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Memoria de la isla

Torres, piratas y turistas

Por su función de vigilancia, refugio y defensa, las torres costeras y las torres prediales son inseparables de las murallas renacentistas de la ciudad

Torre de defensa de Portinatx en una imagen tomada hace dos años.

Torre de defensa de Portinatx en una imagen tomada hace dos años. / J. A. RIERA

Miguel Ángel González

Miguel Ángel González

Ibiza

El aviso de ‘moros en la costa’ que daban las torres litorales con fuego nocturno y humo con fogatas de ramas verdes durante el día, así como la protección que proporcionaban en las casas aisladas las torres prediales y, finalmente, la defensa pasiva y activa que se podía hacer desde la Ciudadela, desde la fortaleza de Vila, formaban parte de una misma estructura castrense que buscaba plantar cara al peligro de cualquier razzia o ataque. En este sentido, hubiera sido lógico que las torres, junto a las murallas, tuvieran la consideración de Patrimonio Universal de la Humanidad. Ignoro si tal posibilidad se contemplaba en la propuesta que se hizo para conseguir la nominación, pero entiendo que hubiera sido lo correcto.

Al no ser así, uno tiene la impresión de que las torres costeras y prediales han quedado como descolgadas, en un aparte que no se ajusta a su historia ni a su condición. Y la estrategia defensiva de la isla que debe verse en su conjunto, queda a efectos interpretativos sin unos elementos que fueron determinantes y que siguen siendo necesarios para comprender lo que significó todo el conjunto defensivo de murallas y torres. Me pregunto si estaríamos a tiempo de conseguir este reconocimiento complementario de las torres, en tanto que monumentos históricos y vestigios relevantes de nuestro pasado que, como decía, no podemos separar de las murallas.

La fortificación renacentista se le impone al viajero porque configura el skyline de la ciudad, pero el caso de las torres es distinto. Las ubicaciones costeras de las torres de vigilancia y la dispersión que tienen las prediales en las casas repartidas al tresbolillo en la geografía interior implican un recorrido que exige coche, mapa y saber a dónde se tiene que ir. Los isleños y residentes lo sabemos, pero el viajero que nos visita las localiza con sorpresa por casualidad, se topa con ellas. Es cierto que las torres prediales, al formar parte de casas habitadas, exige cierta reserva y sería contraproducente publicitarlas, pero sí sería conveniente que mapas no venales, en Centros de Información, tuvieran localizadas tales construcciones con la explicación correspondiente, para que se pudiera ver la extraordinaria red que formaban. Son torres que se dan en todo el Mediterráneo, pero no con la concentración y el número que tenemos en nuestra limitada geografía. Nuestras torres prediales puede que sean un caso único en el Mediterráneo.

12 torres en la costa

En nuestros litorales contabilizamos nada menos que 12 torres de vigilancia: la de sa Sal Rossa, la de ses Portes (en las Salinas), la des Savinar en es Cap des Jueu, la d’en Rovira en les platges de Comte, la des Molar en el Port de Sant Miquel, la de Portinatx en Punta Marés, la de Campanitx en Punta d’en Valls, la de s’Espalmador, la de Punta Prima, la des Pi d´es Català, la de Barbaria y la de Punta Gavina. En cualquiera de ellas que pudiera visitarse, el viajero tendría noticia de su estructura y condición; sabría que las construyeron los técnicos del Rey entre los siglos XV y XVI, que su estructura es circular y de sólida mampostería, con muros de unos 2,5 metros de grosor, una altura de 8 o 9 metros y un interior de dos plantas abovedadas con escalera de caracol empotrada en la pared y una plataforma exterior que podía estar artillada, con garita, matacán y un acceso a considerable altura del suelo, de manera que sólo se podía acceder a ella con una escala que, una vez dentro, se retiraba.

Poca información

El caso de las torres costeras es distinto y exige una publicidad y una información que se ha quedado en los libros. Y es una pena. Porque el viajero que nos visita abandona la isla sin saber dónde ha estado. Es cierto que habrá siempre un turismo mayoritario que seguirá limitándose al sol de las playas y a la charanga de las discotecas, pero no nos equivoquemos, hay también muchísimos viajeros, cada vez más, que se interesan por saber qué tierra pisan. Existe, incluso, un turista que no tenemos y que, sin embargo, es habitual en otros enclaves Patrimonio de la Humanidad, como Cáceres, Toledo, Ávila, Córdoba, Cuenca o Salamanca.

Son turistas que no tienen ningún interés por la playa, que huyen del sol como del demonio, y que buscan como locos arquitectura, paisajes y museos. Hablo del turismo oriental que en Ibiza no se ha trabajado y que, sin ir más lejos, llega masivamente a Barcelona. No consigo explicarme por qué se nos escapa este turista que viaja durante todo el año, que es respetuoso y tiene un alto poder adquisitivo. Yo vivo precisamente en Barcelona y no puedo evitarlo, cuando veo las ‘manadas’ de disciplinados orientales que, sin hacer caso de las playas, se pasan el día siguiendo a un guía de aquí para allá, visitando en la ciudad puntos de interés cultural, me pregunto por qué no visitan la isla.

Nos sobran argumentos para llamar su atención. ¿No será por falta de información? Pienso que si al viajero se le invitara a viajar hacia atrás en el tiempo, quienes nos visitan tendrían una visión fascinante de nuestra historia que ahora se les escapa. La vida azarosa de nuestras islas que hoy puede parecernos de novela, fue en el pasado una amenaza real que, como las crónicas recogen, desembocaba con frecuencia en hechos dramáticos. Y pues hablamos del turista que nos visita, a nadie se le escapa el valor de los soberbios paisajes que ofrecen estas torres costeras de vigilancia, situadas siempre en lugares estratégicos, cabos, promontorios, acantilados o islotes.

Nuestras islas fueron árabes durante más de trescientos años y tras su conquista el 1235 por los catalanes, no dejaron de recibir la siniestra visita de quienes habían vivido en ellas y que, conociéndolas bien y aprovechándose del factor sorpresa y del particular aislamiento de las casas en el campo, desembarcaban en pequeñas calas y, en rápidas incursiones sobre los solitarios caseríos , arramblaban con lo que podían, animales, objetos de valor y personas por las que luego podían pedir un rescate.

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