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Dominical

Memoria de la isla: De los tiempos de Franco y Elena Francis

En los años 40 y 50, la insularidad no nos salvó del lavado de cerebro que el franquismo impuso con medios sibilinos para tenernos controlados y catequizados

Juan Soto Viñolo, periodista que redactaba las respuestas del Consultorio de Elena Francis.

Juan Soto Viñolo, periodista que redactaba las respuestas del Consultorio de Elena Francis. / / El Periódico

Miguel Ángel González

Miguel Ángel González

Los niños hacíamos caligrafía bajo la mirada de Franco y José Antonio que, como los dos ladrones del Calvario, estaban a uno y otro lado del crucifijo que presidía las aulas, sobre la tarima de la monja o del maestro. Y en el instituto de Santa María, los chicos teníamos como asignatura obligatoria la ‘Formación del Espíritu Nacional’, mientras nuestras compañeras asistían a clases de política social, labores, cocina y economía doméstica. Aulas al margen, la Falange nos engatusaba con el marcial uniforme de boina roja, camisa azul y con el desfile anual para depositar una corona en la Cruz de los Caídos –que eran sólo los ‘nacionales’- y el salón que el Frente de Juventudes tenía en Vara de Rey, con futbolín, tebeos y los ‘Juegos reunidos Geyper’. Los cines proyectaban, con prescripción política el enfático NO-DO, en el que el caudillo inauguraba pantanos, entraba bajo palio en las iglesias y pescaba atunes desde su yate, el Azor, que tal vez le enganchaban en el anzuelo submarinistas militares. Ni tan siquiera en casa estábamos a salvo. La radio abría y cerraba las emisiones con el Himno Nacional y llamaba al noticiario ‘el Parte’, patriótica reminiscencia del ‘Parte de Guerra’ de la llamada Cruzada. Todos, en fin, caminábamos, como decía la canción, «prietas las filas, recias, marciales, por el Imperio hacia Dios».

La memoria es selectiva y arrincona los malos recuerdos para evitarnos cabreos, pero quedarnos sólo con los momentos felices nos deja un pasado nostálgico y entrañable que es una verdad a medias. Lo cierto es que para el franquismo fuimos marionetas, aunque no es menos cierto que su manipulación no siempre consiguió lo que quería. ‘La Formación del Espíritu Nacional’ fue una ‘maría’, el ‘Parte’ de la radio una cantinela que no nos interesaba, en los cines nos saltábamos el NO-DO y la Falange sólo nos importaba por el futbolín, la mesa de ping-pong y los tebeos. Fuimos, a pesar de todo, niños felices y sólo después, ya mayores, nos dimos cuenta de que nos había monitorizado el Gran Hermano, que si para Orwell fue una fábula, para nosotros fue pura y dura biografía. Cualquier aspecto de aquella manipulación da mucha tela para cortar y para muestra un botón. Me viene a la memoria, por lo representativo que es de aquel momento, un programa radiofónico que fue el sonido de fondo en los hogares y un fenómeno sociológico en la España franquista: el Consultorio de doña Elena Francis. Destinado al público femenino, se emitió desde Radio Barcelona, Intercontinental y Peninsular.

Yo vivía entonces en el Cuartel de la Guardia Civil en la calle Azara y nuestro patio de vecinos daba a unos bajos en el que se juntaban unas modistillas, -cosidores que feien comissió-, que cosían por cuenta de algunas tiendas de tejidos de la Marina como can Burgos o can Xinxó. La meliflua y pegadiza musiquilla del programa formó parte de la banda sonora de aquellos años junto a la trompetería del NO-DO y la canción del COLA-CAO. La estructura del consultorio era simple. Se invitaba a las radioyentes a que remitieran cartas a la emisora con sus cuitas, infortunios, amores y desamores, que después contestaba una tal Elena Francis, supuestamente doña, pero que en realidad era un señor con bigote y barba, Juan Soto Viñolo, periodista que redactaba las respuestas que leía con voz aterciopelada una locutora bien conocida, Maruja Fernández. El consultorio permaneció en antena desde 1947 a 1966, cuando ya imperaba el feminismo, se defendía el destape, el divorcio y el aborto. El programa descubre hasta qué punto coleaba en los sesenta la España profunda y manipulada. El programa fue un malsano confesionario y sorprende que, años después de bajar la persiana el programa, ya en el 2005, aparecieran en Can Tinell, masía catalana propiedad del Instituto Francis, más de un millón de aquellas lacrimógenas cartas.

Hoy pueden consultarse en el Arxiu Comarcal del Baix Llobregat. Algunas se han publicado y da grima leerlas porque son un penoso y fiel reflejo de la casposa y carpetovetónica doctrina del franquismo y la Iglesia de aquellos años, disfrazada de consultorio sentimental. Baste recordar que en el equipo del programa estaba un sacerdote y que la primera idea del denigrante consultorio fue de Ángela Castells, quintacolumnista de la Sección Femenina de la Falange durante la Guerra Civil. De infeliz memoria, el programa deja hoy un poso tragicómico que enternece y cabrea. Lo que había detrás de aquel circo era negocio, el ladino montaje creado por el Instituto de Belleza Francis de Barcelona, que todavía existe, para promocionar sus productos.

Que la mujer hiciera la vista gorda

Lo que las respuestas del consultorio recomendaban a la mujer, fuera cual fuera su problema, era abnegación, sacrificio, silencio, resignación y paciencia. La vida era un valle de lágrimas porque en este mundo habíamos venido a sufrir. La homosexualidad era un trastorno que la esposa podía remediar con mano izquierda y zalamerías. El embarazo fuera del matrimonio era siempre culpa de la mujer. Ante las infidelidades, el alcoholismo y los malos tratos, se aconsejaba a la esposa que hiciera la vista gorda, que mirase hacia otro lado, que esperase a que las cosas cambiaran porque, a fin de cuentas, el matrimonio era indisoluble. Y por el bien de los hijos, la mujer debía soportarlo todo, absolutamente todo. Vázquez Montalbán lo tenía claro: “La mujer española es un ser solitario condenado a cadena perpetua y todo la conduce a esa jaula, muy pocas veces dorada, donde deja de cantar y donde no hay otra música que la de la radio”. Y es que la radio era, efectivamente, el único medio que tenía la mujer durante el franquismo para evadirse de una realidad mojigata y descaradamente machista. Hoy, cuando Ibiza vende el ‘ad libitum’ como marca propia, cuesta entender que en aquellos años, los cincuenta, la vida de la mujer era, como la de cualquier otro lugar, un auténtico poema, un mal poema que no conviene olvidar.

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