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Dominical

Memoria de la isla: eran otros inviernos en Ibiza

Cuando a los siete años hice la Primera Comunión, rito iniciático de la tribu, me sentí expulsado de la infancia. «Ahora -me dijeron- ya tienes uso de razón y debes esforzarte por ser un hombre de provecho, como Dios manda».

Temporal en el mar.

Temporal en el mar. / Toni Escobar

Miguel Ángel González

Miguel Ángel González

Ibiza

Los veranos de nuestros primeros años fueron siempre una fiesta, pero tampoco estuvieron mal los inviernos, a pesar de los reyes godos y las tablas de multiplicar. De aquellos fríos recordamos los amigos que luego han sido los de toda la vida, los juegos en la calle, los recreos en la escuela, los tebeos y las bicicletas. Lo cierto es que no aprendimos a leer en el ‘Catón Moderno’ como creían nuestros padres, aprendimos a leer con los personajes del TBO, doña Urraca, don Pío, Carpanta y los hermanos Zipi y Zape. Nuestro ciclo anual no era entonces el del calendario que en nuestras casas colgaba en las cocinas, no iba del solsticio al equinoccio, del 22 de diciembre al 21 de marzo.

Arrancaba el primer día de clase en La Consolación que, lejos de consolarnos, nos consternaba y atribulaba, aunque luego, en unos días, con la rutina se nos pasaba el disgusto. Ahora, muchos años después, gracias a que la memoria solo preserva lo que le interesa, los recuerdos de aquellos inviernos son todos buenos, aunque eso sí, los recordamos sin hilatura, con momentos y sucesos dispersos, como si los restos de un naufragio salieran a flote. Recuperamos los días pasados como piezas de un puzle que sólo recomponemos a medias, de manera que uno no sabe si vivió lo que explica o sólo explica lo que cree que vivió.

En cualquier caso, sea real lo que recordamos o en parte imaginario, es lo que nos queda, un batiburrillo de imágenes sin orden ni concierto: la bata rayada del colegio; el dulce de membrillo que hacían en casa; el olor a naftalina de los jerséis recién salidos del baúl; el 12 de octubre que era el Día de la Hispanidad, del Pilar, de la Benemérita y de la Raza; las botas de Segarra con suela de camión; la mesa camilla y el brasero; el Parte de Radio Nacional; los huevos fritos de la cena; las aventuras de Diego Valor que oíamos todas las tardes en la Telefunken; las primeras lluvias; las castañas asadas y los moniatos que yo llamaba patatas dulces; la Catequesis que nos impartía el Padre Alberto en Sant Elm; los granos carmines de las granadas que espolvoreábamos con azúcar y nos comíamos a cucharadas; la visita al cementerio el Día de Difuntos; la parada circense de los estorninos sobre la Marina; la misa de los domingos en las lunetas de Sant Elm; las películas con sesión doble y NO-DO del Pereira; las chufas, los pirulís y las manzanas de caramelo que le comprábamos en su carrito de chucherías a na María del Bisbe; los regalos de los Reyes Magos que enseguida supimos que no eran magos pero que nos cuidamos de no decirlo; las cantinelas de las lecciones y las tablas de multiplicar en el aula; los Santos Inocentes con sus monigotes de papel; los ingenuos disfraces del Carnaval; las procesiones de Semana Santa; las visita a los Monumentos que olían a cirios y a flores ajadas; el ‘venid y vamos todos’ que se cantaba al ir a comulgar en las iglesias; los terrores infernales del sermón de las Siete Palabras en Santo Domingo y, no mucho después, los feriantes que colocaban sus tómbolas y casetas de tiro al blanco en Vara de Rey y el Circo Lauri que levantaba sus lonas en el Portal Nou, con tigres, cabras volatineras, payasos, una mujer barbuda y enanitos. Todo aquel revoltijo estaba en aquellos inviernos.

Estábamos indefensos frente a la humedad que, sin que importara el abrigo, nos calaba los huesos.

En el banc del si no fos en el que ya me siento, delante del desaparecido Cine Serra, tres vejetes dicen que antes hacía más frío que ahora y yo creo que no. Sucedía que los gabanes, con más borra que lana, no abrigaban. Tampoco se comía como ahora. Recuerdo, sobre todo, patatas, garbanzos, lentejas, potajes y sopas. No existía el democrático pollo que hoy nos venden mondo y decapitado. El pollastre de pagès era entonces un soberano capón que podía pesar más de tres kilos, pero sólo se comía en Navidad. A la mesa llegaba la carne que nuestras madres compraban en can Miquelitus, junto a la Peixateria, y en la carnicería de Toni Balanzat que estaba a dos pasos de casa, en Guillem de Montgrí, entre can Fonoll y la verdulería de ses Junqueretes, pero sólo en aniversarios, fiestas de guardar y algunos domingos, es decir, de uvas a peras.

Casas no preparadas para el invierno

Y la sensación de frío que decía era porque las casas no estaban preparadas para el invierno. Con el sólo calor de los braseros y sin más agua caliente que la que se obtenía en los fogones con una olla, las habitaciones eran neveras, sobre todo los dormitorios. Esto explica que nos metiéramos en la cama arrebujados y embozados, bien envueltos, sin pegar ojo hasta que el calor del propio cuerpo nos acomodaba.

En Ibiza siempre nos hemos engañado con el mito de la bonanza, el ‘aquí no hace frío’ que es sólo una verdad a medias. Era cierto, como lo es hoy, que en los días despejados de invierno la temperatura era agradable, al punto de que al mediodía nos podía molestar un jersey, pero así que anochecía, entre enero y marzo, no sobraba el gabán, se nos helaban las narices y nos salían sabañones en las manos y en las orejas. Y lo que era todavía peor, estábamos indefensos frente a la humedad que, sin que importara el abrigo, nos calaba los huesos. Recuerdo que en los amaneceres y por las noches las losas de los muelles estaban siempre mojadas.

Los inviernos cortos

Leo -y viene a cuento- lo que al respecto decía Fernando de Aragón: «Conviene veranear en Sevilla y pasar el invierno en Burgos, donde, a pesar de los rigores del clima, tienen los medios para defenderse de las inclemencias». La suerte que teníamos y tenemos en Ibiza y Formentera -eso no ha cambiado- es que los inviernos eran y son cortos. Empiezan tarde y acaban pronto. Por Todos los Santos hacía todavía calor, seguía el veranillo de San Martín, enero venía espléndido con las encalmadas o ‘minves’ y el florecer de los almendros que nos anticipaba la primavera. El invierno daba en febrero y marzo sus últimos coletazos, aunque podía sorprendernos con alguna turbonada que nos dejaba, con los barcos bien amarrados, incomunicados con la Península, pero no con Formentera porque el ‘Manolito’, aunque bailara como una nuez en los Freos, no se arrugaba.

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