Dominical
Imaginario de Ibiza | La península del puerto y las casas vacías
Uno de los enclaves urbanos que desprenden mayor soledad y encanto aguarda al final de los andenes de la ciudad. Al abandonar la isla por vía marítima resulta imposible no emocionarse con semejante escena, por muchas veces que se contemple

El muro del puerto con la ciudad al fondo / X.P.
El infierno está todo en esta palabra: soledad
Soledad: Un instante de plenitud
Por alguna misteriosa conexión neuronal, la primera vez que observé la portada del libro ‘La península de las casas vacías’, la magnífica novela de David Uclés y gran revelación literaria del último año y medio, me vino a la cabeza la sensación de soledad que en los anocheceres invernales supuran el muro del puerto y los hogares desiertos de Dalt Vila, sa Penya y la Marina, apiñados en la ladera del monte o alineados en los andenes, con sus luces muertas.
La causa de tal ilación, sin embargo, no fue el precioso y superpoblado dibujo del pintor jienense Rafael Zabaleta que ilustra la cubierta, sino el propio título. Todo aquel que lea novela deducirá que guarda relación con la inmensa desolación, la sensación de perpetuo aislamiento y el terrible vacío provocado por la pérdida que experimentan unos personajes que transitan por la vida hasta morir, en la asfixiante atmósfera de la Guerra Civil Española.
Dicen que la soledad se vive como un lastre terrible y doloroso en tiempos de desgracia, pero cuando rige la normalidad, cada uno se la toma a su manera. Y si no, que se lo pregunten a Victor Hugo y Michel de Montaigne, autores de las contradictorias citas que encabezan este página. En la infancia, este vacío que desprende la imagen –que, por cierto, no es invernal sino que está tomada en el epílogo del pasado verano e igualmente transmite ausencia–, generaba suficiente pavor como para impedir la exploración del entramado de calles, pasajes y travesías que conforman los barrios marineros y Dalt Vila, ya sumidos en una oscuridad densa. Demasiadas esquinas susceptibles de abrigar toda clase de terrores y peligros, entonces mucho más imaginarios que reales.
Hoy, la soledad de estas correderas, ya vaciada la isla de sus almas de paso, se antoja más cura y bendición, aunque transitar por algunas de ellas constituya un riesgo ciertamente más concreto que las fantasías de antaño. En este caso, la península, conformada por el muro de abrigo del puerto, se halla completamente vacía de casas, aunque casi nunca de personas, pues suelen apostarse en los bancos que la coronan y en el paseo pétreo que hay a sus pies no sólo las gaviotas que van y vienen de los escollos cercanos buscando algún bocado que echarse al pico, sino los transeúntes que pasean por el muelle, con el dique casi siempre como destino final. No hay imagen más icónica de la nostalgia ibicenca que esas personas allí apostadas, aguardando la culminación del atardecer. Y aunque la naturaleza del cosmos nos haya impuesto que el sol se pone por el oeste, los crepúsculos portuarios de la capital nada tienen que envidiar a los que se producen en otras latitudes cercanas.
El único habitáculo de esta península es el faro blanco, con su linterna encarnada. Junto con el extremo del muro que lo precede, constituye una concesión excepcional a la curva, a lo largo y ancho de toda esta postal. Resulta inverosímil embarcar en el puerto y poner rumbo a cualquier parte, sin emocionarse con semejante perspectiva, fruto de la arquitectura casual que moldea el hombre con el paso del tiempo.
La ampliación del puerto
El muro del puerto ejerce como un apéndice perpendicular a los andenes y la Plaça de sa Torre, que cierra el arrabal de sa Penya. Fue trazado por el ingeniero Emili Pou como parte de la reforma general del puerto, en el año 1863. Su diseño original ya incluía el sólido lienzo vertical y el rompeolas, a prueba de tempestades, así como el paseo horizontal que lo culmina y que sirve como atalaya para admirar el puerto y el tránsito de las embarcaciones que entran y salen de la bahía.
(*) Cofundador de www.ibiza5sentidos.es, portal que recopila los rincones de la isla más auténticos, vinculados al pasado y la tradición de Ibiza
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