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Echando la vista atrás

Per Lund: el pintor y la isla

El refectorio del Ayuntamiento de Ibiza acoge la exposición ‘Per Lund, l’Eivissa de mitjan segle XX’

Per Lund, en el bar Estrella de Vila en 1959. / Per Lund. Arxiu d’Imatge i So Municipal d’Eivissa

Per Lund, en el bar Estrella de Vila en 1959. / Per Lund. Arxiu d’Imatge i So Municipal d’Eivissa

Anja Lund

Mi padre, Per Lund, nació en 1902 en Oslo. Fue pintor retratista, inventor y fotógrafo, hijo del pintor Henrik Lund, que retrató a personalidades tanto nacionales como internacionales (Albert Eistein y los 5 estadistas «vencedores» de la Primera Guerra Mundial). Según el ‘Diccionario de Pintores Noruegos’ (Norsk Kunstnerleksikon), Per Lund debutó en 1922 en Oslo. En opinión de los críticos en esta su primera exposición, Lund demostró una sorprendente madurez y una gran habilidad técnica. Sin embargo, su lenguaje impresionista de trazos barridos y fuertes colores muestran una importante influencia de su padre y de Karsten. Hasta la Exposición de Otoño de 1932 Per Lund siguió exponiendo paisajes, retratos, interiores y bodegones, pero a partir de entonces ya no tomó parte en exposiciones públicas, aunque continuó pintando y dibujando, sobre todo retratos, hasta finales de los sesenta. Residió en España a partir de los años cincuenta hasta su fallecimiento, en Barcelona, el 14 de noviembre de 1972. Per Lund está representado en la Galería Nacional de Oslo, en el Museo de la Ciudad de Oslo y en el Museo Histórico de Bergen.

Retrato al óleo de la bailarina Lillebil Ibsen, por Per Lund, 1924. / Per Lund

Retrato al óleo de la bailarina Lillebil Ibsen, por Per Lund, 1924. / Per Lund

Pola Gauguin escribe la siguiente recensión en el periódico noruego Tidens Tegn (30/11/1923): «Per Lund tiene talento y trata su talento con audacia, a veces incluso demasiado. Encaja el cuadro con fuerza y consigue muchas veces efectos sorprendentes y valores cromáticos que llaman la atención. Pero tiene una debilidad y es abusar de los tonos y los trazos fuertes, de tal manera que la impresión del conjunto de vez en cuando se hace monótona. Per Lund es ante todo pintor, lo lleva en la sangre, por lo que hay una frescura en la ejecución que es de gran efecto. Además, tiene un don especial para caracterizar a sus modelos. Lo que más echo en falta en Per Lund son los matices y una mayor investigación de las posibilidades de su gran talento». Pola Gauguin, pintor y crítico establecido en Oslo, fue hijo de Paul Gauguin y padre del también pintor Paul René Gauguin, que pasó dos años en Sant Vicent (Ibiza) entre 1932 y 1934 y fue el responsable de que viniéramos a la isla.

Postal de Ibiza Ciudad, principios años 50. / ALXXXXXX

Postal de Ibiza Ciudad, principios años 50. / ALXXXXXX

Tengo un vago recuerdo de que la razón por la que no siguió exponiendo su obra públicamente fue que no quiso formar parte del circo del mundo del arte de la capital noruega. En el fondo, intuyo, él hubiera querido estudiar Ingeniería. Cuando no tenía un encargo de un retrato, se pasaba horas —cigarrillo en boquilla en una mano y su pluma estilográfica de trazo grueso en la otra— haciendo esbozos de inventos, mejorando cosas ya existentes o ideando nuevas.

