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Memoria de la isla | Relaciones funcionales de la arquitectura rural de Ibiza

Un parámetro irrenunciable de la arquitectura tradicional ibicenca en el medio rural queda perfectamente definida en el lenguaje cuando utilizamos la palabra ‘casament’ que, siendo singular, hace una explícita y significativa referencia al plural del conjunto de casas, cases o módulos habitacionales que conforman una misma vivienda

Casa payesa de Can Andreu des Trull en Sant Carles.

Casa payesa de Can Andreu des Trull en Sant Carles. / J.A. RIERA

Miguel Ángel González

Miguel Ángel González

Ibiza

En el casament, una casa es el porxo, otra la cocina y casas son también los dormitorios. Cuando el payés construía su casa no la pensaba como estructura cerrada, en el sentido de acabada, era más bien un proyecto vivencial abierto, con expectativas de crecimiento, a sabiendas de que, si aumentaba el grupo familiar, crecería la casa con nuevos habitáculos adosados según fuesen las necesidades. Esta condición evolutiva de la construcción es una característica irrenunciable y definitoria de nuestra arquitectura que, una vez ejecutada, lejos de entenderse finalizada, se concibe como un cuerpo orgánico, como una estructura viva, funcional, ampliable y en ningún caso estereotipada, pues lejos de replicar sus módulos sin variaciones, los crea distintos según exige su específica función o nuevo uso. Ningún módulo se repite y ninguna casa es igual a otra, aunque todas, eso sí, tengan un aire de familia.

Y lo que asimismo sorprende en el conjunto del casament es la organización ‘jerarquizada’ de sus partes. Cada módulo tiene el sentido y el valor habitacional que le corresponde, lo que determina su concreción, su ubicación y tamaño. El porxo, por ejemplo, en tanto que entrada de la casa, ámbito principal y multifuncional en el que se trabaja y centro del que arrancan todos los vectores direccionales de la vivienda, es una estancia de planta generalmente longitudinal, mayor que cualquier otra habitación en tamaño y altura; la cocina suele quedar en uno de sus lados, con el horno como elemento cupular exterior adosado y los dormitorios suelen repartirse entre la planta baja y preferentemente en la planta superior, con tamaño menor que las otras estancias, es decir, más recogidas.

La organización jerarquizada que decimos de los distintos módulos o casas hace referencia al espacio interior, pero se manifiesta en el exterior con proporcionalidad, equilibrio y armonía, aspectos que subrayan el carácter unitario del casament. En la arquitectura foránea de cualquier otra geografía, las intervenciones que se hacen descubren el paso del tiempo en el uso de nuevos materiales, estilos y formas, lo nuevo no siempre casa con lo viejo y podemos saber a qué época corresponde cada parte de un edificio, un hecho que en nuestra arquitectura no se da. El casament, a pesar del crecimiento que puede tener, mantiene una misma edilicia, una identidad constructiva. Cabe pensar que el aislamiento de la insularidad preservó en la arquitectura, sin influencias ajenas, una misma manera de hacer.

Cuando vemos un casament desde el exterior, lo primero que percibimos es que sus cuerpos prismáticos, todos distintos, desde el momento en que moldean el espacio, lo condicionan y contienen, determinan su carácter, su expresión formal, su valor escultórico y estético, su plasticidad. Lo que tenemos en el casament, por tanto, no es una mera yuxtaposición de sólidos, de individualidades, sino un balance funcional y armónico de masas perfectamente articuladas que mantienen una misma unidad de escala y unas relaciones dimensionales y tensionales equilibradas. El casament es así un todo geométrico que, proporcionado en sus partes, responde en su construcción a unas leyes tácitas, no escritas, generadas por la necesidad y el sentido común, que se transmiten de generación en generación. Y un detalle singular del casament es que, a pesar de configurarse con módulos de distinta volumetría, siendo sus variaciones proporcionales y equivalentes, se integran perfectamente en el conjunto edificado sin romper en su convergencia la armonía, su sentido unitario.

Estructura dinámica

El casament es, en resumidas cuentas, una estructura dinámica, que en ningún caso sugiere rigidez. Es una arquitectura libre que se hace sobre la marcha según las necesidades, completa en cada momento, pero que siempre inacabada, no pierde expectativas. Es una arquitectura, en fin, que conjuga arquetipo y vida, leyes y libertad de creación, un modo de hacer (técnica constructiva) y un modo de ser (funcionalidad, expresividad). La clave del casament, para mí, está en tres elementos que responden al más estricto minimalismo: el módulo cúbico como unidad básica, la escala humana que se mantiene a rajatabla y la funcionalidad de la habitación que responde a un mínimo necesario y suficiente. Y pues el constructor es el usuario, el hombre domina su obra y no al revés. De aquí que quien habita la casa se identifica con ella. Es una arquitectura hecha a medida y, en este sentido, apropiada, personalizada.

Tal vez podríamos hablar de un antropocentrismo arquitectónico que también se da en las iglesias rurales, construidas como las casas, más que como casa de Dios, –que lo son-, como casa del pueblo de Dios, refugio y lugar de encuentro como descubren el banco corrido del porxo y la cisterna para que quienes vienen desde sus casas dispersas puedan compartir, saciar su sed y descansar. Y dado que la arquitectura se hace para vivir, es vivencial y no podemos quedarnos en su materialidad, nos importa la experiencia de su habitación, saber cómo nos afectan sus estancias, el hecho de estar en ellas. Aquí entran en juego las llamadas de atención que tenemos en los interiores. Por la luz y las sombras, por su atmósfera y la calmada cadencia que en los movimientos impone la casa en su habitación. La arquitectura es así un ámbito existencial, es vida en su habitación.

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