La «maquinita de cine» de Rafael y Pepita en Ibiza
En la correspondencia entre Rafael García y Pepita Sorá se menciona continuamente la cámara con la que grabaron las escenas familiares y que, además, el capitán del Ejército llegó a utilizar para «sacar una película» al jefe de una cabila de Marruecos, donde estuvo destinado

Manolín y Falele, hijos de Rafael y Pepita, suben por Dalt Vila junto a Manuel Sorá Boned y su madre, Vicenta. / ARCHIVO FAMILIAR
En la correspondencia entre Rafael García Ledesma y Pepita Sorá Boned se menciona en numerosas ocasiones la existencia de la «maquinita de cine» (que es como la denominaba Rafael ) con la que rodaban sus propias películas. La maquinita desapareció -como una cámara de fotografía y numerosas pertenencias de valor- cuando los republicanos tomaron las Pitiusas en agosto de 1936. Por ejemplo, es citada en la correspondencia escrita entre el 29 de agosto y el 19 de noviembre de 1925: «Queridísima y encantadora Pepita (…) He mandado arreglar las películas del cine que tenía, para hacer unas cuantas de estos lugares para que las veas y me veas ¿te gustará?», cuenta el 29 de agosto Rafael desde Segangane, localidad marroquí en la que estaba destinado y que está situada en las inmediaciones del macizo de Gourougou y próxima a Melilla y a Nador: «Aquí ando loco con las moscas, que no me dejan vivir, por eso hago esta letrucha, pues muerden, y como hay tantísimas, me lo paso [el tiempo] espantándolas. Hoy voy a ver si hago una película de estos lugares y, si queda bien, te la mandaré para que puedas apreciar en dónde estoy y que es verdad que estoy muy bien», detallaba dos días más tarde.
La maquinita era el nuevo juguetito que le permitía, además de mantener un contacto más cercano con su mujer pese a la lejanía, entretenerse: «Suelo levantarme temprano, a las 7 y media aproximadamente, y después de lavarme y peinarme, tomo mi desayuno que como acostumbraba ahí [en Ibiza]: consiste en un buen vaso de leche de cabra y con buen café pues, en vista de lo malo que era el que me daban, decidí comprarme un kilo que me ha costado 7 pts., y con la maquinilla me lo hago, así es que resulta excelente. Después me pongo a escribirte, sosteniendo una verdadera batalla con las moscas. Cuando termino tu carta, me pongo a hacer cuentas y anotaciones de mi compañía y cocina que me han endosado y, cuando termino, unas veces me voy de charla, otras leo periódicos o libros de telegrafía sin hilos o bien, como anteayer me dedico a sacar alguna película de cine, para lo cual me voy con el asistente, pues hice arreglar las que tenía y ahora me marchan muy bien; la he mandado revelar, y cuando estén, te la enviaré para que veas lo preciosas que son estas minas [de Segangane]; todo esto, contando que salga bien, y si me da resultado, te mandaré una buena colección en que puedas verme y apreciar lo bien que estoy ¿te gustará? Y así, cuando la vea nuestro nene rico dirá papá, y procuraré salir con caballo para que diga buchí, buchí, y le guste tanto que después diga ma y tú puedas apreciar lo bien que estoy faltándome lo principal, que es tu queridísima compañía y la de mis liadísimos pequeñuelos».
Con la escritura (las cartas fueron para ellos «charlas», que sostuvieron durante ocho largos años) las fotos y esas películas, Rafael intentaba aferrarse a su familia. Uno de sus mayores temores era regresar a Ibiza y que sus hijos no le reconocieran.

Manuel García, el padre de Rafael se atusa el bigote. / ARCHIVO FAMILIAR
Con aquella cámara incluso captó al jefe de una cabila cercana, como cuenta el 5 de septiembre de aquel 1925: «Hoy, a las 10, viene a buscarme un moro, jefe de cabila, que me ha invitado a tomar té; voy con el cura, sacaré una película y te la mandaré si queda bien. Me regalará té que le he pedido, del auténtico moruno, y os lo mandaré en paquete postal (…) Hoy recibiré revelada la película que impresioné el otro día; a ver qué tal habrá quedado, pues tengo deseos de que puedas ver todos estos lugares, para que aprecies lo bien que estoy y tener un recuerdo viviente de cuanto te refiere tu maridito y veas que no te exagero nada. En cuanto me salga bien una, haré que me impresionen otra a mi personita y te convencerás de lo divinamente que estoy; cuando la proyectes, no decirle nada al nene a ver si me conoce y me llama papá». Con aquella «maquinita de cine», como la llama el 1 de octubre de 1925, hizo «una película de aquellos lugares», los alrededores de Segangane: «Me marchó [le funcionó] muy bien, pues mandé arreglar la máquina y ahora no se interrumpe; si sale bien, te la mandaré, hoy la enviaré a revelar». Con ella se dispone a filmar a «un borriquillo muy chiquitín» que quiere comprar para Rafael, su primogénito. Era de raza «muy pequeñita», de tal manera que cuando creciera «no abultará más que un borrego», contó por carta a su mujer: «Me imagino su alegría cuando vea su buchí buchí [que era como su hijo llamaba al burro de juguete que tenía en Ibiza] de carne. Para que lo veáis antes, le haré una película que os remitiré, en la que saldré con él para que apreciéis su tamaño».
Pepita, mientras tanto, esperaba con ansiedad que le llegaran aquellas películas, pero el correo era extremadamente lento en esa época, en la que, por ejemplo, para viajar desde el Levante hasta Cádiz se necesitaban al menos dos jornadas de tren: «Y de la película que impresionaste y que me dijiste me mandarías, ¿qué? ¿no ha quedado bien? Y la otra en que me decías que te vería, ¿no la has impresionado todavía? Ya no me hablas de eso que tanto me gustaría», le reclama ella en una carta remitida el 2 de octubre. «La película que te tenía ofrecida mía no salió bien y otra que hice al cura [un amigo que se hizo en Segangane] quedó bien, mas como para ti no encierra interés, no te la he remitido; mas volveré a insistir pues tengo verdadero interés que tengas alguna mía, pero ya ves que el tiempo no me ayuda».
«¿Llegaron ya?»
Pero Pepita insiste. No sólo quiere que le envíe fotos suyas, quiere también verle y sentirle de la manera más cercana a la realidad que había entonces: en película: «¿ Y tú, cuándo me mandarás alguna foto tuya?, ¿y las películas? Ya veo que ahora, con la radio [ambos eran muy aficionados a ese invento, que llegó a España en 1923] y los conciertos [emitidos por radio], no te dedicas al cine, pues ya no me hablas de ello».
En 1929, cuando es destinado a Motril (Granada), continúa enviando películas a la familia, de lo que queda constancia en una carta del 26 de julio («Te pido con toda mi alma que cuanto antes me mandes vuestras fotografías para contemplaros mucho. ¿Han llegado ya las películas de cine?, ¿qué tal han quedado?») y del 4 de agosto de ese año: «Me ha contrariado muchísimo el mal resultado de las películas, lo que sólo me explico atribuyéndolo a que ya fuesen viejas al vendérnoslas y estuviesen veladas; las volveremos a repetir; los estuches yo los hubiera devuelto porque tenemos demás, mas haz lo que te parezca mejor».
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