Imaginario de Ibiza: el abrazo de Ayacucho
Hace doscientos años, en un altiplano de los Andes peruanos, se libró una de las más importantes batallas de la independencia latinoamericana. Antes de empuñar la espada, dos oficiales enemigos se fundieron en un abrazo por si no sobrevivían. Eran hermanos, se apellidaban Tur y procedían de Ibiza.

‘Batalla de Ayacucho’, obra del pintor venezolano Martín Tovar y Tovar (1827-1902). / Colección de la Galería de Arte Nacional de Caracas
Las victorias sobre enemigos merecen himnos, las de sobre hermanos y amigos cantos fúnebres
Para el periodista, no existe mejor regalo que el hilo que permite tirar de una madeja hasta desenredar otra de esas historias que reconcilian con el oficio. El inicio de ésta que sigue me lo remitió el familiar de un buen amigo, en forma de enlace a un noticiero digital venezolano llamado Notitarde. Al abrirlo, apareció un texto redactado por el columnista Francisco Pérez Alviárez, donde narraba sucintamente el simbólico abrazo entre dos militares parientes y enemigos, horas antes de una de las más históricas contiendas entre los independentistas bolivarianos y el ejército español. Aquel lapsus fraternal, previo a la orgía de sangre, fue acordado por los dos bandos y acabó atrapado en los libros de historia allende los mares, sin que sus ecos nos alcanzaran.
Ambos oficiales eran hermanos, se llamaban Antonio y Vicente Tur de Berrueta y combatieron frente a frente en la batalla peruana de Ayacucho, en la Pampa de Quinua, el 9 de diciembre de 1824. Al iniciar la investigación que ha culminado en este reportaje, algunos indicios apuntaban a que podían ser de origen ibicenco, aunque los más numerosos indicaban lo contrario. Imaginemos, por un momento, que fuera así. ¿Qué hacían dos pitiusos librando batallas en un altiplano andino, uno bajo bandera española y otro a las órdenes del libertador Bolívar?
Pero primero pongamos contexto a la historia. La batalla de Ayacucho puede considerarse el último gran paso en el proceso de independencia que impulsó el militar venezolano Simón Bolívar por países como Colombia, Venezuela, Ecuador o Panamá, contribuyendo también a que otros territorios como el peruano se libraran del colonialismo que ejercían los virreyes del Imperio español. Ayacucho fue el enfrentamiento más importante de las campañas finales de la guerra y sentó las bases para que Perú se erigiera como nación soberana.

‘La capitulación de Ayacucho’, obra del pintor peruano Daniel Hernández Morillo, pintado con motivo del centenario de la batalla (1924). / Museo del Banco Central de Reserva del Perú
La contienda se libró en una planicie a más de 3.000 metros de altitud, que distaba 37 kilómetros de la ciudad de Ayacucho. Por un lado, estaban las tropas rebeldes comandadas por el general Antonio José de Sucre, paisano y mano derecha de Bolívar. Las conformaban un contingente variopinto con tres cuartas partes de colombianos y el resto mayoritariamente peruanos, junto a algunos chilenos y porteños. Por otro, el ejército del virrey español José de la Serna, de origen jerezano, compuesto por soldados del Alto y Bajo Perú, en su mayoría indios, mestizos y criollos blancos, dirigidos por oficiales españoles con experiencia en otras guerras.
El reencuentro de los Tur
Se dice que, a las ocho de la mañana de aquel 9 de diciembre, el general del ejército real Juan Antonio Monet solicitó parlamentar con su homólogo rebelde, el colombiano José María Córdova Muñoz. Cuando se encontraron, el español le hizo una proposición insólita: dado que en ambos ejércitos había jefes y oficiales ligados por amistad o parentesco, solicitó que todos ellos pudieran reunirse antes de la contienda para conversar y darse un abrazo en una zona neutral. Córdova hizo las pertinentes consultas al comandante Sucre, que autorizó la reunión. Así fue como cerca de un centenar de oficiales realistas e independentistas, todos los que quisieron sumarse a la iniciativa, se encontraron sin armas a campo abierto, para abrazarse antes de proceder a aniquilarse unos a otros.
El reencuentro de los hermanos Tur fue quizás el más emotivo y algunos historiadores incluso atribuyen a Antonio, el mayor, la iniciativa de esta breve tregua. Uno de los presentes, el coronel colombiano Manuel Antonio López, describe en sus memorias, tituladas ‘Recuerdos históricos’ (publicadas en Bogotá, en 1878): «A todos nos ganó en presteza el brigadier español don Antonio Tur, interesante joven de alta estatura y unos 34 años de edad, que fue tal vez quien pidió esta entrevista. Se nos abalanzó en demanda del teniente coronel Vicente Tur, del Estado Mayor peruano, hermano suyo y como seis años más joven. Encontrándolo al punto, lo apostrofó con tono acerbo: ‘¡Ay hermanito mío!, ¡cuánto siento verte cubierto de ignominia!’. Yo no he venido a que me insultes, y si es así, me voy’, le contestó Vicente, y dándole la espalda ya se iba, cuando Antonio corrió tras de él y abrazándolo lloraron estrechados largo rato».

‘Batalla de Ayacucho’, lienzo realizado en 1918 por la pintora peruana Teófila Aguirre. / Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú
En 2021, el periodista y politólogo navarro Fermín Goñi publicó el libro ‘Un día de guerra en Ayacucho’, editado por el Fondo de Cultura Económica de México. Sus páginas también incluyen una descripción del mismo episodio previo a la batalla: «Son medio centenar largo los oficiales que se reúnen en una explanada que han declarado neutral y durante casi una hora fuman tabaco, beben la poca chicha que han conseguido y se abrazan. Continuamente se abrazan y se lanzan algunos reproches, como el que Antonio Tur tiene con su hermano Vicente porque no es capaz de entender cómo un español de Valencia puede acabar luchando contra las tropas de su país. Desconoce que Vicente está prometido con una limeña y que ha adoptado al Perú independiente como su patria porque aborrece lo que ha pasado, y pasa, en su país de origen con la monarquía y con el rey. El 9 de diciembre, sin embargo, no es día para enfados y del reproche al abrazo no hay ni un paso».
La escena entre ambos hermanos acabó resultando tan conmovedora que el general Monet regresó a parlamentar con Córdova poco después, con la intención de deponer las armas y evitar la sangría. El independentista, sin embargo, le respondió que tal cosa sólo ocurriría si los españoles aceptaban la independencia del Perú. Dado lo inaceptable que dicha condición resultaba para el bando del virrey, no hubo más remedio que ir a la guerra. Así lo trasladaba el historiador Eliseo Talancha, de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en Lima, en un artículo publicado en el digital peruano Ahora, con motivo del bicentenario de Ayacucho.
Pero, ¿cómo acabaron dos hermanos nacidos a orillas del Mediterráneo combatiendo en bandos enfrentados en la cordillera de los Andes? Antonio, el mayor, había servido con honores contra las tropas napoleónicas durante la Guerra de la Independencia, en el Batallón de Cazadores de Segorbe –circunstancia que pudo inducir a pensar a algunos historiadores que era de procedencia valenciana–. Se distinguió en batallas como la de Tudela o el sitio de Zaragoza y, unos años después, se marchó a Perú para combatir a los insurgentes, donde también cosechó victorias y ascensos. Vicente, el pequeño, tal vez atraído por el eco de las aventuras de su hermano, también decidió hacer las Américas afiliándose al ejército del virrey peruano, pero acabó desertando tras quedar seducido por las ideas liberales que defendían los independentistas.

A la izquierda, portada del libro de memorias del coronel colombiano Manuel Antonio López, que participó en la batalla de Ayacucho, en 1824. A la derecha, una litografia de Manuel Antonio López.
La sangrienta batalla
También con motivo del bicentenario, el escritor Mario Arias Gómez publicó un artículo en el digital colombiano Tintiando, en el que explicaba que Sucre, justo antes de alzar la espada aquel día, arengó a sus tropas con el siguiente pregón: «¡Soldados! De los esfuerzos de hoy depende la suerte de América del Sur. Otro día de gloria va a coronar vuestra admirable constancia. ¡Soldados! ¡Viva el Libertador! ¡Viva Bolívar, salvador del Perú!».
Al comienzo de la refriega los bandos estaban equilibrados, con alrededor de 6.000 ó 7.000 hombres cada uno, con ligera ventaja para el virrey. Las tropas españolistas, sin embargo, se situaban en una posición desventajosa que imposibilitaba el descenso seguro del cerro Condorcunca – «cuello de cóndor», en quechua–, donde se hallaba su campamento. Aun así, el general José de Canterac se lanzó al ataque de manera precipitada y temeraria, siendo arrasadas sus tropas por la artillería colombiana. A continuación, se produjo una fase extraordinariamente cruenta, cuerpo a cuerpo, a golpe de bayoneta, lanza y sable, donde las fuerzas avanzaban sin perder la formación, al estilo de las guerras napoleónicas. Aunque las fuentes difieren en las cifras, se estima que tras las cuatro horas que duró la batalla, entre 1.500 y 1.800 hombres del ejército real fallecieron, otros 700 resultaron heridos y el resto fueron hechos prisioneros. Los bolivarianos, por su parte, sufrieron 370 bajas y más de 600 heridos.
Ambos hermanos sobrevivieron a la matanza y, tras la rendición española, siendo Antonio ya prisionero de guerra, fue alojado y bien recibido por Vicente, tal y como cuenta en sus memorias el general bolivariano de origen británico Guillermo Miller. Pero ya no volvieron a verse. Antonio regresó a España, donde falleció en 1833, ocupando el cargo de general de la primera brigada del Cuerpo de Voluntarios Realistas de Andalucía, cuya misión era perseguir a los guerrilleros liberales durante los periodos absolutistas de Fernando VII. Vicente, por su parte, se quedó en Perú, casado y con familia criolla, llegando a alcanzar el grado de coronel. A finales del siglo XIX, una hija suya, Juana Genara Tur, recibió del gobierno peruano la pensión que correspondía a los hijos y viudas de los vencedores de Ayacucho.

El abrazode Ayacucho
Origen ibicenco
Tanto el periodista Fermín Goñi, como el general Miller o el historiador Juan Basilio Cortegana, autor de la ‘Historia del Perú’, entre otras fuentes, aluden al origen valenciano de Antonio y Vicente Tur de Berrueta en sus escritos. Sin embargo, cuando la increíble historia de dos hermanos ibicencos abrazados antes de enfrentarse en la histórica batalla de Ayacucho parecía a punto de desmoronarse, irrumpió un artículo publicado por el sacerdote ibicenco Joan Planells Ripoll, Murtera, en el número 50 de la revista Eivissa (2011), bajo el título ‘El cognom Tur i els seus sobrenoms’.
A lo largo de las once páginas que dedica al tema, Murtera rescata el nombre de los dos hermanos, situándolos en la rama de los Turs ‘Damià’, con origen en el Pla de ses Salines y los valles des Rafal Trobat, en Sant Jordi, que posteriormente, en el siglo XIX, se expanden hacia es Pla de Vila. También subraya que, a mediados del siglo XVI, el apellido Tur ya era el segundo más común en la isla, tras el apellido Torres.
Entre los Turs ‘Damià’ de la octava generación aparece el ciudadano Marià Tur Riera (1747-1800), que tuvo tres esposas. La primera fue Elisabet Calbet Gotarredona, luego María A. Botino Bermeu (1771) y, en terceras nupcias (1776), se unió a Manuela Berrueta Anglada.
Marià Tur y Manuela Berrueta aportaron cuatro hijos a la novena generación: Francesc Tur Berrueta (1779-1884), casado en 1801 con Francesca Taltavull Galvai, que era hacendado y contable de ses Salines; Marià Tur Berrueta (1787-¿?), general; Antoni Tur Berrueta (1791-1833), casado con María del Amparo Burgos Mendicute y también general, y Vicent Tur Berrueta (1795-¿?), teniente coronel.
En definitiva, una historia increíble de dos ibicencos que afrontaron como enemigos, a miles de kilómetros de su tierra, un acontecimiento bélico que marcó la evolución del mundo.

Obelisco conmemorativo de la batalla de Ayacucho, obra del artista español Aurelio Bernandino Arias. / Christian Mehlfueh
Un obelisco en la Pampa de Quinua
En la Pampa de Quinua, escenario de la batalla de Ayacucho, existe un gran monumento que se instaló para conmemorar el 150 aniversario de la contienda. Se erigió mediante un concurso público impulsado por el Ministerio de la Guerra, en 1968, que paradójicamente ganó un proyecto de obelisco de mármol presentado por el artista español Aurelio Bernandino Arias.
El monumento tiene una altura de 44 metros y lo sostiene una estructura de cemento armado recubierta de mármol blanco. Sobre un gran escalón situado en la base aparecen varias estatuas de bronce, de tres metros de altura, representando a los generales rebeldes que comandaron la batalla: Antonio José de Sucre, Agustín Gamarra, José de La Mar, José María Córdova, Jacinto Lara y Guillermo Miller, junto con un medallón con la efigie del libertador Simón Bolívar.
Cuenta con un mirador desde el que se avista el hermoso paisaje del Santuario Histórico de la Pampa de Ayacucho, área protegida de 300 hectáreas, aprobada en 1980 con el objetivo de proteger el patrimonio natural e histórico que sirvió como escenario de la famosa batalla. Actualmente está integrada en la reserva de la biosfera Bicentenario-Ayacucho, creada en 2023. Allí, cada 9 de diciembre, se sigue escenificando la contienda con actores profesionales y voluntarios.
(*) Cofundador de www.ibiza5sentidos.es, portal que recopila los rincones de la isla más auténticos, vinculados al pasado y la tradición de Ibiza
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