Dominical. Imaginario de Ibiza

El imperceptible sendero que conduce a es Salt d’en Portes

Esta orilla, situada entre sa Cova des Cap Blanc y el roquedal de Caló des Moro, es probablemente la más escondida e inesperada de la bahía de Portmany.

La orilla menos conocida de la bahía.

La orilla menos conocida de la bahía. / X.P

Hay menos alegría en la taberna que en el camino que conduce a ella.

(Cormac McCarthy)

No hace tanto, cuando en la retaguardia de Cala Gració aún existían hoteles normales y sus huéspedes rehuían encastillarse en su interior esposados a una pulsera de todo incluido, el tránsito peatonal hacia el pueblo era constante en la carretera. Aquellos turistas atravesaban la avenida de Isidor Macabich o costeaban por ses Variades hasta alcanzar el Passeig de ses Fonts, donde curioseaban en los comercios y el mercadillo, apostándose también en las mesas de los restaurantes.

Las mañanas las dedicaban a explorar los alrededores y la mayoría acababa tumbado al sol sobre la arena de Cala Gració o Cala Gracioneta, hasta que su cuerpo adquiría el anhelado color de la gamba. Con el paso de los años, la obsolescencia de las infraestructuras y la saturación turística, aquella orilla dual fue perdiendo transparencia y su característico color turquesa, especialmente con la llegada de los calores intensos de julio y agosto.

Unos pocos, por el contrario, al bajar por la calle de es Cap Negret o transitar por la avenida principal paralela al mar, se fijaban en ese estrecho portal que proporcionaba acceso a un escueto sendero, flanqueado por dos muretes de piedra, que conducía directamente al mar. Apenas cuarenta metros en línea recta, pero, aun así, muchos lo ignoraban, tal vez al trasmutar de asfalto a tierra y grava, o quizás por la frondosidad de la vegetación que se inmiscuía en su espacio aéreo desde las asilvestradas parcelas anexas.

Los afortunados que, sin embargo, se decidían a atravesarlo descubrían un inesperado paraíso que sí mantenía un agua prístina, con tonos esmeraldas y cárdenos por la textura atigrada de los fondos, al alternar grava y arena con abundante posidonia. El paisaje, desde lo alto del leve acantilado donde moría la hijuela, se abría por completo a la bahía de Portmany y a los islotes de poniente, con el perfil completo de la cara este de sa Conillera y el faro encalado en lo alto, buena parte de s’Illa des Bosc, una de las Bledes entre medias de ambas, en la lejanía, y la cúspide de s’Espartar asomándose por encima de ses Roques Males. Mientras, en el cabo que cierra la media luna por el norte, donde el acantilado desciende hasta el nivel del mar, la terraza del Aquarium des Cap Blanc, con su rústico y apetecible sombrajo de palma, junto a las coqueras donde mueren las olas, y la gruta, desde allí imperceptible, donde antaño los pescadores acumulaban las langostas que no podían vender.

Escalinata

Andando hacia el otro extremo, cayendo también hacia el mar, el acceso a es Salt d’en Portes, a través de una escalinata que desemboca junto a las cinco casetas que aguardan levemente elevadas sobre la orilla, algunas con varadero y otras carentes de él. Y a continuación, un triángulo de arena, donde no cabe más que una decena de personas, todas ellas afortunadas por haber alcanzado el paraíso.

Hoy, este pequeño desvío se halla señalizado con mayor énfasis, mediante un doble cartel que invita a visitar el Aquarium y embarcarse en las golondrinas que atraviesan la bahía hacia el puerto y los arenales del lado de Cala de Bou. Sin embargo, a pesar del bloque de apartamentos que se ha construido a escasos metros, aferrado a un lado del sendero, sigue resultando un enclave espectacular e inesperado.

La cala más escondida

Aunque la minúscula playita de ses Coves Blanques, mucho más céntrica y junto al parking del dique del puerto, le hace la competencia a la hora de pasar desapercibida, puede afirmarse categóricamente que es Salt d’en Portes es la orilla menos conocida de la bahía de Portmany. Entre el pequeño tramo de arena, cuyo tamaño y confortabilidad van oscilando al capricho de los temporales, y la zona de varaderos, no caben más de una veintena de bañistas. Todos ellos, eso sí, extraordinariamente privilegiados.

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