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Imaginario de Ibiza

Cuando s’Espalmador se enciende al atardecer

La experiencia de viajar entre las Pitiusas desde el puerto de Ibiza resulta completamente distinta en el trayecto de ida que en el de vuelta. Si el regreso se produce al atardecer, el viajero podrá advertir cómo los acantilados de s’Espalmador casi se vuelven de fuego

S’Espalmador desde el mar.

S’Espalmador desde el mar. / X.P.

@xescuprats

Ibiza

La luna roja, sangriento sol sobre la isla, y el choque de las olas contra los espectros de piedra, brisa de primavera, húmeda y tibia, mientras se escuchan a lo lejos voces y carcajadas.

Juan Luis Panero

Sobre la atmósfera onírica que acompaña una travesía entre Ibiza y Formentera se han escrito palabras a fardos. Historias de corsarios, vigías y ahorcados, nostalgias de cuando el trayecto duraba el triple que ahora y se hacía a bordo de la ‘Joven Dolores’, aquella barca botada en los sesenta capaz de navegar con tres coches instalados sobre la proa y que murió con el cambio de siglo, o incluso los tránsitos del presente, ahora que es Freus se antojan más una autopista marina que obliga a los patrones a doblar la atención por la densidad del tráfico y los adelantamientos inesperados.

Aunque se trate de un viaje de ida y vuelta, con salida desde el puerto de Ibiza –salvo para quienes residen en Formentera y ya han atravesado la colisión de corrientes tantas veces que son inmunes al paisaje–, se tiende a describir el trayecto que concluye en la Savina, por aquello de que la primera impresión es la que cuenta: la espectacular salida del puerto de la capital, con las fechadas encaladas de los barrios marineros y los baluartes de piedra arracimados sobre el Puig de Vila, el rosario de islotes tanto a babor como a estribor, los faros d’en Pou y des Penjats, la torre de sa Guardiola, el hipnótico color del mar frente a es Cavall d’en Borràs y sa Séquia

La vuelta

El trayecto inverso, sin embargo, constituye una experiencia radicalmente distinta, aunque comparta idéntico paisaje. El viajero aprovecha el día en Formentera y, en consecuencia, deshace el camino al atardecer, con el cuerpo desierto de energía, aunque saturado de sensaciones todavía por asimilar. Y aunque haya transcurrido una única jornada, la impresión suele ser de puro agotamiento, tanto por el calor imperante como por la sobredosis de salitre y ese exceso continuado de luz, que sobreviene en un inevitable letargo.

En ese tránsito entre el día y la noche la luz tiende hacia el gris, amortiguando las tonalidades eléctricas que sobrecogieron a la ida. Pero cuando el fuego del atardecer se proyecta sobre las paredes de arenisca de s’Espalmador, a los pies de la vieja torre carcomida por la sal y el viento, las vetas entreveradas de almagre se encienden de escarlata, volviendo a despertar la mirada escrutadora del pasajero. Es en ese breve instante cuando más sencillo resulta tomar consciencia de las verdaderas dimensiones del islote, separado de Formentera por un escueto paso meramente accidental. No resultan, sin duda, tan modestas como se presupone tras una primera impresión.

En ese instante, las dunas cubiertas de vegetación de la Platja d’ s’Alga y la Punta des Carritx, la más próxima al desfiladero marino, se vislumbran amortiguadas por el juego de luces y sombras, al igual que el islote de sa Torreta y el arenal que pone a resguardo, y s’Illa des Porcs, con la vivienda que antiguamente abrigaba a los fareros. Justo al contrario que el tramo que une el acantilado que sostiene la torre hasta la Punta de Castaví, al sur, que captura con absoluto egoísmo los reflejos que proyecta el sol en sus últimos estertores. En definitiva, un espectáculo de ida, pero también de vuelta.

La torre más antigua de Formentera

El brillo que irradia la mole de s’Espalmador también emana de la propia torre, uno de los más importantes monumentos de la pitiusa menor. Es la más antigua de las cinco que se apostan en el municipio formenterano, al haber sido concluida en 1750, más de una década antes de que se instalaran vigías en las siguientes. Al igual que las demás, dispone de dos plantas y antaño se accedía a ella por una entrada superior protegida con matacán, a la que se ascendía mediante una escalerilla retráctil. Lamentablemente, aunque fue restaurada en 1993, los sillares que conforman su estructura se encuentran muy desgastados por el paso del tiempo.

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