Anja y su madre, Lili, paseando por la ciudad de Eivissa. / Per Lund. Arxiu d’Imatge i So Municipal d’Eivissa

Anja y su madre, Lili, paseando por la ciudad de Eivissa. / Per Lund. Arxiu d’Imatge i So Municipal d’Eivissa

Ejerció de extra de cine en Estados Unidos. Se alistó como marinero en un yate con rumbo a Bali en 1927. Un año de estudios de arte en París. En 1931 llega a Barcelona, retrata al Obispo Irurita, y quizás al alcalde Jaume Aiguadé (fundador de Esquerra Republicana de Catalunya) y al presidente de la Generalitat en ese momento, Francesc Macià. Digo quizá porque menciona en una carta que tenía recomendaciones para retratar a estos dos políticos. Estuve investigando en el Ayuntamiento de Barcelona y en el Museo de la Historia de Barcelona, pero no encontré nada. En 1932 decide viajar a Mallorca para reunirse con la colonia de pintores y escritores escandinavos que residen en Alcúdia y Gènova (Palma). Comparte casa con el poeta noruego Gunnar Reiss-Andersen en Gènova. Y un día que se acerca al Hotel Alfonso en Cala Major para ver si había carta de su padre, se topa con mi madre.

Mi madre, Lili Lund —de soltera Lilly Söderström— en 1932 estaba viajando sola por el sur de Europa. Tenía 18 años. A principios de 1932 le habían diagnosticado tuberculosis pulmonar y estuvo ingresada durante tres meses en un sanatorio cerca de Estocolmo. El médico recomendó un lugar más cálido. Pasa unos meses de verano en los Alpes Marítimos, cerca de Niza, y cuando empieza a notar el frío de las montañas le hablan de Mallorca. Viaja en tren a Barcelona y en noviembre del 32 se instala en el Hotel Alfonso en Cala Major.

Hubo algo gracioso en el encuentro de mis padres, sobre nacionalidades, entre una sueca y un noruego, pero me es imposible recordar la frase. Una ocurrencia típica de mi padre. Sé que a mi madre no le gustó, de entrada, ni el chiste ni él, que le parecía un hombre arrogante y pretencioso, algo mayor. Él tenía 30, ella tan solo 18. Fue en el hall del hotel.

Un comercio de la Marina. /  Per Lund. Arxiu d’Imatge i So Municipal d’Eivissa

Un comercio de la Marina. / Per Lund. Arxiu d’Imatge i So Municipal d’Eivissa

Mis padres estuvieron viviendo en Gènova durante dos años. A finales de 1933, aburridos de la falta de ambiente artístico en Mallorca, visitan Madrid y el Museo del Prado. En palabras de mi padre: «He estado viviendo en El Prado tres días, y me ha devuelto la ilusión. Hoy me cansé y quería irme, pero mi amiga [mi madre] quería quedarse y ver más, y entonces le dije ‘no, yo también pinto’. Y ese es el efecto que debe tener».

Un momento de la inauguración de la exposición. / T. Escobar

Un momento de la inauguración de la exposición. / T. Escobar

En Toledo encontraron vivienda en la buhardilla de uno de los caserones más antiguos de la ciudad: La Casa de las Cadenas. «En toda la casa no hay ni un solo ángulo recto», escribe a su padre. Se quedaron hasta el verano de 1934, en que regresaron a Oslo —el ambiente se estaba enrareciendo en España—. Se casaron a finales de ese año en Estocolmo y en el 35 nació mi hermano. Por influencia de su suegro, el tenista Jon Söderström, consigue el encargo de hacer el retrato del rey de Suecia, Gustavo V. También retrató a Thor Heyerdahl, el artífice de la expedición Kon Tiki, al médico suizo Albert Schweitzer…

Carmen Domínguez, con Anja Lund. / Toni Escobar

Carmen Domínguez, con Anja Lund. / Toni Escobar

Volviendo atrás, entre los artistas de la colonia escandinava en Mallorca se encontraba el nieto de Paul Gauguin, Paul René Gauguin, pintor, como su padre y su abuelo. Cansado de las «francachelas alcohólicas» (ver ‘Camino a San Vicente’ de Leif Borthen, publicado por Barbary Press en 2007) decide escapar a otra isla de las Baleares, a Ibiza. Y fue a parar al sitio más recóndito, a Sant Vicent, adonde se llegaba por un sendero que atravesaba las montañas que aislaban al pueblo y a la cala del resto del mundo. Mi padre y él se conocían de Oslo. Paul René Gauguin estuvo viviendo dos años en Sant Vicent. En 1934 regresa a Noruega. En Oslo se vuelven a ver mi padre y él. Gauguin le habla de la experiencia extraordinaria que fue vivir en sa Cala y en Ibiza.

