Memoria de la isla | De la piedra y la cal
Hablar de la piedra y la cal en nuestra arquitectura tradicional es hablar de sus paramentos y del revestimiento de sus superficies. Sería interesante saber en qué momento arranca el pancalcismo en nuestras casas. No es una cuestión fácil de dilucidar.

Casa payesa del Rafal Trobat. / RAFEL TUR
Por lo poco que sabemos de la edilicia púnica, aunque los enfoscados interiores pudieron tener colores atrevidos como el rojo y el azul, los exteriores más comunes eran terrosos. El blanco era un no-color. En el mundo árabe la cuestión se complica. En los poblados del desierto y del Alto Atlas marroquí, en los karbabs y ksurs de Tinerhir, Ait-Benhaddu, Jebel Tourbkal o Merzouga, el exterior de las casas, de piedra vista, arena y barro rojizo, es uniformemente terroso. Los llamados pueblos blancos marroquíes, caso de Assilah son emplazamientos costeros y turísticos recientes. Lo que sí se da en Marruecos es el azul-añil en los paramentos exteriores que podemos ver en Chefchaouen, un color protector que heredamos con la misma función en nuestros dinteles. (No es el motivo, por cierto, del azul en puertas y ventanas que vemos en nuestro barrio de la Penya, que se debe al sobrante de pinturas que los pescadores utilizaban en la obra muerta de sus barcas).
Es cierto que en la arquitectura tradicional norteafricana, -en Túnez, por ejemplo- el uso de la cal es también común en los exteriores. Basta ver las casas y mezquitas de arcilla cocida, estucada y encalada de la isla de Djerba, que tan extraordinario parecido tienen con algunas de nuestras iglesias, caso de la de Santa Agnès y Santa Eulària. A partir de aquí, cabe preguntarse si eran mayoritariamente blancas en sus exteriores las casas de la Ibiza árabe. Es difícil saberlo. Tiene lógica pensar que, en los siglos posteriores a la conquista catalana, cuando la isla sufría las razias bereberes, tuvo que ser impensable encalar las casas que hubieran sido faros fáciles de localizar. Me inclino a pensar que, por razones de seguridad, las casas se fundían con su entorno, con el color de la piedra y la tierra. Es probable que el encalado exterior se introdujera en tiempos más próximos a nosotros, cuando el peligro de aquellas incursiones había pasado.
Con la excepción de los techos aterrazados, –de cañas, arcillas, algas y gruesos troncos de sabina-, los muros de nuestras casas son de piedra caliza, pedra morta y piedra marés. A lomos de la roca, sin cimiento alguno, las piedras troceadas manualmente por donde quieren romperse vuelven a unirse después con argamasa o mortero y se erigen en muro. Un muro que, confiado al inconmovible sostén de la peña en la que se asienta, la sigue cuando ésta se levanta o se humilla y desciende con ella. No es raro que la indómita roca salga al tropiezo en los interiores, ahorre un trozo de muro y, en otros casos, una pequeña escarpa, apeldañada a golpes de pico, se convierta en escalera para subir a los dormitorios. No se trata, digámoslo, de una piedra extraordinaria. Es una piedra pobre y quebradiza, de consistencia más aparente que real.
El payés sabe bien que suele romperse caprichosamente y que lo que resulta de su fractura debe encontrar, con habilidad, encaje en el muro. Una habilidad que sorprende cuando las cercas seculares se levantan sin argamasa. Es cierto, sin embargo, que cuando los muros exigen una determinación formal apurada se acude a una piedra más dúctil y fácil de trabajar, el marès, arenisca de grano grueso que se trabaja con comodidad. Pero la piedra común es la pedra morta, caliza con un alto grado de tierras, tosca y antojadiza, que requiere paciencia y oficio. Aún así, los muros que resultan con ella, ásperos y rugosos, con anfractuosidades y abultamientos, ofrecen, paradójicamente, unas texturas altamente expresivas que dan singularidad y plasticidad a las paredes. Podríamos decir, a partir de aquí, que la piedra en nuestra arquitectura, apenas violentada, conserva su capacidad configuradora, virtualidades que el payés utiliza.
Insolación
Demos por buena la idea de que, pasado el peligro del turco, las necesidades se invierten y viene bien que el aislamiento de la casa quede minimizado con el uso de la cal en los exteriores que, además de ubicarla y darle un acabado menos tosco, tiene una función reflectante frente a la fuerte insolación y, por supuesto, también higiénica. Nos situamos ya en tiempos en los que la cal lo cubre todo. Una cal, sin embargo, que lejos de ocultar y ahogar con su uniformidad los efectos texturiales y táctiles de la piedra, los acentúa al aplicarse sobre ella directamente, sin enyesado previo que la iguale. La cal subraya sombras y contrastes, mejorando –aunque no sea lo que se busca- su plasticidad. A favor de la cal juega su porosidad y la vibración que en los relieves irregulares de los paramentos tiene la luz. La cal deja percibir la piedra que cubre en lo que parece ser la musculatura de los muros que así adquieren un carácter orgánico, una naturalidad constructiva que, por cierto, no la tenemos sólo en las paredes, basta fijarse en los increíbles troncos de sabina del porxo que uno diría brazos de un cíclope por su grosor y sus nervaturas.
El caso es que si nos acercamos a un muro, vemos que adquiere por la cal y la luz, en sus irregularidades, un punto de movilidad y dramatismo, dándonos una impresión de energía, tensión y fuerza. Y más cerca aún, en un plano corto, la percepción táctil se acentúa y puede ser incluso olfativa. Los muros desprenden el olor astringente y seco de la cal y el esparto.
Cuando la cal se agrieta
Hay todavía otro efecto singular de la cal. Con el tiempo, la cal omnímoda se agrieta, se cuartea, se ahueca, se abomba y se desprende, dejado trechos de pared desnudos, la piedra vista. Es cuando la brocha, ahíta de cal, acude pronta a la reparación y repite el blanqueo. Sucede entonces que la cal se superpone a la cal, y las lechadas crecidas, aunque cubren las desportilladuras, las grietas y las cicatrices de los muros, subrayan más aún los relieves y, -volvemos a lo orgánico-, pueden recordarnos la piel llena de arrugas, curtida y vigorosa de los viejos. La temporalidad apunta entonces en los muros de la vieja casa.
Suscríbete para seguir leyendo
- La fascinante historia de Franco Monti, el marchante de arte africano que se convirtió en artista en Ibiza y creó un bosque de esculturas
- Memoria de la isla: Ibiza, de los mitos fundacionales al nuevo mito
- Memoria de la isla: Las Pitiusas, narrativa visual
- Història: Aquilí Tur Oliver, un eivissenc dissortat
- Juliol 1930. Inundacions a Ibiza
- Imaginario de Ibiza: Cuando no se le ponían tabiques al campo
- Imaginario de Ibiza: Una frontera junto a los varaderos de Port des Torrent
- Un endemismo tan extraordinario como desconocido
