Memoria de la isla

Memoria de la isla: El Mirador de la Marina

Enric Ribes i Marí, que en ‘La toponímia costanera del municipi d’Ibiza’ tuvo el acierto de incluir un plano de la bahía de Vila, tal como era al iniciarse los 60. Duele comprobar que las intervenciones que se han hecho después en el puerto han devorado la bahía.

Turistas en uno de los baluartes de Dalt Vila con vistas al antepuerto. / Vicent Marí

Turistas en uno de los baluartes de Dalt Vila con vistas al antepuerto. / Vicent Marí

Miguel Ángel González

Miguel Ángel González

En la ciudad existen varios lugares icónicos, en el sentido de representativos, significativos, emblemáticos y simbólicos, que ocupan un lugar especial en nuestro imaginario. Puede ser el Mirador de la Catedral o el del Revellí, hoy del poeta Marià Villangómez, el baluarte de Santa Lucía, el Soto, el Portal des ses Taules, la plaça de Vila o el Convent que fue nuestro Instituto. Cada quien tiene en sus más íntimas entretelas lugares que, por sus experiencias y recuerdos, considera identitarios. Un lugar irrenunciable para una gran mayoría es, sin ninguna duda, el dique que cierra por levante los viejos muelles, los 270 metros que van desde la plaça de sa Riba a la plazoleta circular, en la que, como comenta Pere Vilàs en ‘Senyals lluminosos de les Pitiusas’, terminadas el 1915 las obras del dique, se construyó el edificio de doble cuerpo que vemos hoy, una planta baja troncocónica y circular y sobre ella la torre y una linterna octogonal. Son elementos, todos ellos, que siempre han tenido una nomenclatura familiar en el habla. El dique que hubiéramos podido llamar escollera, malecón, rompeolas o espigón, es sencillamente el Muro, es Mur, y así decimos es cap des Mur, es Far des Mur, darrera es Mur. También llamábamos sa platjeta des Mur a la rinconada que, junto a la Torre de la Consigna, conocimos con arena y grava, que luego fue ‘codolar’ y finalmente desapareció, enterrada con bloques de cemento.

Lo que ha convertido el Muro en un lugar especial no es el dique, es el paseo que lo recorre por encima con un banco corrido orientado a poniente, y que, al quedar unos 8 metros sobre el mar, ofrece un extraordinario mirador de 360º. Desde él y por el este vemos el antepuerto, es Racó de ses Xalanes, l’embarcador de Talamanca y el itsmo artificial que se creó al cerrar los pequeños freos que separaban s’Illa Grossa, s’Illa Plana y s’Illot de Botafoc, este último con el faro del mismo nombre, hoy relegado a un segundo plano por el dique que desde el islote se proyecta en dirección a s’Illa Negra. Por el sur y en la inmediatez queda es Baix de sa Penya y una playa solitaria al pie del farallón cortado a cuchillo que soporta el aproado baluarte de Santa Lucía; en ese mismo lado marino, vemos todo el tramo de costa que va desde sa Punta de sa Rajada a sa Punta des Seminaristes, s’Illa Negra y sa Punta de sa Mar Loca. Y vemos, también, levemente esquinada la Ciudadela, el maravilloso anfiteatro urbano que se descuelga escalonado, con asimétrica armonía, desde la torre de la Catedral hasta los muelles, un encuadre que no se cansan de repetir fotógrafos y pintores; y también el rosario de islotes que jalonan los Freos en el camino a Formentera que queda tendida en el horizonte.

Cementerio marino

Por poniente vemos el lado portuario de la bahía, su doble ensenada que parte en dos mitades es Martell, plataforma rectangular que penetra unos cien metros en la bahía y que en su arranque tiene, dividiendo en dos mitades el paseo de los Andenes, el monumento a los corsarios ibicencos. Entre es Mur y es Martell, queda en primerísimo plano el muelle de los pescadores y el tramo que suele ocupar el correo de la Trasmediterránea. En es Martell, con la Escalera Real que luego desapareció, solían amarrar los grandes cargueros de nombre impronunciable que se llevaban patatas. Y la ensenada interior o de poniente quedaba reservada al cabotaje, a los bellísimos motoveleros que en ocasiones no cabían y amarraban pareados, esperando el exterior a que saliera el arrimado al muelle. Sus palos sobresalían en los techos de la Marina y se veían desde muchos balcones y azoteas. La zona estrictamente portuaria acababa en la rinconada de poniente, frente al Marisol, donde la bahía da un brusco giro de 90º hacia el norte, siguiendo el pretil de la carretera de Sant Joan en lo que se conocía como sa Seca de Baix o de s’Avarador, un tramo de aguas poco profundas que yo tuve por cementerio marino, porque allí dejaban todo tipo de embarcaciones desahuciadas, incluso alguna gabarra de la Salinera que, según pasaba el tiempo, se iba hundiendo en el fango. Pasado el Club Náutico y el Astillero, quedaba una zona de aguas también someras que eran ya las de todo el norte de la bahía.

El Pla, las huertas

En el mirador del Muro, nos queda lo que veíamos hacia el norte, todo el Prat de ses Monges, la feraz cuadrícula de huertos de ses Feixes, con sus acequias, sus maravillosos portales de perfil oriental, sus palmeras y todo el Pla de Vila que se dilataba hacia un paisaje interior que cerraban las montañas de sa Serra d’en Balansat, el Puig de’n Celleràs, el Puig des Guixar, el Puig de sa Creu, d’en Picaferro y, muy al fondo, los altos de Sant Rafel de sa Creu y las montañas verdes o grises, según las horas, de Can Perentona y Beniferri

En las orillas del Prat de Vila quedaba el Moll dels Polls, donde, como explica Enric Ribes, había unos precarios embarcadors de fusta, tablones de 3 o 4 metros sobre postes clavados en el barro que facilitaban amarre a las chalanas, embarcaciones modestas y de fondo plano. Con intención más cómica que despectiva, ‘polls’, en el sentido de insectos, era el alias que se aplicaba a los propietarios de las chalanas, las barcas más humildes que también amarraban en ses Estaques, postes clavados en el fondo, sin pasarelas. Y la bahía seguía en els Aiguamolls, cenagosos marjales, desagües de acequias, carrizales, juncos y vegetación salobral, hasta la Casa Vermella, edificio que llamaba la atención por su color almagre, por una inconfundible fachada de cuerpo central con dos alturas y una planta baja en cada lado. La Casa Vermella era una referencia común en el habla, un mojón que marcaba, más o menos, el centro del lado norte de la bahía y que también se significaba porque allí se perdía hacia el interior de la isla la carretera de Sant Joan y desde allí también arrancaba el Camí Vell de Talamanca.

En el mirador del Muro, nos queda lo que veíamos hacia el norte, todo el Prat de ses Monges, la feraz cuadrícula de huertos de ses Feixes, con sus acequias, sus maravillosos portales de perfil oriental, sus palmeras y todo el Pla de Vila que se dilataba hacia un paisaje interior que cerraban las montañas de sa Serra d’en Balansat, el Puig de’n Celleràs, el Puig des Guixar, el Puig de sa Creu, d’en Picaferro y, muy al fondo, los altos de Sant Rafel de sa Creu y las montañas verdes o grises, según las horas, de Can Perentona y Beniferri

Suscríbete para seguir leyendo