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Dominical

Imaginario de Ibiza: En Formentera sigue habiendo chumberas

La cochinilla que arrasa los nopales ibicencos no ha sido capaz de cruzar es Freus. Por la Mola, Sant Ferran y los campos de Sant Francesc aún resulta fácil encontrar ‘figueres de pic’.

Chumberas junto al faro de la Mola. / X.P.

Chumberas junto al faro de la Mola. / X.P.

@xescuprats*

Ibiza

Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos (Eduardo Galeano).

Al ibicenco que cruza el mar con destino a Formentera, tras una larga temporada sin hacerlo, lo primero que probablemente le llame la atención sea la presencia de vigorosas chumberas, con sus hojas carnosas sembradas de púas. Allí las hallará por doquier: a los pies del faro de la Mola, asomándose por encima de la tapia que rodea la torre –como en la fotografía–, en los aparcamientos de tierra situados a la salida de Sant Ferran, aferradas a las muros de piedra seca que flanquean los caminos, a unos pasos de las casas de campo que hay dispersas por el interior del islote… Junto a las higueras apuntaladas, la omnipresencia de las chumberas constituye la mayor sorpresa que se lleva el ibicenco regresado, cuando ya se había olvidado del paisaje de la pitiusa menor.

La razón de este asombro es que en Ibiza, justo al contrario, apenas queda una chumbera sana. Resulta insólito descubrir que, a pesar de la cercanía, la maldición de la cochinilla silvestre (Dactylopius opuntiae) no ha sido capaz de atravesar es Freus. Las fincas ibicencas que aún conservan ejemplares de esta planta muestran unas hojas raquíticas y secas, dado que estos insectos hemípteros se alimentan succionando su savia y luego las envuelven con unas características placas blancas y un tejido algodonoso en el que plantan sus capullos, hurtando a la planta toda la energía. Como las hembras y ninfas se dispersan con el viento, se han acabado propagando por toda la isla en un santiamén.

Si antaño alguien le hubiese dicho a un payés ibicenco que las chumberas desaparecerían, se habría echado a reír. No existía planta más resistente y capaz de soportar las oleadas de calor del verano ibicenco. Además, la chumbera proporcionaba unas hojas carnosas que, toscamente troceadas, se echaban como alimento a los cerdos. Y al despuntar el verano florecían con pétalos casi siempre amarillos, que a veces oscilaban hacia el naranja y el rojo, para después proporcionar frutos.

Los higos chumbos (figues de pic, en ibicenco), se recolectaban a primera hora, cuando aún no habían atrapado el calor del día, con sumo cuidado de no pincharse. Se empleaba una caña abierta por la punta (llecadora), idéntica a la que servía para recolectar orioles, verdals, blanques, julíes, martinenques y demás variedades de higos ‘normales’. Una vez recogidos, se lavaban con abundante agua para que se les cayeran los pinchos y en las fincas donde había una noria (sénia), se empleaba la fuerza del chorro que iba extrayendo el artilugio hidráulico.

El arte de pelar higos chumbos

Pelar los higos chumbos también constituía todo un arte y se empleaban distintas técnicas. Una de las más habituales consistía en sujetar con cuidado el fruto, cortarle las tapas laterales sin llegar a arrancarlas del todo y luego practicar un corte longitudinal del largo, para después retirar la piel con los pinchos. La mano que había sujetado la piel nunca tocaba el fruto, para evitar que algún pincho acabara en su jugosa carne.

En temporada, en todas las casas payesas donde había chumberas, era fácil encontrar en la alacena un plato lleno de higos chumbos ya pelados. Su sabor dulce y fresco constituía un manjar, a pesar de las muchas semillas que albergaba el fruto. Eso sí, todo ibicenco sabía que, dado que maduran al mismo tiempo, no se podían comer higos chumbos y uvas a la vez porque hacían tapón. En Ibiza ya no es algo de lo que debamos preocuparnos. Lamentablemente.

El corral de las gallinas

La chumbera, también llamada nopal, higuera de pala, penca, tuna o pera de cactus, entre otras denominaciones, es una planta arbustiva traída a España por los conquistadores españoles a mediados del siglo XVI, al regresar de sus expediciones por el Nuevo Mundo. En México y Centroamérica la hallaron en grandes cantidades y acabó expandiéndose por todo el Mediterráneo, llegando también a Ibiza. En las casas payesas se plantaba en un cercado junto a los corrales, dejándose las gallinas sueltas entre sus hojas. En algunos hogares, asimismo, albergaba las letrinas.

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