Coses Nostres | Criaturas acorazadas al borde del abismo
La cigarra de mar -cigala en las islas- es un ejemplo más de especie en riesgo de desaparecer que se sigue capturando por su elevado valor económico

Esta cigala fue rescatada de una red fantasma en sa Conillera y aún muestra restos de la malla. / CAT
Durante la Explosión Cámbrica —hace unos 540 millones de años– la vida marina experimentó tan extraña y espectacular diversificación que parece que la Evolución aún no tenía muy claro hacia dónde quería ir. Método de prueba y error. Había opabinias de cuerpos segmentados, cinco ojos como setas y un apéndice que era como si le creciera un brazo con pinza en la cabeza. O wiwaxias aplanadas y redondas, repletas de grandes escamas y varias hileras, aún más grandes, de espinas. O hallucigenias, de forma alargada y con patas por un lado y espinas por el otro. En este bestiario cámbrico, incluso la peculiar cigala hubiera pasado desapercibida. De hecho, su exoesqueleto, su brillante coraza, nació, como adaptación evolutiva, en aquel periodo.
Hablar de la cigala con alguien que no es de las islas puede llevar a cierta confusión, porque no es lo mismo una cigala en Balears que una en la Península; en el resto de España conocen con ese nombre a un crustáceo similar al bogavante. Pero la cigala de las islas es muy diferente, una prima de la langosta con un singular cuerpo cuadrangular y unas antenas aplastadas como palas que combina en su caparazón granulado los colores de las estrellas; blancos, amarillos, naranjas rojizos y azules, con un precioso ribeteado en intenso azul violáceo. Nadie en las islas se refiere a esta cigala con el nombre de cigarra de mar con el que la conocen en el resto del país. Su nombre científico es 'Scyllarides latus' y en muchos países se añade su procedencia mediterránea en su denominación (Mediterranean slipper lobster en inglés, por ejemplo), aunque su área de distribución incluye la zona del Atlántico desde Portugal hasta el Golfo de Guinea, aproximadamente.
Aún hay muchos interrogantes sobre la biología y el comportamiento de esta especie, pero en Cabrera se han llevado a cabo al menos dos investigaciones relativamente recientes, lideradas ambas por el centro balear del Instituto Español de Oceanografía, que responden a algunas preguntas. Tanto el Proyecto Latus 2006-2009 como el proyecto Scytrack (movimiento y uso del hábitat en la cigarra de mar: implicaciones para la conservación de la especie en el parque nacional marítimo terrestre del archipiélago de Cabrera), de 2014 a 2017, corroboraron que las poblaciones presentan una marcada estacionalidad ligada a su ciclo reproductor. La densidad aumenta de forma progresiva a menor profundidad (menos de 30 ó 35 metros) durante el invierno para alcanzar su pico a finales de primavera, en época de apareamiento y puesta.
Es raro verlas en verano
En verano, es más raro ver cigalas porque parecen desaparecer y se considera que migran a mayor profundidad. Además, sabemos que los individuos son más activos durante la noche, que es una especie de crecimiento lento que puede llegar a vivir al menos 25 años (aunque podría ser mucho más, como la langosta) y que, dada su fidelidad territorial, se ve favorecida por la creación de reservas marinas donde se limite o prohíba la pesca.
Pero, sobre todo, lo que sabemos es que es una especie amenazada. No hay referencia a la cigala que no destaque la desaparición de las poblaciones por la pesca masiva. Si bien los catálogos de especies en peligro —incluido el de la UICN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza)— indican que faltan datos para poder conocer su situación real, existe consenso sobre su progresiva desaparición en áreas donde antes era fácil encontrarla. En algunas zonas, ha desaparecido por completo y corremos el riesgo real de que, en un futuro no muy lejano, sea el recuerdo de un animal extraño, como una opabinia o una hallucigenia. Sin embargo, no se ha valorado la posibilidad de prohibir su pesca.
La gigala en la red
Si tienes la suerte de ver una cigala en los fondos marinos de Ibiza y Formentera —algo cada vez más inusual–, el animal se quedará quieto sobre la roca, sin huir, observándote con sus ojos negros. Y de esa observación, la única conclusión que puedes sacar es que el debate aún abierto sobre si cefalópodos y crustáceos tienen emociones y pueden sentir debería estar ya definitivamente cerrado. Si, además, has tenido que liberar a una cigala de una red fantasma y, de nuevo, observas su mirada y su comportamiento cuando, por fin, has logrado sacarla del enredo, ya no te queda ninguna duda; por supuesto que siente. La dejas en el sustrato rocoso esperando que no haya sufrido daños y ella te mira mientras te alejas.
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