a capricho a lo largo de los años.

En Ibiza existen distintas maderas nobles, pero las más destacadas probablemente sean el enebro, con el que se siguen elaborando las tradicionales castañuelas ibicencas, y la sabina. Ambas son intensamente olorosas y se parecen hasta el extremo de que las segundas, cuando son arbustos jóvenes, se confunden fácilmente con las primeras. El paseo de Cala Bassa comienza a la altura de la balsa que da nombre a esta orilla turquesa, que prácticamente cierra la bahía de Portmany por el lado sur. Allí aguardan varios troncos de ejemplares muertos, carentes de ramificaciones pequeñas y hojas, que no hace tantos años aún lucían esplendorosos. A pesar de su estado, el grosor de los troncos sigue impresionando a todo aquel que los contempla por primera vez.

Extraordinaria dureza

A sus insólitas dimensiones se suma la extraordinaria dureza y resistencia de la madera, que antaño componía uno de los materiales imprescindibles en la construcción de la casa de campo ibicenca. Hoy se encuentran protegidas y su recolección está prohibida, así que las que se utilizan para la restauración de casas tradicionales se importan de los bosques sorianos, donde se siguen expandiendo y su pervivencia no corre peligro, y de otras regiones mediterráneas. Sin embargo, la variedad ibicenca antaño constituía el elemento principal de la cubierta, empleándose los ejemplares más grandes y antiguos para las jácenas y travesaños, y las medianas para las vigas, dejándose algunas ramas y los arbustos más pequeños para la producción de tablillas (en ibicenco tegell), que soportaban varias capas de posidonia seca y ceniza que ayudaban a aislar los tejados.

Todas las fincas albergaban sabinas, que eran podadas y cuidadas con regularidad, hasta que crecían lo suficiente como para ser recolectadas y preparadas para la construcción. El corte de la sabina se hacía en la estación y luna adecuadas, para que su madera alcanzara el grado óptimo de resistencia y que la tarea de pelarlas resultara menos ardua. A diferencia de las de Cala Bassa, las sabinas de las fincas del interior, donde el viento no ejercía una presión tan intensa y constante, crecían mucho más verticales.

Cuando las espaldas de los ancianos se combaban como las sabinas de Cala Bassa, con sus ramas se construían cayados de empuñadura adornada, que el artesano Antonio Hormigo –padre del escultor del mismo nombre, ambos ya fallecidos– convirtió en obras de arte. Además, tenían otros muchos usos constructivos, artesanales e, incluso, medicinales.

Ahora, con la orilla vacía de turistas y la fiereza del tiempo, resulta idílico pasear entre sus troncos y contemplar cómo las raíces sobresalen de la arena y se anudan unas con otras, conformando un ecosistema conectado que parece configurar un único organismo. Es como si emergieran esplendorosas del letargo veraniego, cuando son ignoradas por las multitudes de viajeros que almuerzan a su sombra y les dan la espalda desde la playa.

La bassa, otra peculiaridad

Las dos grandes peculiaridades de Cala Bassa son el bosque de sabinas centenarias y la balsa de agua que aguarda al abrigo del tramo rocoso que precede la orilla. Hoy la charca permanece enlazada al mar mediante dos canales recortados en la arenisca, ejerciendo de piscina natural para el disfrute de los niños, que chapotean en una lámina salada que no llega a cubrirles las rodillas. Antiguamente, sin embargo, se encontraba aislada y su tamaño variaba, al acumular únicamente el agua de la lluvia, al impedir el desnivel de la roca costanera que ésta alcanzara el mar.

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