Dominical
Memoria de la isla: La mirada cautiva
«Al salir a la calle, el mundo que se extendía ante mis ojos me parecía tan estimulante como si lo viera por primera vez y esperaba con emoción todo lo que pudiera encontrar o salirme al paso». ‘El paseo’. Robert Walser

Una gaviota en el puerto de Ibiza. / VICENT MARÍ
No es lo mismo oír que escuchar. Y no es lo mismo ver que mirar, algo a tener muy en cuenta en la reducida geografía de nuestras islas que, si en tiempos era un universo prácticamente inabarcable que no acabábamos de descubrir al caminarlo o cuando lo recorríamos en carro o en bicicleta, ahora, cuando las carreteras destruyen los caminos y en sólo minutos pasamos de mar a mar, de Portmany a Vila y del port de la Savina al far de la Mola, encapsulados, acelerados y motorizados sobre cuatro ruedas, Ibiza y Formentera se nos han encogido, se nos han quedado pequeñas y se repite lo que vemos porque lo hemos visto mil veces. Pero hay algo en este siglo XXI que también nos juega a la contra. La tecnología ha trivializado y diluido la mirada en la tormenta visual y virtual que nos golpea, en la catarata de impactos visuales que nos vienen de la fotografía, el cine, la publicidad, la televisión, internet, las pantallas de los ordenadores, teléfonos móviles, Skype, Facebook, etc. Y al quedarnos en sólo ver, al perder la mirada, perdemos un mundo.
En vez de contemplar algo con detenimiento y atención mientras paseamos o viajamos, pasamos por alto lo que vemos y, en el mejor de los casos, nos conformamos con tomar una instantánea, una fotografía de lo que vemos y seguimos con prisas nuestro camino. En tales casos, en este ver sin detenernos a interpretar lo que vemos, nos empobrecemos, nos privamos del conocimiento, del aporte emocional y la riqueza que subyace en la mirada. Hoy, sólo el artista –escultor, arquitecto, pintor o poeta- sigue ejercitando con disciplina el arte de la mirada que es indispensable para hacer su obra.
En una casa payesa donde la mayoría de nosotros sólo vemos un cuerpo de paredes blancas, el pintor descubre texturas, armonía de volúmenes y formas, luces y sombras, analiza su experiencia visual, la saborea, reflexiona sobre ella y, al dibujarla o pintarla, la recrea.
Cuando éramos niños jugábamos con una caja de cartón y aunque lo que veíamos era el objeto, la caja, para nosotros era un barco, un sombrero pirata, un camión. Nuestra mirada iba más allá de lo que veíamos y la realidad se transformaba, crecía, se enriquecía. Vivíamos un mundo de distancias cortas que nuestra imaginación trascendía. La casa, la calle, el barrio o cualquier lugar, –el puerto, el Mercat Vell o s’Alamera- era un mundo que nos desbordaba en experiencias y lo cotidiano era extraordinario.
Miradas de la lentitud
Podíamos fijarnos, expectantes, en el mínimo tiemblo del flotador del pescador de caña, en las lisas que rondaban bajo la popa en espejo de un motovelero, nos llamaba la atención el trajín de las hormigas en la calle Azara que era todavía de tierra, la inmovilidad de un pequeño dragón en el rincón de un muro, el croar de una rana en los estanque del Parque o la competencia que en los atardeceres de verano se establecía, en su caza de insectos, entre los murciélagos y las golondrinas. El hecho de que la memoria que tenemos de la isla los más viejos de la tribu, después de 70 años, aún retenga detalles nimios pero significantes por la información y las vivencias que nos aporta es, precisamente, porque nuestros recuerdos proceden de aquellas miradas de la lentitud, del vivir sin prisas y atender a lo inmediato. Me pregunto cómo será la memoria de la isla en el futuro, cuando ahora vemos pero no miramos, cuando los impactos visuales se suceden y son borrados por otros.
Ver es un fenómeno biológico pasivo, que no registra, que se nos da sin que medie interés, fijación y atención. Abrimos los ojos y vemos. La mirada, en cambio, es activa, deliberada, implica intencionalidad y conlleva conocimiento, un darse cuenta de lo que vemos, interpreta los datos que nos ofrece la vista. Al ver, que es aptitud, añadimos la mirada, que es actitud y trata de entender lo que ven los ojos. Cuando alguien nos observa con insistencia, fijamente, le preguntamos ¿qué miras?, no le preguntamos ¿qué ves? Y cuando acudimos al oculista le decimos que vemos mal, no le decimos que miramos mal. La vista no tiene objetivo, la mirada lo tiene, busca sentido, busca información. Mientras el ver es epidérmico, superficial, la mirada penetra las cosas y busca su significado. Los antiguos creían que por la mirada se accede al alma de las cosas y para no dejarla huir por los ojos de los muertos, los cerraban con dos monedas destinadas a pagar a Caronte, el barquero que conduce las almas al Hades.
Recuperar la lentitud
Al releer hace unos días ‘El paseo’, de Robert Walser, he caído en la cuenta de la importancia que tiene recuperar la lentitud, la curiosidad y el detenimiento que exige la mirada, ese estado de curiosidad, interés y alerta, que en otro tiempo tuvimos. Se trata de liberar la mirada, cautiva hoy por las circunstancias, por el actual modo de vida. Sólo en esa recuperación de la mirada, de focalizar lo que vemos y tratar de explicarlo, podemos redescubrir la riqueza que en lo nimio y cotidiano atesoran estas pequeñas y preciosas islas. Si lo hacemos, podremos escribir varios folios hablando únicamente de los retorcimientos de un olivo, del vuelo cenital de una gaviota, de una chalana que parsimoniosamente atraviesa a remos la bahía, del anciano que se ha quedado dormido en un banco de s’Alamera, de la calidoscópia paleta de colores que descubrimos en un estanque salinero, de la penumbra que nos sorprende al entrar en el Convento, del vértigo que en el mirador de Marià Villangómez nos produce la vertical del acantilado. Entre las cuatro paredes de una habitación, en una calle, en un paisaje, tanto da, la mirada atenta nos descubre lo desconocido en lo que conocemos, vemos como si fuera la primera vez lo que ya hemos visto. Es la pregunta que podemos hacernos, ¿vemos o también miramos?
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