Imaginario de Ibiza

Imaginario de Ibiza | El impulso de desembarcar en na Salvadora

El recodo del que parte el camino que asciende desde la orilla rocosa hasta el faro constituye uno de los lugares más atractivos de sa Conillera. Todo aquel que navega hasta allí en un día de calma, tiene que reprimir el deseo de saltar a tierra.

Vista de na Salvadora, en la costa de sa Conillera. / X.P.

Vista de na Salvadora, en la costa de sa Conillera. / X.P.

Xescu Prats

Xescu Prats

Sin prohibiciones no hay erotismo (George Bataille).

Todo aquel que haya circunnavegado sa Conillera junto a un patrón paciente y habilidoso, capaz de asomar la proa a sus más insólitos recovecos, habrá podido admirar los acantilados verticales del lado de poniente, tan horadados como un queso gruyere, la media luna pétrea de s’Estància de Fora y la tonalidad nívea que adquieren los precipicios des Cap des Blancar, en el extremo sur del islote, cuando les pega el sol de cara y el agua transparente refleja su blancura. Y en el lado de poniente, frente a la costa de ses Roques Males y Comte, la orilla pétrea de s’Estància de Dins, donde antaño amarraban los pescadores cualquier domingo de invierno y cocinaban arroces y bullits con las capturas del día, y por fin es Racó de na Salvadora, donde siguen atracando los mantenedores del faro para ponerlo a punto con regularidad, así como los pocos biólogos y científicos que reciben el privilegio de explorar el islote, junto con algunos escolares inconscientes de la suerte que tienen.

Sobre s’Escull de sa Conillera, que proporciona abrigo al modesto embarcadero, hay un cartel que informa de las distintas prohibiciones que afectan al islote. La más evidente es el desembarco, condición imprescindible para protegerlo y evitar, por ejemplo, que se organicen fiestas en su territorio, como ya ha ocurrido en el pasado y no pocas veces. Pero tampoco se puede pescar en su entorno con distintas artes, como el arrastre, el rodeo o el palangre de superficie, ni albergar concursos o ejecutar cualquier tipo de actividad cinegética o ganadera, algo que ya está implícito en la imposibilidad de pisar su superficie.

El rótulo, sin embargo, no evita que al navegante sienta la tentación, aunque sea por un instante, de saltar a tierra y recorrer el camino que arranca junto a la orilla y serpentea por la ladera hasta el faro, desapareciendo entre matas, sabinas ensortijadas y pinos anémicos. Desde esta posición, la luminaria se vislumbra minúscula, aunque corone es Pujol de na Collet.

Las Reservas Naturales des Vedrà, es Vedranell i els Illots de Ponent se aprobaron hace ya más de veinte años, en 2002, y conforman dos conjuntos de islotes: es Vedrà y es Vedranell, frente a la costa de Cala d’Hort, y los islotes de Poniente: sa Conillera, s’Illa des Bosc, s’Espartar y ses Bledes (na Gorra, es Vaixell, na Bosc y na Plana, y los escollos d’en Ramon, Tramuntana y es Cap Vermell). La razón de su elevado grado de protección obedece a la presencia de importantes endemismos, desde aves marinas a singulares lagartijas, pasando por una flora de gran riqueza. Su superficie abarca casi 80 hectáreas en la parte de es Vedrà y es Vedranell y otras 153 en el triple conjunto que forman los islotes de Poniente. Además de las citadas prohibiciones, se requieren autorizaciones por escrito tanto para la pesca submarina como para la recolección de hojas de esparto en s’Espartar, costumbre antigua que aún mantienen algunos artesanos locales.

Sa Conillera, tras s’Espalmador, es el segundo islote en tamaño de cuantos se encuentran deshabitados en las Pitiusas, con una superficie aproximada de 100 hectáreas y una longitud de dos kilómetros de norte a sur. Una isla grande y virgen, por tanto, que ya no podemos disfrutar por nuestra reiterada incapacidad para convivir con la naturaleza y mantener su estado original. Es el precio a pagar por su conservación y probablemente habría que extenderlo a otros enclaves.

El faro de sa Conillera, al final del camino que arranca en el recodo costero de na Salvadora, está situado en la denominada Punta des Cavall, a 69 metros sobre el nivel del mar. Su torre circular tiene 16 metros de altura y comenzó a funcionar en 1857, aunque sus instalaciones se ampliaron medio siglo más tarde, en 1908, con dos edificios anexos, que mejoraron las duras condiciones que padecían los fareros y sus familias. Tras la automatización, en 1971, la isla volvió a sumirse en la misma soledad que hoy la caracteriza.

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