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Memoria de la isla | La Penya, arquetipo de arquitectura mediterránea

La Penya es un patrimonio que tenemos la obligación de salvar, pues es uno de los barrios con más carácter de la ciudad de Ibiza.

Viviendas de la Penya vistas desde la muralla. | CÉSAR NAVARRO

Viviendas de la Penya vistas desde la muralla. | CÉSAR NAVARRO

Miguel Ángel González

Miguel Ángel González

Ibiza

Sorprende y desconcierta constatar que el barrio de los pescadores que recordamos de los años 50 del siglo pasado guarda más parecido con la visión que de él nos da el archiduque de Austria a finales del siglo XIX que con la que tenemos hoy, situación que nos da medida de la tremenda regresión que ha experimentado. Conviene decir, sin embargo, que esta degradación se debe a su actual habitación, a la vida torcida y enquistada que algunos hacen en el barrio perjudicando a sus vecinos, pero que apenas ha hecho mella, si exceptuamos la huella que dejan los años, en su fisicitud, en su singular configuración, en la particular urdimbre de sus callejas, pasajes y casas, en lo que la Penya es en sí misma, un formidable arquetipo de arquitectura popular mediterránea que se ha preservado, un patrimonio que tenemos la obligación de salvar, no en vano es uno de los barrios con más carácter de toda la ciudad. Lo que se da en la Penya, en resumidas cuentas, es una arquitectura de insólita plasticidad en sus volumetrías, en sus laberínticos pasajes, empinamientos, vueltas, revueltas y rinconadas. Toda la Penya es una secuencia sorpresiva de flashes, inagotables por cambiantes, en los que, sobre el enjalbiego, las luces juegan con las sombras. Todavía hoy, como ayer, uno camina sus calles y se siente dominado por los imperativos de una edilicia desnuda y esencial que derrocha armonía y una belleza que, en buena medida, se exterioriza, incluso, en la misma piel de las casas, en sus anfractuosidades y grietas, en los abombamientos y las desportilladuras que deja en el pertinaz encalado el aire salobre y el tiempo que pasa. Algo, por cierto, que no se agota en el callejeo diurno. Entenderá lo que digo quien visite la Penya una noche sin luna, cuando la mortecina luz de los bombillones que tiembla en las esquinas despierta en los encalados las texturas y la vivacidad de los muros en una fantasmagórica poesía visual.

Otro detalle de la condición marinera y la mediterraneidad en la arquitectura de la Penya estaba -y hablo en pasado porque se ha perdido- en la identificación que tuvo el hombre con su lugar de habitación. Y es que a pocos metros quedaban los muelles con sus barcas y sus tres pequeñas atarazanas, la que quedaba en la plaza de sa Riba, junto a la escollera, la que estaba en la plaza más interior de sa Drassaneta y la que ya en los muelles quedaba en la rinconada ciega que retiene su memoria en su nombre actual, carrer de sa Drassana, frente a la plaça d’Antoni Riquer. Las calles olían a mar, junto a los portales podía verse una ringlera de palangres ya preparados, alguna caña de pescar sujeta con un cordel en la cruz de madera que cerraba una ventana y algún caparazón de tortuga, a guisa de escudo nobiliario, sobre la puerta de una humilde vivienda. Tampoco era raro ver a un anciano que, sentado en un poyete de la calle, morosamente, sin mirar el trabajo de sus manos, construía una nasa como una campana que, por su vacía urdimbre que atravesaba la luz, hoy diríamos una escultura de Plensa. Y era también común que alguna mujer remendara una malla o zurciera un calcetín sobre un huevo de madera, y que un niño jugara en un charco con un barquito de carrasca.

Algunas puertas tenían casi a ras del suelo un forat gatiner, porque no faltaban el asilvestrado morrongo que tuvo allí su paraíso, cosa lógica porque todo el barrio olía a pescado y porque, aunque sólo recibiera despojos y raspas, andaba sobrado y se pasaba el día amodorrado en la solana de las azoteas. Los pescadores decían que los gatos daban mal fario en las barcas, pero los soportaban porque el barrio tenía ratas grandes como conejos, sobre todo en las calles más altas, junto a la muralla, donde estaban las cochineras. El aire popular de la Penya estaba también, con un guiño de ruralidad, en las gallinas que por las calles andaban a su aire. Nadie las confundía ni se confundían ellas. Y si eran ponedoras, cada quien sabía dónde tenía que recoger los huevos que los demás vecinos no tocaban. Los gallos, en cambio, que sueltos se peleaban y ahuecaban el ala, estaban enjaulados en los balcones que entonces eran de madera y tenían, sin espacio en los interiores, una caseta-excusado a la que no le faltaba ventilación. En aquellos balcones que en sus tendales sacaban las intimidades a la calle -camisetas, enaguas y calzoncillos- permanecían los gallos hasta que en Navidad dejábamos de oír sus quiriquiquíes.

Los pescadores tenían en la Penya todo su mundo. Sobre las losas de los Andenes se secaban las redes y en las dos casonas que llamábamos Barracas se guardaban los utillajes de su faenar y los carromatos que se utilizaban para llevar todas las mañanas las capturas de las barcas a la Plaza, un transporte que casi siempre hacían las mujeres que tenían puestos de venta en la Peixateria. Y un último y curioso detalle que subrayaba la condición marinera de la Penya estaba en las fachadas. Junto al blanco inmaculado de las lechadas de cal que cubrían incluso los peldaños de las escaleras, sobresalían las rabiosas notas de color de las puertas, balcones y ventanas que aprovechaban los verdes, rojos y azules, que sobraban de pintar la obra muerta de las barcas.

El barrio descriro por el archiduque

“Cerca del muelle, las casas presentan tejados poco inclinados o simples azoteas planas. Desde la calle se accede a las casas directamente o por medio de unos pocos peldaños y una escalera interior tan estrecha que apenas si permite el paso de una persona. Desde la Casa de la Sanidad, junto a la playa del puerto, discurre una calleja que se orienta por poniente en dirección a la ciudad con una hilera de humildes casitas habitadas por pescadores, todas construidas sobre un peñal, con cantil a pique sobre el mar. Una plazoleta cercana nos permite gozar de una espléndida vista sobre los grupos de casas situadas en un plano inferior, cuya nítida blancura destaca sobre el azul oscuro del puerto. Y muy cerca, salva el declive una escalera en dirección al mar y las callejas se entrecruzan laberínticas, subiendo aquí y bajando allá, desembocando finalmente en la pequeña Plaça de sa Drassaneta. Las casas que la rodean se asemejan todas en muchos aspectos, indefectiblemente blancas, con el mismo tipo de azotea plana y con un sinnúmero de balcones sostenidos casi siempre por traviesas de madera”.

Archiduque Luis Salvador de Austria, en ‘Las antiguas Pitiusas’

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