Coses Nostres
Un pez como paradigma del exceso en Ibiza
El mero es el mejor ejemplo en las islas de una especie marina llevada al límite por su interés económico y por tradición gastronómica

Este mero vive en una grieta llena de antozoos amarillos. / CAT
Las áreas marinas protegidas son especialmente eficaces para aumentar las poblaciones de peces sedentarios, de especies que —al contrario que grandes pelágicos como atunes o tintoreras— viven en un territorio más o menos limitado en el que, por regla general, tienen su hogar —una grieta, una cueva o un túnel—, como los meros, los congrios o las morenas. Más allá de la lógica aplastante que parece sostener el enunciado, numerosos estudios avalan esta efectividad de las áreas protegidas, aquellas donde se ponen restricciones a la pesca, y principalmente a la pesca submarina. Y el mero, en concreto, suele citarse como símbolo de la eficacia de las reservas marinas que existen en Balears (protegidas con una figura de reserva de interés pesquero, donde sus habitantes son tratados como recursos, no como vidas importantes para los ecosistemas).
Sin embargo, el mero o anfós (Epinephelus marginatus) puede invocarse no sólo como ejemplo de la eficacia de las reservas marinas (sobre todo de las zonas de reserva integral) sino también como paradigma de la enorme presión que tradiciones gastronómicas y economía ejercen sobre la conservación marina. Es decir —y es algo que muchos científicos ya reconocen—, proteger una especie en declive es muy complicado si su captura da dinero. El caso de la anguila europea es tal vez el caso más sangrante, ya que incluso está declarada en peligro crítico de extinción —la categoría más extrema de amenaza– y, a pesar de ello, tal clasificación no impide su pesca, ni siquiera la pesca de sus alevines.
En Ibiza y Formentera, el mero es el ejemplo adecuado, la especie emblemática de las islas que no se protege porque tiene un alto valor económico y es ingrediente del famoso bullit de peix, y que, para continuar alentando su consumo se alude a una relativa pesca sostenible que ninguna investigación científica es capaz de avalar dada la ambigüedad en la que ha derivado el término sostenible. Incluso en jornadas y eventos que se anuncian como actos para impulsar la conservación marina, se promueve el consumo de esta especie vulnerable.
La verdad es que la situación del mero es delicada y si, hace diez años, el Libro Rojo de los Peces de Balears señalaba que en las islas su situación estaba mejorando gracias a la prohibición de la pesca submarina, esta consideración debería revisarse una década después. Incluso en una guía que promociona la pesca como es la Guia de consum sostenible de peix i marisc de les Illes Balears, de la Aliança Calant Xarxes, se indica que esta especie «presenta una vulnerabilidad alta a causa de la sobreexplotación de la población» (aunque también explican, acto seguido, la mejor forma de comerlo).
La única medida que existe para proteger la especie es una talla mínima de 45 cm, que se considera la talla de madurez sexual. Esta talla mínima, sin embargo, también sirve de pretexto para la creencia errónea de que los ejemplares más viejos —el objetivo de la pesca submarina— son más improductivos en cuanto a su capacidad reproductiva. La verdad, avalada por estudios realizados por el Instituto Español de Oceanografía, es que la fecundidad aumenta con la talla y la edad. El mero es un animal que puede alcanzar entre 50 y 60 años, y los más jóvenes habitan normalmente en las zonas someras, menos profundas, mientras que los grandes meros que consiguen sobrevivir a la pesca habitan a mayores profundidades; por regla general no más de 50 metros de profundidad, aunque pueden llegar a algo más de 200.
El mero explorador
Sobre la conectividad de las reservas que lleva a cabo el Imedea (Institut Mediterrani d’Estudis Avançats), los investigadores se llevaron una sorpresa cuando un juvenil de mero marcado en l’Illa de l’Aire fue capturado un tiempo después por un pescador artesanal de Begú (Catalunya). El investigador Eneko Aspillaga destacaba en el programa Nautilus de IB3 ràdio que ese pez, en principio costero, tuvo que cruzar zonas de 2.000 metros de profundidad y que este descubrimiento suponía un cambio de paradigma. «A nivel de conectividad genética de poblaciones, que haya una exportación de individuos desde Balears hacia la península es un hecho muy interesante», destacaba.
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