Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Dominical

Memoria de la isla: De la mitología pitiusa

Los sueños son mitos privados, los mitos son sueños compartidos. El gran enemigo de la verdad no es el mito, es la mentira

Monumento de Ca na Costa, en Formentera.

Monumento de Ca na Costa, en Formentera. / DI

Miguel Ángel González

Miguel Ángel González

Ibiza

En nuestras islas estamos familiarizados con leyendas que la transmisión oral ha preservado y hoy nos llegan a través de las tradicionales rondallas, fábulas de la narrativa popular que tratan de explicar hechos imaginarios con el objetivo, en ocasiones moralizantes, de aleccionar y distraer; pero lo que no hemos podido descubrir y articular son los mitos fundacionales que conocemos en muchas ciudades del Viejo Mundo y que Ibiza, siendo una de las ciudades más antiguas del Mediterráneo, también debería tener.

Investigar la mitología pitiusa implica localizar determinados relatos que, fuera del tiempo y la memoria, con la intervención de héroes y dioses, nos retrotraen a tiempos primordiales y tratan de dar sentido a la realidad. Y si alguien se pregunta qué aportan los mitos, cabe decir que la Historia tiene los límites de la memoria, mientras la razón no consigue dar cuenta del sentido y se pierde al afrontar lo inefable que, no obstante, pueden sondear y desvelar la experiencia y la imaginación, los dos pilares que crean el mito. La experiencia que se tiene sobre los hechos del mundo real los interpreta la imaginación que dota a aquellos hechos o sucesos de un contenido trascendental, transformándolos en la narrativa mitológica que, simbólica y emocional, aborda cuestiones existenciales, valores, creencias y la cosmovisión de una cultura específica, estableciendo modelos de comportamiento y proporcionando consuelo y esperanza en un entorno incierto, aspectos que la lógica racional no puede alcanzar.

Los mitos fundacionales que aquí nos interesan tienen su origen en la necesidad insoslayable y concreta de sacralizar el solar de asentamiento y situarlo bajo la protección de dioses tutelares. Nada extraño. También hoy mantenemos rituales similares al botar una embarcación cuando el sacerdote la bendice, o cuando colocamos una piedra basal donde se levantará un edificio. A partir de aquí, parece perfectamente defendible una forma mítica de la verdad, siempre que tengamos en cuenta que la verdad del mito no es literal, es simbólica, es alegórica y arquetípica, es una verdad que reside en su capacidad para dar sentido a la existencia y a la experiencia colectiva de un pueblo. Incluso el sesudo Heidegger se pregunta «qué nos hemos perdido del origen y en el origen», al tiempo que nos anima a la tarea de recuperar lo que aconteció entonces, con vistas a una expectativa de sentido y finalidad. Por cierto, el proceso de simbolización de lo real que se da en el mito queda bien reflejado en el poema final del ‘Fausto’ de Goethe (12.104 y 105): «Todo lo perecedero es un símbolo de lo indescriptible que se hizo aquí y nos arrastra hacia lo Alto». Mito y poesía, por tanto, ven de la mano en la búsqueda de lo esencial y originario. Podríamos decir que la poesía guarda la esencia del mito como un más allá de la verdad, como instauración de sentido y proyecto iluminador de la verdad. Esto explica que las ciudades antiguas hicieran su asentamiento a partir de estrictos ritos fundacionales que buscaban la protección de dioses tutelares y convertir el lugar elegido en tierra sagrada.

Dido y la piel de toro

Un precioso ejemplo de mito fundacional lo tenemos en Cartago, caso que nos es familiar, siendo Iboshim colonia de la metrópoli africana. El mito explica que la princesa Dido huye de Tiro tras el asesinato de su esposo por su hermano, el rey Pigmalión y, cuando al llegar a costas africanas, pide al rey local tierras para fundar una ciudad, éste, tratando de engañarla, le concede sólo el espacio que pueda delimitar con una piel de toro. Con ingenio, Dido corta la piel en finísimas tiras y con ellas delimita el territorio suficiente para fundar su ciudad que llama Byrsa (Piel de Toro). El mito tiene continuación en el enamoramiento de Dido y Eneas, héroe que ha llegado a Byrsa tras la caída de Troya, pero que debe partir porque tiene la misión divina de crear una nueva Troya en Italia y Dido, desesperada por el abandono de su amante, se arroja a una hoguera.

Recojo velas para incidir en lo que desde el principio de estas notas buscamos, descubrir y articular la mitología fundacional de nuestras islas, hilvanar el relato mítico de aquellos días primigenios en los que pierde pie la memoria, tiempos en los que Ibiza y Formentera no estaban aún en el mapa del Viejo Mundo y mucho antes de que los pobladores fenicios hicieran asiento en nuestra isla mayor. Un relato que puede hacernos retroceder a los grupos humanos que habitaron en Formentera el Cap de Barbaria y la Mola, dejándonos el misterio de su precaria habitación y huellas tan enigmáticas y espectaculares como el sepulcro megalítico de Ca Na Costa.

Los frutos de oro

Tendríamos que retroceder al universo al que Robert Graves alude en ‘El vellocino de oro’, donde nuestras islas son las ‘Hespérides’ o ‘Islas de las Ninfas’, -Egle, Eritia y Aretusa-, que custodiaban estos legendarios paraísos marinos en el extremo del mundo occidental, jardines marinos en los que abundaban los frutos de oro que bien pudieron ser manzanas o naranjas. Tendríamos, en fin, que retroceder hasta estas islas que visitó la expedición de Jasón y los Argonautas, conocidas entonces como ‘Islas de los Hombres Desnudos’, en referencia a los famosos honderos que el general Magón, como explica Tito Lívio (XXVIII, 37), reclutó en la isla Pythioussa para reforzar su flota de guerra. Por cierto, todavía recuerdo los cientos de proyectiles de plomo (glandes) que extrajo una draga de los fangos del puerto de Ibiza.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents