Memoria de la isla: La ciudad de los muertos en Ibiza
«Como te ves, yo me vi, / como me ves, te verás». De una lápida en un cementerio que no recuerdo

Cementeri Vell el día de Todos los Santos. / J.A.RIERA
La palabra cementerio proviene del latín tardío coemeterïum que, a su vez, deriva del griego bizantino koimeterion que significa dormitorio, lugar donde, efectivamente, duermen los muertos su sueño eterno. Es un decir, porque los muertos soñar no sueñan. Tampoco descansan ni reposan, como decimos. Son eufemismos que utilizamos porque el lenguaje de los muertos, como nos conviene a los vivos, es conmiserativo y amable. A mí, por extraño que pueda parecer, me fascinan los cementerios.
Suelo visitarlos sin prisas cuando llego a una nueva ciudad y pienso que no hay en ello nada luctuoso ni macabro. Las más de las veces, los cementerios son relajantes jardines con artísticos mármoles que invitan a meditar. Incluso los cementerios que sufren cierto abandono, cosa frecuente, también tienen en su decadencia una extraña belleza y, por así decirlo, nos hacen como cosquillas en el alma.
Son lugares de recogimiento, paz y ensimismamiento que, por supuesto, imponen cierto respeto, cosa lógica porque la muerte es cosa seria, no tiene ninguna gracia. Aun así, visitarlos resulta catártico y saludable, no sólo porque significa que uno está todavía vivo, sino porque suelen ser un sorprendente reflejo de la ciudad en la que están ubicados y con la que tienen extraños paralelismos. Como si se diera en su configuración una proyección del inconsciente, descubrimos en casi todos ellos determinados parámetros urbanos que se repiten.
Sin ir más lejos, los cementerios de nuestra ciudad, de Vila, cumplen todos los indicadores o referentes que se dan en muchos otros sacramentales de cualquier época y geografía. Me refiero al hecho de ubicar, en lógico vecindario, la ciudad de los muertos en el poniente de la ciudad de los vivos. Es lo suyo, porque por poniente se va el sol, muere el día y nos entra la noche. Es la ubicación que tiene la Necrópolis del Puig des Molins, pero también el Cementiri Vell y el nuevo cementerio de Cas Mut, nombre éste que, por lo del silencio que sugiere ‘mut’, resulta muy apropiado.
Jerarquías
Otro detalle de los camposantos, también del nuestro, es que son un fiel reflejo del ordenamiento habitacional de la ciudad, en el que, aunque dicen que la muerte lo iguala todo, existen jerarquías en las distintas formas de inhumación. Todos, sin excepción, tienen un espacio dedicado a los sepultados en tierra, es decir, en fosas. Es el cementerio de los pobres, montículos de tierra que el tiempo aplana y en los que al final sólo queda una cruz de hierro oxidada o de madera con un RIP y un nombre que acaba desapareciendo. Ver estas tumbas en nuestro cementerio me recuerda aquel título que Hector Abad Faciolince utiliza en una de sus novelas, ‘El olvido que seremos’.
Los usuarios de clase media tienen su última morada, en régimen de alquiler o propiedad, en los huecos longitudinales que, superpuestos en dos o tres alturas y perfectamente alineados se ubican en un muro. En cierta manera, los llamados nichos no difieren de los apartamentos de la colmena urbana que en la ciudad habitamos, la única diferencia es su menor tamaño, dos metros de fondo por ochenta centímetros de anchura y altura, más que suficiente para el decúbito supino del ocupante que puede estar en planta baja o en los pisos superiores; en el frontis de estos nichos hay siempre una pequeña ventana ciega con cristal, las más de las veces con la fotografía descolorida del finado –cosas del tiempo que pasa- y unas flores de plástico que no se amustian.
Y en nuestro cementerio tenemos también el espacio que ocupan las clases pudientes que descansan, en régimen familiar y con inútil ostentación, en hermosas tumbas con mármoles muy aparentes, -esculturas dolientes que pueden ser dolorosas o ángeles apocalípticos con trompetas que llaman a la resurrección-, pero que también pueden corresponder a panteones familiares, mausoleos o capillas que en el caso del Cementiri Vell están situadas a uno y otro lado de la que podríamos llamar su calle mayor, la que tenemos nada más entrar al recinto y que, cosa curiosa, nos lleva a una plazuela recoleta y tranquila, como si estuviera pensada para que los fenecidos pudieran salir a estirar las piernas y tomar el aire, sentarse en un banco, dar de comer a las palomas y contarse, unos a otros, las aventuras de la vida pasada.
Si el Cementiri de Cas Mut resulta más neutro y anodino, el Cementiri Vell, aunque es pequeño y humilde, tiene un aire familiar, casi doméstico, de manera que uno se encuentra en él como en casa. Exento de toda delicuescencia, delirios modernistas y retóricas al uso, no es absoluto triste, sobre todo por su encalado pertinaz y luminoso que lo hace inconfundiblemente mediterráneo. El mar no queda a la vista, pero no está lejos y con la marinada llega hasta las tumbas una brisa salobre que los muertos agradecerían si pudieran, porque les acerca el paisaje marino que, en una isla, tan querido les fue mientras vivían. Es un cementerio, en fin, que tiene una poética muda, que respira armonía, equilibrio y una paz resignada. Y otro detalle que siempre me ha llamado la atención está en los epitafios. Es cierto que en ellos no encontramos el ingenio y la ironía de Grouxo Marx con su famoso ‘perdonen que no me levante’, pero los tenemos dispares y curiosos. Algunos son la despedida del difunto que también puede hacernos una sabia advertencia o, en ocasiones, una frase ingeniosa de sus deudos, caso de ‘murió contra su voluntad’ o ‘no nos esperes, que ya iremos llegando’.
Donde quiso descansar Sert
Un cementerio del que tengo un buen recuerdo es el de San Juan de Labritja que está junto a la iglesia. Cuando era niño y vivía en el pueblo, recuerdo que, por mor de su portalón abierto, andaba muy concurrido por gatos y gallinas que, sorprendentemente, no armaban ningún alboroto. Y no menos entrañable es el pequeño cementerio de Nuestra Señora de Jesús, donde siempre acudo a ver la mínima señal que en una tapia nos descubre el lugar donde descansa, donde quiso descansar, Josep Lluís Sert, un ejemplo de amor a la tierra y a nuestra más humilde arquitectura, la de los muros de piedra seca que le fascinaban.
Suscríbete para seguir leyendo
- Memoria de la isla: eran otros inviernos en Ibiza
- A través del bosque de sabinas de Cala Bassa
- El tèlegraf a les Pitiüses
- Patrimonio de Ibiza: La torre desarmada del Cap de Barbaria
- Imaginario de Ibiza: En Formentera sigue habiendo chumberas
- Los mitos fundacionales de Ibiza
- Imaginario de Ibiza: una atalaya arruinada que por fin volverá a la vida
- Imaginario de Ibiza | Parque Natural sólo en el invierno
