Imaginario de Ibiza
Imaginario de Ibiza | Una polifonía de cantos rodados
Aunque la naturaleza esboza paisajes de belleza subyugante, algunos deben escudriñarse con los ojos cerrados. Hay lugares que parecen concebidos para dejarse mecer por la música del agua, el susurro viento o el roce de los guijarros y las hojas de los árboles. En Ibiza, por ejemplo, tenemos la playa de es Codolar.

Una polifonía de cantos rodados / X.P.
La música es el corazón de la vida. Por ella habla el amor; sin ella no hay bien posible y con ella todo es hermoso.
En la región geotérmica islandesa de Haukadalur, un área próxima a Reikiavic repleta de piscinas de lodo, depósitos de alga y fumarolas, se halla el géiser Strokkur, uno de los lugares el mundo más sonoramente impactantes. Cada pocos minutos, brota del suelo caliente una torre de agua a 90 grados centígrados, que a veces alcanza los 40 metros de altura. La fuerza del chorro es tal que su estallido provoca una explosión sonora que al cabo de un segundo se transforma en una lluvia pesada que, con gran estruendo, se precipita sobre las rocas del suelo.
Dicen que en el desierto de Gobi, un enorme océano de arena que se extiende entre el norte de China y el sur de Mongolia, se escuchan con inusitada intensidad las perturbaciones del viento entre las dunas doradas, que únicamente interrumpen los balidos de las cabras de cachemira durante el tránsito de los rebaños nómadas hacia la estepa.
En Tanzania, en el Parque Nacional del Serengeti, aguardan las rocas gong, de gran antigüedad, que producen notas suaves y melódicas cuando son golpeadas con piedras más pequeñas. Dicho enclave impresiona no sólo por las armonías que emanan de la piedra, sino por la certeza que envuelve al oyente de que este sonido resuena desde los albores de la civilización.
Hace seis años, en el Río Zabalo de Ecuador se creó el primer parque natural silencioso del mundo. Allí, donde habita la comunidad Cofán, la vegetación tupida de la selva impide el paso al ruido urbano, haciendo posible que se escuchen sin interferencias los sonidos del agua, los aullidos de los animales salvajes y estallido del roce de las hojas cuando el viento despierta. Aunque su denominación sea silenciosa, el viajero que se pierde entre sus sendas experimenta que la naturaleza puede retumbar como un verdadero estruendo.
En Ibiza, asimismo, la naturaleza también nos regala una colección de sinfonías. Muchos isleños, al atravesar un bosque en mitad de la noche, han escuchado el maullido del mochuelo. También han tenido el privilegio de asistir al estallido de las olas al colisionar contra es Cap Bernat de Benirràs en mitad de una tormenta o se han dejado mecer por los ritmos del agua, al deslizarse por los canales y acequias de es Broll de Buscastell tras un episodio de lluvias.
Sin embargo, no existe musicalidad comparable a la que proyecta es Codolar en las jornadas tempestuosas, cuando las olas, en su danza furiosa, muerden la orilla pétrea, arrastrando los cantos rodados. Éstos, por el rozamiento de los unos contra los otros, generan una polifonía que atrae a quienes la escuchan y los retienen como cantos de sirena.
El movimiento de las piedras, redondeadas tras siglos de vaivén, resulta tan vehemente que éstas pueden acabar sepultando cualquier objeto que acabe encallado en la ribera. Así lo demuestra la imagen que ilustra esta página, en la que aparece un voluminoso tronco arrastrado por la mar bravía, ya medio sepultado por esta coreografía pétrea sin fin.
La orilla mñas musical y extensa
Si se hiciese una encuesta entre los ibicencos y se les preguntara cuál es la orilla más larga de Ibiza, la mayoría probablemente respondería que Platja d’en Bossa, ses Salines o es Cavallet. El récord, sin embargo, lo ostenta es Codolar, con cerca de tres kilómetros. Como tiene dos características que hacen de ella una playa incómoda –los cantos rodados de la orilla y el ruido de los aviones que aterrizan en la pista del aeropuerto, perpendicular a la costa–, suele estar desierta. Sin embargo, la musicalidad de las piedras y la espuma del mar, los estanques salineros que aguardan en la retaguardia de su zona intermedia, los fondos arenosos y la belleza del atardecer, una vez el sol se esconde tras el Puig des Jondal, hacen de ella un enclave único.
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