Memoria de la isla: Sin relojes ni calendarios

En la Ibiza de mis primeros años, a los niños no nos pesaba la insularidad. La palabra isla sólo era un concepto geográfico y escolar. Para nosotros, Ibiza era entonces un mundo inabarcable por descubrir y el mar un paisaje azul y familiar como el cielo que tardamos años en ver como límite y después como camino.

El hombre del tiempo, en los años 50. Memoria de la isla.

El hombre del tiempo, en los años 50. Memoria de la isla. / Archivo Magón

Miguel Ángel González

Miguel Ángel González

Nuestra primera percepción de la isla fue literaria, veíamos Ibiza en las islas de Conrad, Verne y Melville. Y la vida era lenta. Cuando ahora leo en Qohèlet que “todo tiene su momento y cada cosa su tiempo bajo el sol”, pienso que aquel moroso pasar era el que entonces se vivía en Ibiza.

Al calendario –voz que nos viene de las romanas calendas, primer día del mes, lo llamábamos también almanaque, del al-manakh árabe que significaba ciclo anual y registraba del tiempo que hace, la climatología, y el tiempo que pasa, los días, los meses y las estaciones. Nuestro Pitiús, sin ir más lejos, ha sido y es un perfecto almanaque-anuario que recoge los momentos y las tareas del campo, añadiendo muchísima instrucción y curiosidades, datos astronómicos y meteorológicos, lunarios, santorales, oraciones, poemas, efemérides, consejos para los cultivos y para las gentes de la mar, nociones de botánica y medicina casera, horóscopos, recetas de cocina, frases célebres, retazos biográficos de personases ilustres, noticias de artesanías y antiguos oficios y, en fin, rondalles, acudits, endevinetes, jocs, gloses i estribots. Cabe decir, sin embargo, que el payés no necesitaba leer en tan entrañable cuadernillo lo que tenía que hacer en sus tierras. Lo sabía por experiencia. Leía, eso sí, los cielos, las nubes y los vientos. El Pitiús, más que en el campo, se leía en la ciudad. Cumplía la oportuna misión de acercar el campo al urbanita. Lo que sí vi en alguna casa payesa fue el ‘Fraile del Tiempo’, aquel simpático cartoncillo en el que un monje señalaba con su mano derecha, en una columna, -si l’encertes, l’endevines-, el tiempo que hacía y el que podía venir, bonancible, seco, húmedo, lluvioso, ventoso, nublado, revuelto, etc. Era una guisa de higrómetro casero en el que, por detrás del cartón, unos pelillos sensibles a las variaciones térmicas y de humedad movían el brazo del fraile. En las casas payesas no pasaba de ser un adorno en la pared. Como eran también adornos los calendarios publicitarios que al iniciarse el año regalaban a los vecinos de Vila, pongo por caso, Bodegas del Puerto, la Fábrica de Licores Marí Mayans, Almacenes Burgos o Gaseosas La Ibicenca. Los colgábamos en el comedor como si fueran cuadros por sus hermosas láminas de motivos florales, marinas, paisajes rurales, pantagruélicos bodegones, escenas de caza -casi siempre unos canes que perseguían a un espantado conejo- y que también venían con aquellas imágenes de lozanas mozas y encendido rostro, carnes prietas y negrísimo pelo, con una cántara apoyada en sus poderosas caderas; creo reproducían pinturas de Julio Romero de Torres y me consta que alegraban a la parroquia de El Dorado, el Pereira y, por supuesto, a los clientes de las barberías. Lo de menos era que dieran días y meses, importaban más sus estampas y prueba de ello es que el calendario solía quedar varado en los eneros, como si el tiempo no contara para nada.

Y si no hacíamos caso del almanaque, menos nos importaba el reloj. Ya no se veía el reloj de bolsillo con tapadera de plata que señoritos y señorones sujetaban con una vistosa cadenilla y el proletario reloj de muñeca todavía no se había generalizado. Era caro y no hacía puñetera falta. La irrelevancia que tenía medir el tiempo explica que las iglesias no tuvieran reloj en su campanario. Sólo lo tenía la torre de la catedral y servía de poco, porque cada dos por tres estaba parado. Había, eso sí, infinidad de avisos sonoros que servían para marcar los tiempos con sobrada precisión: las persianas de los establecimientos que subían y bajaban según fuera la hora de abrir o de cerrar, la voz del pregonero en las esquinas todas las mañanas y las campanas que llamaban a misa por las mañanas, al rezo del Angelus en el mediodía y al rosario en las atardecidas. También orientaban los bocinazos del barco-correo. Y aunque estos avisos no tenían la precisión de la minutera, tampoco la necesitábamos. Por el contrario, sucedía que pasaba por impertinente quien se impacientaba. En Ibiza, difícilmente se nos escapaba el barco. Alguna vez he comentado –lo vi más en repetidas ocasiones- que habiendo retirado en el muelle la pasarela del pasaje, si llegaba algún rezagado, no era en absoluto raro que el barco se arrimara y volvieran a colocarla para que el atolondrado viajero pudiera embarcar. ¡Faltaría más! El tiempo contaba poco y la palabra ‘prisa’ no estaba en nuestro diccionario. Viene a cuento un hecho que me divertía. Cuando venía desde Madrid a pasar el verano en la isla el hermano de mi madre, el tío Antonio, se desesperaba si al entrar en una tienda el dueño o el dependiente intercambiaba con la clientela sucedidos y opiniones. La compra se demoraba lo que hiciese falta y lo mejor era pegar el oído para estar al día y meter baza si se daba la oportunidad. No era raro que algunos establecimientos tuvieran una silla para hacer llevadera la cháchara y el receso. En esto del parloteo, ningún lugar superaba a las barberías, verdadero foro vecinal en el que uno podía pasar buena parte de la mañana o de la tarde.

El reloj interior del campo

Y si en la ciudad los relojes no hacían ninguna falta, en el campo no llegué a verlos. Sobraba tiempo y, en todo caso, mandaba la luz. Un detalle sintomático es que las casas payesas no han tenido el reloj de sol que vemos, por ejemplo, en el frontis de la masía catalana. ¿Para qué? El payés no necesitaba despertador. Un reloj interior, el de la costumbre, le abría los ojos cada mañana si no le espabilaba antes el clarinetazo del gallo o el rebuzno del asno. Y cuando estaba en el tajo, el estómago le decía cuándo podía dejar los aperos y volver a casa. En la vida regía un más o menos que bastaba. Se daba, por ejemplo, en las distancias. Si un foráneo preguntaba por determinado lugar, convenía traducir la orientación que recibía porque la ‘mitja hora’ del payés no tenía nada que ver con los 30 minutos. Y si le decían a uno ‘el lloc que diu és rera d’aquell puig’, la cosa se complicaba porque, lo más probable, es que detrás de la colina de marras hubiera otra colina, un bosquecillo, unos sembrados y un buen trecho aún por caminar.

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