Reportaje
De la España rural a la Ibiza ‘hippie’
Cuatro mujeres de Andalucía y Castilla-La Mancha cuentan la experiencia de migrar a Ibiza en los 70

Chari Lorenzo, Antonia González, Remedios Tomillero y María Victoria Díaz, el 27 de mayo en Cala de Bou. / VICENT MARÍ

En los tiempos en los que Antonia González González (La Puebla de Cazalla, 1954) era una niña, los empresarios de la hostelería de Ibiza viajaban a su pueblo en busca de trabajadores para sus negocios y «se llevaban a la isla a familias enteras». La suya no fue una excepción. Catalina, su madre, tenía claro que no quería que sus hijos trabajasen en el campo, una de las pocas salidas laborales que ofrecía por entonces La Puebla de Cazalla, y empezó a darle vueltas a la idea de migrar a Ibiza, que aparecía antes sus ojos como una tierra prometida en la que «había mucha libertad y se ganaba mucho dinero». Así por los menos era como habían descrito la isla unos antiguos vecinos que se habían instalado allí. Con esa imagen en la cabeza, Catalina decidió ponerse el mundo por montera e irse a vivir con sus tres hijos a las Pitiusas, a pesar de la oposición de su marido, que se había ido al extranjero, a Francia. Se subieron a un autobús repleto portando la mayoría de sus pertinencias, «incluida la lavadora y la televisión», y se bajaron en Valencia, donde cogieron el barco.

Antonia González. / VICENT MARÍ
Antonia recuerda perfectamente la fecha en la que pisó por primera vez Ibiza, el día de su cumpleaños, el 18 de marzo de 1969, con 15 años recién estrenados. También tiene grabada en la retina la llegada a Sant Antoni, «con la carretera flanqueada de árboles y el mar al fondo».
En busca de «libertad e independencia»
Tanto su madre como su hermano mayor, Francisco, se fueron del pueblo ya con trabajo asegurado «en el hotel Marco Polo», donde les dieron también alojamiento, y a ella le encontraron colocación enseguida cuidando al hijo pequeño de la familia que regenteaba el supermercado Casa Alfonso, donde tenía «comida, cama y un buen sueldo». Cuando su padre decidió dejar Francia e instalarse en Ibiza también, se fue toda la familia a un piso y Antonia empezó a trabajar en la perfumería Dux.
En el año en el que la familia González desembarcó en Ibiza ya habían llegado los primeros hippies, que fascinaban a la andaluza sobre todo con su forma de vestir. «Yo he sido toda la vida muy liberal e independiente, como mi madre, y siempre me ha gustado el ambiente hippie que había en la isla», reconoce Antonia, que por aquel entonces se juntaba mucho más con peninsulares y extranjeros que con isleños, que «no eran muy abiertos», dice, a pesar de que ella se casó con uno de ellos.

Antonio González, junto a unos amigos en Caló des Moro. / Archivo personal
Los ibicencos, cuenta, llamaban a todos los que habían migrado a las Pitiusas desde la Península ‘pijos’, expresión típica de Murcia, una de las comunidades de las que procedía toda aquella población nacional que se había desplazado a Ibiza atraída por las posibilidades laborales que ofrecía una isla en pleno boom turístico.
Emprendedora y muy trabajadora, Antonia, durante más de una década, simultaneó dos empleos en negocios de la familia, el bar Can Germà y la guardería Dafi, mientras criaba a sus dos hijos. Antes de jubilarse, estuvo sus cinco últimas temporadas de cocinera en un conocido restaurante de Platges de Comte.
Aunque ahora reside en Cala de Bou, ha pasado casi toda su vida en Sant Antoni, localidad que, considera, «ha perdido mucho en los últimos 20 años». «Faltan comercios y sobran bares para guiris», afirma antes de reconocer que hay cosas que han mejorado, como la zona del paseo de s’Arenal o el puerto. También es de la opinión de que la isla en general, «a pesar del bullicio de la temporada alta», ha ido a mejor y que fue todo un acierto irse a vivir a Ibiza, que le ha dado «la libertad e independencia» que no hubiera tenido en su tierra natal.
Testimonios muy similares ofrecen también Remedios Tomillero García (La Línea de la Concepción, 1956), María Victoria Díaz González (Alcadozo, 1957) y Chari Lorenzo Blanco (Alcalá de Guadaíra, 1961). Todas ellas tienen en común con Antonia, entre otras cosas, formar parte de la Asociación de mujeres de Cala de Bou, que acaba de cumplir dos décadas. Es en su sede donde explican sus experiencias como mujeres migrantes.

