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Imaginario de Ibiza: Las trampas del camino a Portinatx
La carretera más extensa de la isla desemboca en su orilla más septentrional. Alcanzarla constituye un auténtico reto debido a los cantos de sirena que se suceden durante el recorrido.

Bahía de Portinatx. / X.P.
Xescu Prats @xescuprats *
Mientras más duro el acceso, mejor es la playa (G. J. Walker-Smith).
La carretera más extensa y una de las más antiguas de cuantas atraviesan el interior de la isla no tiene como destino final una población, sino una bahía formada por tres orillas. Arranca en la capital y cruza el llano de Jesús y los campos de Safragell y Balàfia, ascendiendo después por los montes de Labritja. Una vez alcanzado el punto más alto, desciende serpenteando por los confines del norte ibicenco, con unas curvas tan pronunciadas que, en algún tramo del recorrido, hacen que te acuerdes de sa Calobra mallorquina.
Una vez la pendiente va suavizándose y se asienta a unas decenas de metros sobre el nivel del mar, los campos reticulados con muros de piedra seca exhiben una tierra fértil plagada de higueras, almendros y algarrobos, la tríada de la Ibiza rural. También se vislumbran algunas casas payesas aquí y allá, casi todas reformadas por extranjeros, que no hace tanto eran fabulosas ruinas.
Sin embargo, no hay carretera más sembrada de trampas, bifurcaciones y desvíos tentadores que la de Portinatx. Tanto que muchos excursionistas, ya sean oriundos o de paso, que pretenden dirigirse a esta playa, acaban renunciando a sus intenciones y se dejan arrastrar por esa inquietud exploradora inherente al hombre y por los cantos de sirena del paisaje.
El primer cebo aguarda poco antes de concluir el descenso desde los montes de Sant Joan. Al pie de un pinar que sube por la ladera del monte, junto a unos bancales con tierra labrada, aguarda una señal que indica una ruta secundaria hacia es Caló de s’Illa. A pesar de que aquí el mar aún permanece oculto, la salida resulta extrañamente atractiva y genera la primera criba. Todo aquel que se encamina por el laberinto de travesías que aquí comienza casi nunca regresa a la carretera principal, salvo para recorrerla en sentido inverso y volver a casa. Los atractivos son incontables y difícilmente evitables: el islote d’en Calders, con la orilla rocosa y lunar que lo precede; es Caló de s’Illa, con rústicos varaderos de piedra y tablas, y una soledad impagable en esta Ibiza saturada, y, sobre todo, el espectacular rincón de es Canaret –también conocido como la Cala del Alemán, por la nacionalidad del promotor del chalet con torre y amplios jardines sobre el mar, que, como aquellos que le han sucedido, se pasó la vida tratando de privatizar la playa y que nadie más que él pudiera disfrutarla–. La ribera, atigrada de arena, escollos y posidonia, destaca por los intensos colores del mar y la preciosidad de su orilla abrupta.
Quienes, por el contrario, persisten y continúan sin desviarse, encontrarán más cebos junto a la calzada, con el agravante de un mar radiante que casi besa el asfalto: Cala Xarraca, s’Illot des Renclí, Cala Xuclar o incluso la torre de defensa, hoy en un estado lamentable, que pronto será adquirida por el Consell.
Aquellos que, bien por su naturaleza persistente o porque ya habían caído en estas trampas en el pasado y se las conocen, logren alcanzar la bahía de Portinatx del Rei, podrán por fin disfrutar de un inolvidable paseo sobre la arena de la playa más septentrional de Ibiza. Dicen que fue rebautizada así a partir de 1929, cuando el monarca Alfonso XIII desembarcó en su orilla durante unas maniobras militares.
Aunque cuenta con tres orillas, s’Arenal Gros es la más importante, tanto por la longitud de su ribera, como por su privilegiada posición central. En invierno, disfrutar de ella en soledad constituye un gozoso privilegio. Al oeste, separado por un tramo de rocas, que sustenta un escueto paseo marítimo, s’Arenal Petit, estrecho y profundo, con unas aguas igual de turquesas y esmeraldas que el hermano mayor, y siguiendo la carretera hacia poniente, el Port, protegido por el islote de sa Guardiola, otro rincón pesquero ineludible de esta Ibiza que desaparece.
No hay duda. Aunque sea al tercer o cuarto intento, hay que empeñarse en llegar al final de la carretera de Portinatx.
La gran playa del norte
Portinatx no sólo es uno de los principales arenales del norte de la isla, sino el mayor núcleo turístico del municipio de Sant Joan, con más de 3.000 plazas turísticas. Está situado a 27 kilómetros de Ibiza ciudad y cuenta con todo tipo de servicios y también monumentos de interés, como la torre de defensa, construida en 1763, en el cabo que cierra la bahía por el lado de poniente.
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