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Imaginario de Ibiza

La colorida huella ibicenca de Jean Nouvel

El edificio que el arquitecto francés diseñó para una parcela del paseo marítimo de la ciudad, justo cuando recibió el premio Pritzker, es uno de los escasos ejemplos de arquitectura imaginaria e impactante que hay en su entorno.

Edificio de Nouvel en el paseo Joan Carles I.

Edificio de Nouvel en el paseo Joan Carles I. / Xescu Prats

Xescu Prats

Xescu Prats

Ibiza

El color es un medio para ejercer influencia directa sobre el alma: el color es la tela, el ojo el macillo, y el alma es el piano con sus cuerdas (Vasili Kandinski).

Hace ya demasiado tiempo, Ibiza era conocida como la isla blanca por las casas payesas que refulgían de cal entre el verdor de los montes y en contraste con el azul del cielo. Los medios con que contaba el ibicenco eran magros, pero parecía tener un buen gusto innato para las viviendas rurales y las iglesias, y una racionalidad exquisita, lo que atrajo a un buen número de arquitectos foráneos, cuando prácticamente nadie era capaz de situar la isla en un globo terráqueo.

A falta de una normativa urbanística que defendiera la preciosa estética de los campesinos y sus edificaciones rústicas, adaptándola a los tiempos y a los nuevos elementos constructivos, proliferó una suerte de anarquía que sumó al mal gusto la escasa calidad de los materiales, rompiendo drásticamente la armonía que había imperado durante siglos. Aquellos que aplicaron cierto aire local a los nuevos inmuebles, mediante el uso del blanco y la piedra en las fachadas, la madera para las cubiertas interiores y las diferentes alturas, al escalonar los niveles de las estancias para adaptarlos a la pendiente del terreno, lo hicieron por pura voluntariedad.

Hoy, el campo se halla repleto de casas de colores con todo tipo de géneros arquitectónicos y las ciudades, muy especialmente la capital, constituyen un catálogo de tonos Pantone, donde, lamentablemente, abundan los matices mortecinos.

Puestos a romper con las líneas tradicionales ibicencas, al menos cabe admirar a los pocos que lo hacen con buen gusto. En la denominada milla de oro capitalina, en la zona del paseo marítimo que mira de frente a las murallas renacentistas desde el otro lado de la bahía, se expanden los edificios anodinos que, por muy lujosos que sean los materiales que emplean, se repiten uno tras otro sin aportar la menor gracia a esta zona tan supuestamente lujosa.

El edificio Boas, la excepción

La excepción a la regla es el denominado edificio Boas, el único realmente concebido por un arquitecto de renombre mundial de todos los que se alinean tras las marinas deportivas. Comenzó a construirse hace ya más de quince años y hoy sigue siendo el más emblemático de toda la zona y probablemente el más atractivo de cuantos edificios de viviendas se han levantado a lo largo del siglo XXI en la isla. Lo creó el arquitecto Jean Nouvel, ganador del premio Pritzker en 2008 y autor de edificios tan reconocibles como la Torre Agbar de Barcelona o la ampliación del Museo Reina Sofía de Madrid, por citar sólo algunos ejemplos de nuestro país.

El edificio está situado frente a la entrada de Marina Ibiza y destaca por sus formas curvas, la asimetría entre las plantas y, sobre todo, el entramado de acero inoxidable coloreado que preside la fachada. Cada una de las terrazas de las ocho plantas del edificio, salvo la baja, presentan un color: rojo, violeta, naranja, verde, morado, amarillo y azul. Todos intensos y vivos, rompiendo con el blanco de los muros y con elementos vegetales, que ciertamente deberían de ser más abundantes y estar mejor mantenidos, como relleno de dicha estructura metálica.

Sin embargo, la característica más insólita aguarda tras la valla y sólo quienes residen allí o los que se detienen a asomarse por encima de ella, la descubren. Prácticamente la totalidad de la finca que alberga el edificio se halla convertida en una enorme piscina que rodea la parte interna de la estructura, conformando una lámina de agua de cerca de 3.000 metros cuadrados, que, según se dijo en su día, es la piscina más grande de nuestro país en un complejo residencial. Parece una playa de arena blanca, con manchas atigradas aquí y halla, que recuerda el efecto de las praderas de posidonia en las calas ibicencas, al contrastar su oscuridad con la claridad de los fondos arenosos. Es un edificio soberbio y elegante, y un alarde de creatividad del que, lamentablemente, nadie parece haber tomado ejemplo.

Herradura con vistas al mar

La planta del edificio Boas posee una irregular forma de herradura, que se adapta a la caprichosa parcela donde se sitúa, permitiendo que, a pesar de ser estrecha y doblarse, todas las viviendas tengan vistas a la bahía de Ibiza.

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