Remedios Tomillero García. / Vicent Marí
Vacaciones en «el paraíso»
Remedios, la presidenta de la entidad, llegó a Ibiza con 19 años, en 1975, en avión, para pasar un mes de vacaciones en el lugar donde residía su novio. Su padre la dejó viajar allí con la promesa de que se alojaría en casa de su cuñada, que ejerció durante todo el tiempo de carabina. Aprovechó al máximo aquellas semanas visitando «todas las discotecas y calas de la isla». «Yo, que tenía un padre muy severo y que era la única chica de cinco hermanos, cuando llegué a la isla me quedé impresionada de la libertad que se respiraba aquí». Regresó a La Línea de la Concepción diciéndole a todo el mundo que Ibiza era un paraíso y, después de casarse, regresó a las Pitiusas en 1976 para instalarse de forma definitiva.
Aquella segunda experiencia empezó peor de lo que hubiera imaginado. No era lo mismo estar de vacaciones que tener que trabajar duro de camarera de piso en el Hotel Bergantín, en la bahía de Sant Antoni, y a eso había que añadir el hecho de que en aquellos tiempos ella «no sabía ni limpiar ni planchar» porque su madre se lo había hecho todo hasta entonces. «Me costó mucho adaptarme, lloraba de día y de noche, y me sentía sola porque mi marido trabajaba todo el día», asegura.
Lo pasó muy mal la primera temporada, luego ya no le quedó más remedio que hacerse a la idea. «Mi vida al principio fue dura en Ibiza. Cuando tuve a mi tercer hijo me pasé seis años sin trabajar fuera de casa, pero, después, la vida me cambió cuando me ofrecieron un puesto de gobernanta en otro hotel de la bahía de Sant Antoni, donde estuve 35 años, hasta jubilarme», relata la gaditana.

Remedios Tomilleros en Cala Bassa en los años 70. / Archivo personal
Fueron muchos años de «trabajar mucho y disfrutar poco» para conseguir, entre otras cosas, comprarse una vivienda, «un lujo», resalta, que hoy en día muchos no se pueden permitir.
De Ibiza, opina que «ha cambiado muchísimo, a peor», entre otras cosas porque «antes había mucho más campo y ahora está todo demasiado masificado». Sin embargo, no se arrepiente de haberse quedado en el que considera su «segundo hogar». Además, ahora que está jubilada, ya tiene, por fin, tiempo para disfrutar y darse caprichos como viajar.

María Victoria Díaz González. / Vicent Marí
La Ibiza de los 80
María Victoria es, de las cuatro, la única que no procede de Andalucía y la que estableció su residencia en Ibiza más tarde. La manchega, que con su familia ya había emigrado antes a Mallorca y luego a Gandía, aterrizó en la isla con 24 años, el 30 de mayo de 1981, en una época en la que había crisis y era difícil encontrar trabajo en la Península.
Llegó «de casualidad», después que su marido, de camino a Palma, decidiera hacer un alto en Ibiza, donde residían sus tíos, que le contaron que, si quería, podía tener al día siguiente trabajo en el Hotel Bergantín. Aceptó el empleo, se quedó allí y poco después se desplazó a la isla María Victoria para acompañarlo y hacer la temporada de verano en el mismo establecimiento hotelero como camarera de comedor.
Nada más salir del aeropuerto, donde su marido le había ido a recibir con un ramo de flores, rompió a llorar. «¿Pero cómo has tenido el valor de traerme aquí, si esto es un desierto?», le espetó la manchega, que «estaba hecha polvo» porque había tenido que dejar a su primer hijo en Alcadozo (Albacete) al cuidado de su madre.
Tras conseguir trabajo todo el año, la pareja se instaló definitivamente un par de temporadas después con su pequeño en la isla, donde ha criado a dos hijos más y donde ella ha estado trabajando hasta su jubilación como camarera de piso y luego como gobernanta.

Victoria en el puerto de Sant Antoni con su familia. / Archivo personal
Los primeros siete años de estancia en Ibiza se quería ir, luego no le quedó más remedio que adaptarse y ahora no se iría de la isla por nada del mundo, porque aquí tiene a sus hijos y sus amistades.
De la Ibiza que ella conoció por primera vez en los 80 a la actual, se queda con la segunda, a pesar de «la saturación de coches y turistas». Destaca también como positivo el hecho de que la mayoría de su generación consiguiera «algo dificilísimo como es comprar una casa o un piso». En su caso, después de muchos años de estar de alquiler y de mucho esfuerzo, pudo adquirir con su marido una vivienda en la zona de Cala de Bou.

María Victoria con su cuñada en el 81 en el aeropuerto de Ibiza. / Archivo personal
Con la casa a cuestas
Tres años antes de la llegada de María Victoria, en 1978, Chari Lorenzo se iba a Ibiza con tan solo 16 años. Aunque su pueblo, Alcalá de Guadaíra, era industrial y y la gente «no emigraba ni emigra», ella decidió hacerlo, «sola y a la aventura», siguiendo los pasos de unos tíos suyos de la Puebla de Cazalla que se habían marchado a Ibiza y a los que las cosas les iban bien. «Quería ser libre y dedicarme a lo que me diera la gana, y eso es lo que significaba para mí la isla, por eso me fui allí muy ilusionada».