La dependienta de un ultramarinos. / Per Lund. Arxiu d’Imatge i So Municipal d’Eivissa

La dependienta de un ultramarinos. / Per Lund. Arxiu d’Imatge i So Municipal d’Eivissa

Invasión nazi de Noruega

En 1940, los nazis invaden Noruega y Dinamarca. Mis padres aguantan precariamente los años de guerra y posguerra. En 1945 nazco yo. Oslo era una ciudad provinciana gris y triste, que vivía de espaldas al mar. Mi padre seguía haciendo retratos, muchas veces no cobraba en efectivo sino por trueque. En el armario de mi madre colgaban vestidos fantásticos de Dior y de Schiaparelli, trueque de retratos por modelos de la Casa de la Seda de Oslo. En cuanto a mi madre, que había empezado a pintar en Mallorca, ahora se dedicaba al marido y a los dos hijos, al hogar. De vez en cuando cogía los óleos de mi padre y pintaba un bodegón, una maceta, con la intención de pedir al hotel en la planta baja del edificio donde vivíamos que expusiera las obras en su vitrina y venderlas a 10 coronas la unidad, para no tener que pedir las 10 coronas a mi padre. Mi padre le reprochaba que usara sus óleos, decía que lo hacía para irritarle. En 1952, la frustración por ambas partes llegó a su punto álgido y decidieron separarse un tiempo. Mi padre consiguió dos pasajes para mí y mi madre en un barco carguero que hacía la ruta Gotemburgo–Barcelona a cambio del retrato del armador. El barco se llamaba ‘Anglia’.

Gente frente a la plaza de toros. / Per Lund. Arxiu d’Imatge i So Municipal d’Eivissa

Gente frente a la plaza de toros. / Per Lund. Arxiu d’Imatge i So Municipal d’Eivissa

El 27 de enero de 1953 llegamos mi madre y yo a Barcelona. Y a principios de febrero nos habíamos instalado en la Fonda Comercio en el puerto de Ibiza. En las dos primeras postales que envía a mi padre, fechadas el 5 de febrero de 1953, mi madre escribe: «Cariño. Ya estamos en Ibiza. Fonda Comercio. Barato, muy sencillo y buena comida. Esta noche pasada tuvimos una serenata de gatos. Los polluelos y las gallinas corren por las calles. Los vendedores ambulantes pregonan su mercancía con un cuerno. Carne todo a 6 pesetas. Hace frío y hoy llueve. De todas formas, entiendo que cuando salga el sol estaremos a gusto. Nos cuesta 70 pesetas al día para las dos. Cariño, ven pronto. Continúo en otra postal para que tengas una idea de cómo es esta pequeña ciudad sin tranvías y sin coches, aunque con muchos otros ruidos. Quizá podamos conseguir una casita para nosotras. Será mejor, aunque no mucho más barato. Estuve donde el zapatero para que me remendara los zapatos y se acercó un montón de gente curiosa. Al marcharme me prometieron ayudarme a encontrar una casa pequeña y barata. Vamos a ver. Todo aquí es muy espartano».

Un marinero trabajando. / Per Lund. Arxiu d’Imatge i So Municipal d’Eivissa

Un marinero trabajando. / Per Lund. Arxiu d’Imatge i So Municipal d’Eivissa

En el aerograma del 10 de febrero mi padre nos escribe: «Sólo tengo una cosa en la cabeza: irme tan pronto como esté listo. Os echo de menos enormemente. Per».

Una mujer lava la ropa. / Per Lund. Arxiu d’Imatge i So Municipal d’Eivissa

Una mujer lava la ropa. / Per Lund. Arxiu d’Imatge i So Municipal d’Eivissa

La primera casa que encontramos fue un piso en el callejón Miranda (número 12 ó 14). En 1970, en un intento de recordar, escribo: «Lo único que recuerdo con claridad de calle Miranda es el frío y la humedad y el olor del mar. Que los primeros días nos metíamos en la cama con la ropa puesta y, a pesar de ello, yo sentía el frío que me subía por las piernas. Tengo una visión de la humedad corriendo en regueros verdes por la pared, pero debe ser una exageración. Recuerdo sobre todo el frío, pero también mañanas de sol radiante que entraba a raudales por el balcón, el camino del reflejo del sol en el mar cegándonos, el sonido de los guijarros al retirarse el mar. Desde arriba veíamos los ‘culos’ de ánfora de color ladrillo que el continuo frotar había convertido en grandes cantos rodados, algunos con restos solidificados en el fondo, como un ojo negro, en los que aún conservaban la forma», escribo en 1970.

«No recuerdo gran cosa de los primeros tiempos en Ibiza, tan solo se me ha quedado claro una sensación de impotencia ante el viento, la lluvia, el frío, la humedad y el mar. La gente se mueve en una luz gris que se filtra a través de un cielo plomizo. Nuestra ropa y el pelo se agitan al viento. En un mar aún más oscuro que el cielo se levantan olas que arremeten contra las rocas y amenazan paredes y muros. Violentos aguaceros transforman las calles y los caminos en lagos y ríos. Y la humedad que corre por las paredes en regueros verdes invade la cama y nos espera entre las sábanas».

La dureza de la calle Miranda

«Contra todos estos elementos encontramos refugio en los bares donde el calor emana del humo del tabaco y de grupos de hombres que juegan a las cartas, donde se ha echado aserrín delante de la puerta para absorber la humedad. En la fonda donde el calor proviene de la cocina y los guisos que se preparan ahí. En los hogares donde el brasero bajo la mesa camilla calienta los pies, mientras las mujeres remiendan y cuentan chismes. Todo a la luz vaga y temblorosa de una bombilla desnuda. Cuando nos disponemos a salir a la calle nos quedamos un momento en la puerta para darnos ánimo ante la lluvia, el frío y el barro».

El 23 de marzo mi madre escribe: «Sabes, hemos tenido lluvia y tempestad durante 14 días. Nadie ha visto algo parecido en 60 años. ¡Qué mala suerte la nuestra! Y los rompientes golpean el acantilado de tal manera que no puedo dormir. Cariño, todo irá mejor cuando estés aquí». A partir del 13 de abril mejoró el tiempo: «Ahora tenemos sol, nada más que sol. ¡Tengo muchas ganas de verte! Tu Greta».

Mi padre finalmente pudo acabar sus encargos en Oslo y vino a finales de abril. Y enseguida nos mudamos a un chalet de los Molinos. Can Bonet. No recuerdo a mi padre en la calle Miranda, las condiciones del piso le parecerían demasiado duras. Apenas estuvimos dos meses en sa Penya.

A los tres meses mi padre volvió a marcharse. Y así fue durante veinte años hasta su fallecimiento en 1972: iba y venía entre Ibiza y Oslo, se quedaba tres meses en la isla —el tiempo de estancia que las autoridades españolas permitían a los extranjeros— y se iba a Oslo el tiempo necesario para cumplimentar los encargos y reunir el suficiente dinero para los tres.

Aparte del piso del callejón Miranda y del chalet en los Molinos, estuvimos viviendo en diez casas diferentes entre 1953 y 1972, el año del fallecimiento de mi padre. Mi madre y yo seguimos viviendo en Ibiza hasta 1992.

En 1959 mi padre adquirió una cámara Voigtländer, yo creo principalmente para preservar en la memoria la insólita y extraordinaria isla de esos años, intuyendo que aquello no podía durar. Y fotografiar era su otra manera de hacer arte, pero sin obligaciones, sin tener que cumplir con el deber de realizar encargos, de mantener a mujer e hijos. No hubo ningún afán de protagonismo. En vida de mi padre no se expusieron. Poco me habló mi padre de su afición, de las fotos, aunque fui objeto de muchas de ellas. Alguna vez mi madre me enseñaba las recién reveladas: «¿No te parecen fantásticas?». Ver con su mirada de pintor fue lo que les dio a las fotografías ese equilibrio de luces, la buena composición… Y sobre todo los temas. Encuadraban bien con su espíritu indagador, de inventor y de bohemio. Intuir, saber ver y captar lo extraordinario y lo sorprendente, lo intemporal y lo fugaz del instante. Y con sentido de humor.

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