Imaginario de Ibiza | Los pescadores de caña y el ritual de la paciencia
Más allá del deporte, la afición a la pesca constituye una infalible fórmula de reconexión con la naturaleza y con uno mismo. Además, resulta tan útil a quien la practica que al que la observa.

Dos pescadores en la bahía de Portmany. / X.P.
@xescuprats
La pesca es mucho más que pescar
Cuando Herbert Clark Hoover (1874-1964), trigésimo primer presidente de los Estados Unidos, pronunció esta frase, lo hizo con conocimiento de causa. De entre los máximos mandatarios norteamericanos, es el único al que un escritor, Hal Elliott Wert, dedicó un volumen de 350 páginas a recopilar sus andanzas, anécdotas y recuerdos como pescador. Hoover se inició en este pasatiempo a los ocho años y era poco más que un niño cuando atrapó una trucha récord de 30 centímetros en el arroyo Wapsinonoc, cerca de su casa natal de Iowa. A los catorce vivió otra jornada inolvidable, al atrapar cien truchas en un torrente de Oregón, junto a su tío y un amigo, y a lo largo de toda su vida siguió alimentando la afición por escenarios de agua dulce y salada, superando los 80 años caña en mano.
Para Hoover, la pesca no era una simple actividad deportiva, sino un ritual para reconectar con la sencillez, la calma y los valores de su infancia; un truco infalible que le permitía recordar en un santiamén quién era y de dónde venía. El presidente incluso sostenía toda clase de teorías sobre la mentalidad y el carácter de los pescadores, que, según afirmaba, compartían siempre dos características: poseían una mente contemplativa, por su capacidad para soportar el paso de las horas aunque nada ocurriera. y, además, eran optimistas por naturaleza, ya que, de lo contrario, no podrían ejercitar su hobby.
La pesca, sin duda, constituyó un valioso refugio frente a las tempestades políticas que tuvo que soportar el republicano durante su único mandato presidencial, que transcurrió entre 1929 y 1933, en plena Gran Depresión. Dicha crisis económica y social, que sumió a millones de estadounidenses en la ruina, acabaría convirtiéndole en uno de los presidentes peor valorados de la historia, siendo abucheado en los mítines cuando luchaba por la reelección contra el demócrata Franklin Delano Roosevelt, que se convirtió en presidente número 32 tras vapulearle. De no ser por el contrapeso de la pesca, probablemente no habría alcanzado los 90 años.
Al igual que Hoover y a veces de forma inconsciente, son muchos los pescadores que practican su afición –me cuesta llamarla deporte–, desde cualquier orilla, muelle o malecón, simplemente para reconectar con la naturaleza y volver a equilibrar los biorritmos del cuerpo. Una costumbre de la que no sólo se benefician ellos, sino todos los demás que se detienen a contemplar su ritual, absorbiendo parte de la apacibilidad que desprenden. Probablemente ésta sea la razón por la que allá donde hay pescadores a la caña encontramos un número igual o superior de espectadores.
Según se deduce de la imagen que ilustra esta página, la pareja que aparece en ella comparte dicha reconexión con el paisaje a través de semejante distracción. La fotografía se tomó en junio de 2020, cuando el país aún afrontaba el plan gradual de desconfinamiento, después de que todos los ciudadanos, incluidos los ibicencos, tuvieran que encerrarse en sus hogares por el estado de alarma, a partir del 15 de marzo.
Ambos aficionados, apostados en uno de los viejos muelles de golondrinas del lado sur de la bahía de Portmany, tuvieron que experimentar esas primeras semanas de reapertura de unas jornadas memorables de pesca, con una bahía resplandeciente por la inactividad humana e intensamente bulliciosa bajo las aguas. Su lento ceremonial, al preparar la armada, colocar el cebo y aguardar los tironcillos del hilo de nylon, en el marco de esa bahía abierta, también fue medicina para el espíritu de aquellos que nos detuvimos a observarlos.
Un antiguo paraíso para la pesca
Tras décadas perdiendo vitalidad, la bahía de Portmany recuperó durante el covid parte de la apabullante riqueza biológica que le había caracterizado en el pasado, antes de que el puerto fuera comercial y se saturara de embarcaciones y fondeos ilegales. En aquellos tiempos, los pescadores hacían gambas sobre la posidonia y capturar alevines de mero resultaba tan sencillo, que a veces eran los propios niños quienes se ocupaban de llevar la comida a casa.
(*) Cofundador de www.ibiza5sentidos.es, portal que recopila los rincones de la isla más auténticos, vinculados al pasado y la tradición de Ibiza
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