Chari Lorenzo. / Vicent Marí
Su madre, viuda con cinco hijos, dejó irse a su única «niña» a regañadientes acompañándola a la Puebla de Cazalla, donde salía el autobús que la llevaría a Valencia para coger el barco a la isla. Chari todavía recuerda como si fuera ayer aquel viaje rodeada de «maletones y jaulas de perdigones y hasta gallos de pelea». «La gente se llevaba la casa a cuestas, no querían dejar en el pueblo nada a lo que tuvieran apego, incluidas motos y bicicletas», comenta. Aquel trayecto en autocar duró, «por lo menos, doce horas, ya que pasaba por todos los pueblos a recoger gente».
La ilusión y las ganas con las que viajaba a la isla se transformaron muy pronto en decepción. Llegó sin trabajo y se alojó en casa de sus tíos , en Sant Antoni. Ella, que «venía de un lugar precioso», la primera impresión que se llevó de su nuevo hogar al ver la calle Progrés fue la de «un pueblo cutre». Enseguida pensó que se había equivocado apostando por Ibiza. En su disgusto influía el hecho de que «no estaba acostumbrada a tener patriarca» porque su madre había enviudado con 35 años y en la isla donde buscaba la libertad se topó con la protección y el control de su tío. Eso, sumado a su impaciencia juvenil y el mes y medio que tardó en encontrar trabajo, la llevaron a deprimirse.
El agobio desapareció después de conseguir un empleo en el comedor del Bergantín y de irse a vivir con su prima a una habitación del hotel, ya casi al final de la primera temporada.
Chari recuerda con emoción muchas anécdotas que vivió con «la familia que se creó en el Bergantín», como los trayectos que hacían montados en un Seat 600 hasta diez compañeros para ir a ver películas al cine Torres o «los saraos» que organizaban en las habitaciones del hotel donde dormían a partir de las once de la noche.

Una fiesta en el hotel Bergantín después de trabajar. / Archivo personal
«De Ibiza, o te vas a los seis meses o no te vas nunca, porque su espíritu te atrapa», asegura esta alcalareña que ya en la segunda temporada consideraba la isla suya y que, poco a poco, consiguió que su madre y sus hermanos la siguieran en su aventura pitiusa. «Aquí había y hay más libertad que en mi pueblo para expresarse y para convivir y no tienes a la vieja del visillo para cotillear y criticarte», destaca entre los muchos puntos a favor de las Pitiusas.

CharI Lorenzo Blanco, en la playa con amigos. / Archivo personal
Sacrificios para comprar una vivienda
También habla, coincidiendo en ello con Antonia, Remedios y María Victoria, «de que Ibiza ha sido siempre cara» y que con un sueldo tampoco daba en sus tiempos para hacer frente al alquiler o a la compra de una vivienda, a pesar de trabajar los dos progenitores, echar muchas horas extras y renunciar a las vacaciones durante años, como es su caso. De hecho, su marido y Chari, que ha trabajado siempre en el sector de la restauración y la hostelería, estuvieron «por lo menos veinte años» compartiendo casa con primos, hermanos y cuñados, y cuando por fin pudieron adquirir una vivienda con la ayuda de su familia no la pudieron amueblar al completo hasta pasado mucho tiempo. «Cuando salíamos teníamos que elegir entre tomarnos un café nosotros o pagarle el helado a los niños, ahora, pasear, paseábamos mucho», comenta con humor Chari para ilustrar hasta qué punto en aquella época se tenían que apretar el cinturón para llegar a fin de mes.
Haciendo comparaciones con la década de los 70 del siglo XX y la actualidad, echa en falta «la tranquilidad y la belleza» del paisaje menos urbanizado que lucía Ibiza cuando ella la pisó por primera vez y considera que la isla «ha perdido su identidad». Critica, además, «los destrozos» que se están haciendo en ella en las últimas décadas. A pesar de ello, reconoce que las Pitiusas «se salvan» porque hay unos meses al año, los de temporada baja, en los que «se puede respirar» y opina que, aunque hay menos calidad de vida que antes, ésta todavía supera a la que tienen en muchos otros sitios de la Península. Por todo esto y mucho más, como el resto de las entrevistadas, no se plantea «ni en sueños» irse de Ibiza. «Mi alma está aquí, el corazón en mi pueblo, Alcalá de Guadaíra», afirma sin sombra de duda.
En marzo de 2018, Beatriz de Astorza estrenó en Can Jeroni, en Sant Josep, la obra de teatro documental ‘Mujeres del cambio’, protagonizada por actrices ‘amateurs’ nacidas en los años 50 en Andalucía y Castilla-La Mancha que migraron a Ibiza en los años 70. Precisamente, Antonia González y Remedios Tomillero, que dan su testimonio en este reportaje, formaron parte del elenco, en el que también participaron Remedios Cárdenas, Amparo Galindo, Carmen Rangel y Ana Mª Vergara.
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