Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Imaginario de Ibiza | Nostalgia de Buscastell y Forada

Tras los periodos de lluvias solía imponerse la necesidad de ver el agua deslizarse por los canales y las acequias de es Broll. Con el cierre de Can Teixidor, sin embargo, seguir la costumbre se hace más cuesta arriba

Una de las canalizaciones de Buscastell.

Una de las canalizaciones de Buscastell. / X.P.

@xescuprats

Ibiza

Ya no queda una piedra en pie, porque el viento lo derribó. Ya no queda nada de ayer, porque el viento se lo llevó (‘Dulce introducción al caos’).

Robe Iniesta

La relatividad de la distancia es uno de los primeros conceptos que descubre el ibicenco que emigra a cualquier otra latitud de horizontes más vastos que el constreñido territorio que abarca nuestra querida roqueta. Para un peninsular, conducir 80 ó 100 kilómetros para ir a trabajar constituye una normalidad absoluta, al igual que quedar a almorzar en algún pueblo bonito y tranquilo, a hora y media o dos de su área de residencia.

Para el isleño, sin embargo, trasladarse de Sant Josep a sa Cala de Sant Vicent o viceversa, pese a ser un trayecto mucho más breve y sencillo, se antoja una odisea tolerable sólo una vez por lustro y por prescripción facultativa. De hecho, llevamos impresa en el adn una frontera invisible a la altura de Ibiza capital, que a los del sur nos impide cruzar hacia el norte y al revés, salvo en casos de fuerza mayor, como bodas, funerales o necesidades de avituallamiento. No existe el hábito de cruzar la linde porque sí, por dar una vuelta, tomar algo o cambiar de paisaje. Para muchos ibicencos, acercarse a Santa Eulària, es Cubells, Sant Agustí, Sant Mateu o Sant Joan es algo que ocurre con la misma frecuencia con que se viaja a Formentera o incluso a Mallorca.

Esta percepción engañosa y desequilibrada de la distancia –cruzar el centro de la capital en época de compras navideñas, por ejemplo, requiere más tiempo que atravesar la isla de punta a punta–, es increíblemente contagiosa e intrínseca al efecto de aletargamiento que produce la isla sobre quienes la habitan o frecuentan con periodicidad regular. Incluso aquellos ibicencos que viven fuera y que ya parecían vacunados, acaban volviendo a quedar sometidos a ella. O tal vez sólo sea que nos hacemos mayores…

Achaco a esta percepción engañosa de la distancia el excesivo paréntesis que se produce entre visita y visita a uno de los enclaves más preciosos, atemporales y oníricos de nuestra geografía pitiusa: Buscastell y Forada, muy especialmente la zona fronteriza entre ambas véndes. En primer lugar, es Broll de Buscastell, a donde la consciencia me impone la necesidad de peregrinar cada vez que se producen lluvias abundantes. Sin embargo, el subconsciente y los planes alternativos a la vuelta de la esquina siempre van sumando lastre para posponerlo, y así pasan los años.

Quizás el tiempo prolongado que transcurre entre visita y visita contribuya a que me sigan subyugando la sucesión de albercas, el murmullo que se desliza por los canales y las acequias, los muros de piedra que delinean las parcelas de cultivo, las torres de los molinos de agua, el apabullante verdor por doquier y esa sensación impagable de soledad, aunque circulen por las veredas otras almas de paso.

Y después Forada, con el pozo de las afueras, encastrado en un bancal de piedra seca y con una pareja de abrevaderos entre el impresionante pinar, y su iglesia sesentera, invencible en austeridad y modestia. Tras el paseo, jamás se eludía una pausa en Can Teixidor, uno de esos bares que concentraba en sí mismo la respuesta a buena parte de los anhelos sociales, espirituales y culturales de las comunidades pequeñas. Allí aguardaba Juanito, siempre con una sonrisa, pero también las tapas, los carajillos, las exposiciones, las charlas, los encuentros inesperados, el vaivén de noticias de aquí y de allá, y, en definitiva, la alegría de vivir.

Ahora que Can Teixidor ha echado el cierre, y a sabiendas de que volverá a abrir, aunque con un potentado extranjero al timón, sólo cabe esperar con los dedos cruzados. Esta vez igual sí se produce el milagro y el lugar retiene una pizca de lo que fue. En todo caso, sólo cabe agradecer el afecto perenne y el trabajo ingente de tantos años a la familia que lo hizo posible y aguardar a que el tiempo dicte sentencia sobre las dudas que ahora nos rondan. Tal vez por eso haya que posponer la visita a Buscastell y Forada; por nostalgia y por tristeza.

(*) Cofundador de www.ibiza5sentidos.es, portal que recopila los rincones de la isla más auténticos, vinculados al pasado y la tradición de Ibiza

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents