Dominical
Memoria de la isla: La lluna pagesa
En la cultura agraria de los tiempos idos, que en unas islas todavía preturísticas se mantuvo sin apenas cambios hasta finales de los años cincuenta, eran importantes determinadas dualidades, día/noche, sol/luna, tierra/cielo, vida/muerte, etc., que, según el payés decía, influían en todo lo que hacía en su vida diaria

Estela de condensación dejada por un avión a su paso por Eivissa con la Luna de fondo. / VICENT MARÍ
Por un tiempo, analfabeto pixapins, yo situé el convencimiento del payés en el ámbito de las creencias y supersticiones, pero hoy dudo que se equivocara. Es imposible que tanta dualidad no tenga un sentido que se nos escapa. En cualquier caso, hoy empezamos a valorar la ancestral sabiduría payesa, de aquí la evidencia de quienes, al margen de supuestos avances, recuperan semillas que estaban perdidas y vuelven a mirar, como nuestros mayores hacían, de dónde viene el viento, la forma de las nubes y el color del cielo, amén de practicar antiguas formas de cultivo que calificamos agricultura biológica, ecológica y novedosa, cuando hace ya siglos que se conocía. ¿No influye la Luna en las mareas? ¿Es casualidad que sus fases tengan la temporalidad de los ciclos menstruales de la mujer? ¿Es una patraña creer que los cielos rojos pronostican viento? ¿Nos equivocamos al asegurar que el solsticio de invierno nos trae las encalmadas de ses mimves? Nuestros payeses sabían que los fenómenos que se repetían no eran casuales, sino propios de los ciclos de la naturaleza y, por tanto, daban certezas. Este determinismo natural explica un cierto fatalismo en nuestros payeses. Y no es algo del pasado. En los cultivos mandan, todavía hoy, por encima de nuestros desvelos, el sol, la luna, la lluvia y los vientos que no controlamos y, que, según se tercia, son amigos o enemigos. Todavía hoy son imprescindibles los noticiarios que cada día nos dan las incidencias y previsiones climatológicas.
Puede suceder, si las islas siguen en venta, que no quede campo por cultivar ni personas que quieran hacerlo
Hoy, a pesar de que lo aprendido en el contacto con la naturaleza se pierde, particularmente en nuestras islas por el menor peso del agro que el turismo arrincona, nuestro entrañable parenòstric o Pitiús que con meritoria vocación utópica no deja de publicar el Calendarí pagès con los lunarios que nos dicen «quan convé podar els ceps, recollir i salar ses olives, tallar els arbres per aprofitar sa llenya, sanar els porcs, fer matances i sembrar es planters…». Aunque tal como van las cosas, puede suceder, si las islas siguen en venta, que no quede campo por cultivar ni personas que quieran hacerlo. Puede que estos comentarios parezcan jeremiadas y no lo son, pero dejémoslo, porque lo que yo quería es dedicar estas rayas a describir el protagonismo que en los cultivos ha tenido y tiene la Luna, sa lluna payesa, expresión engañosa porque parece romántica, siendo más pragmática que lírica. Del Pitiús cabe decir, para no engañarnos, que en los tiempos que digo eran pocos los payeses que lo leían porque muchos no sabían leer, pero tanto daba, el payés no sabía menos que lo que el cuadernillo explicaba. Yo diría que el Pitius informaba de las cosas del campo a los urbanitas. Y en todo caso, si el payés necesitaba consejo, lo podía tener de sus vecinos y, cosa curiosa, de mossènyer, que solía tener el Pitiús en la casa parroquial. Lo vi en Sant Mateu y en Santa Agnès de Corona, colgado en la pared con un cordel, ensartada la páginas del mes en curso. Y si un payés necesita consulta, podía acudir al párroco que le leía el recetario. Sucedería de uvas a peras porque, por la cuenta que le tenía y por propia experiencia, al payés, para saber qué tiempo se avecinaba, le bastaba, al morir el día, salir de casa para evacuar discretamente tras la nopalera y aprovechar de pasada para mirar el cielo y la Luna.
‘Temps estirat’
Una Luna clara y brillante anunciaba buen tiempo, temps estirat. Y si en ella veía dos cercos, dos rotlos, uno más claro y otro rojizo, era que venía un cambio de tiempo. La Luna en cuarto creciente, derecha y como una tajada de sandía, significaba mal tiempo, pero si estaba encamada, ajeguda, anunciaba bonanza. Cuando la Luna sólo mostraba un solo aro grande y neblinoso, el pronóstico no fallaba, era de agua. Nuestros payeses también veían la influencia lunar en los nacimientos de las personas y los animales.
Tenían comprobado que, llegado el tiempo de parir las ovejas, las cabras y los terneros, el hecho no se producía durante toda una Luna y, al cambiar ésta de fase, los animales nacían en cascada, uno tras otro. Bien es cierto que el payés no sólo vigilaba la Luna, atendía a otras muchas señales, la forma y el color de las nubes, el canto del gallo en la puesta de sol o el vuelo diurno del mochuelo, rapaz más pequeña que el búho que sólo despabilaba de noche. Pero el payés se curaba en salud y también decía: «Quan Déu vol, s’ennivola i plou!». Dios y el azar también tenían su papel. Ahora recuerdo lo que un día le decía a mi padre sa majora de can Fontassa, afirmaba que «a s’hora de pondré, ses lloques ho havien de fer en una lluna determinada perquè es ous fossin garantitzats i no en sortissin gaires de nials, i que es tenien per bones, en tot i per tot, ses llunes de Nadal i Sant Joan, i dolentes ses de març i sa lluna roja de novembre».
La Luna en el habla
El protagonismo de la Luna ha sido tal que ha pasado al habla nuestra de cada día, no sólo entre las gentes del campo, sino también de la ciudad. Decimos estar de mala lluna del que va cabreado, anar a llunes del que cambia como una veleta, demanar la lluna en un cove es pedir lo imposible, estar a la lluna es estar en Babia, en la higuera, lladrar a la lluna es hacer una queja inútil y llunàtic es sinónimo de majara. También se decía, lluna creixent, part diferent, lluna minvant porta infant, lluna plena, será nena, Nadal amb lluna, any de fortuna y lluna dabril, malures mil. La Luna alcanzaba incluso los acertijos, ses endevinalles: «Preciosa amb vestit platejat, que gira la cara dun i laltre costat o Qué cosa és aquella que al cap dun mes ja es mor de vella?». Y todavía está viva la expresión Lluna de mel, que viene de la antigua costumbre de dar miel a los novios para potenciar sus capacidades amatorias y la fecundidad de la mujer. Aquí lo dejo.
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