Dominical
Coses Nostres: Bichos nocturnos con medias de Bitelchús
El milpiés ‘Julus terrestris’ es una especie muy común en las islas y muy beneficiosa en huertos y jardines por descomponer materia orgánica

Ejemplar de milpiés de una colonia instalada en los troncos de una leñera. / CAT
Seguro que muchos de vosotros habéis visto alguna vez —en alguna pared del jardín al anochecer o al coger un tronco del montón de la leñera o retirar unas hojas– un bicho largo, de franjas negras y blancas (tirando a plateadas), con un montón de patitas, y os habéis preguntado si era un bicho bueno o malo. Vaya por delante que, en realidad, no existen bichos buenos ni malos porque todos cumplen su función en el ecosistema, pero si la duda se refiere a si el organismo en cuestión –que es, por supuesto, un milpiés– puede provocarnos algún daño, la respuesta es que no. A diferencia de los ciempiés, los milpiés ni pican ni muerden. Y, ¿en qué se diferencian?, porque lo que está claro es que ni los primeros tienen cien patas ni los segundos, mil. Los quilópodos (los ciempiés) sólo tienen un par de patas por cada segmento de su cuerpo, mientras que los diplópodos (milpiés) tienen dos pares. Los dos grupos son de la clase de los miriápodos y, para resumir mucho la manera de distinguirlos a simple vista, los primeros son las escolopendras —todas pueden hacerte ver las estrellas si te pican— y los segundos tienen más forma de largos gusanos y son inofensivos. Y algo muy importante que hay que destacar, para evitar confusiones, es que estos animales no son insectos, aunque los hayamos llamado bichos. Los insectos sólo tienen tres pares de patas y disponen también de dos pares de alas (aunque os parezca que no).
En esta ocasión nos interesan los segundos, unas criaturas nocturnas que se dedican a descomponer materia orgánica. Se alimentan de esa materia en descomposición, hojas y troncos, y airean la tierra, así que son muy beneficiosos en jardines y huertos. La especie más común en Ibiza y Formentera es Julus terrestris, aunque se deja ver poco debido a sus hábitos nocturnos. Durante el día, estos milpiés, conocidos también como aradores o cardadores, se ocultan bajo la hojarasca, así que es una buena recomendación no limpiar demasiado los jardines; entre las hojas caídas que a menudo recogemos junto a la poda habitan pequeñas criaturas que son muy útiles para la salud del ecosistema.
Aunque hablamos de un milpiés, el nombre común de estos miriápodos es como una licencia literaria y una exageración al mismo tiempo; no son pies sino patas, claro, y la mayoría de los ejemplares no superan las 200, que ya es un buen número. Casi todas las referencias de la especie Julus terrestris señalan entre 72 y 102 pares de patas. Respecto a su longitud, los individuos miden hasta cinco centímetros, con un número de anillos que oscila entre 45 y 55.
Este miriápodo parece una media a rayas y, con algo de imaginación, recuerda al Bitelchús interpretado por Michael Keaton en la película de Tim Burton. Podría ser su mascota. Cuando se siente amenazado, el milpiés se enrolla en espiral para proteger su vientre y se convierte en una rueda.
Imaginad un ejemplar de Julus terrestris de dos metros de longitud. Quizás parecería menos inofensivo, ¿verdad? En el Carbonífero (hace 340-290 millones de años) existieron antepasados de los milpiés actuales que llegaban a medir entre 30 centímetros y algo más de dos metros. Han sido clasificados como el género Arthropleura y son, de hecho, los artrópodos más grandes que han existido jamás. Convivieron con libélulas como gaviotas y escorpiones de un metro en un momento en el que un aumento espectacular de las concentraciones de oxígeno en la atmósfera hizo posible el gigantismo de muchas criaturas.
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