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Dominical

Las moscas

«Oh, viejas moscas voraces / como abejas en abril / viejas moscas pertinaces / sobre mi calva infantil / Moscas de todas las horas / de infancia y adolescencia / de mi juventud dorada / de esta segunda inocencia / que da el no creer en nada / Moscas del primer hastío / en el salón familiar / las claras tardes de estío / en que yo empecé a soñar // Y en la aborrecida escuela / raudas moscas divertidas / perseguidas, perseguidas / por amor de lo que vuela // Yo sé que os habéis posado / sobre el juguete encantado / sobre el librote cerrado / sobre la carta de amor / sobre los parpados yertos / de los idos y los muertos / Inevitables golosas / que ni labráis como abejas / ni brilláis cual mariposas / pequeñitas, revoltosas / vosotras, amigas viejas / me evocáis todas las cosas».

‘Las moscas’ Antonio Machado.

Una mosca

Una mosca / ARCHIVO MAGÓN

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Miguel Ángel González

Ibiza

Como a Machado, don Antonio, las moscas que por pertinaces llamamos cojoneras, me evocan también a mí todas las cosas. Tal vez sea porque están omnipresentes como Dios, siempre y en todo lugar: en la cuna, en el pupitre, en el trabajo, en el comer y descomer, y en las horas tediosas de la siesta. Y ahora, ya septuagenarios, todavía nos rondan y nos tocan las narices si no las espantamos. No son las mismas moscas, pues viven sólo días, pero tanto da, son siempre moscas. Y en la Ibiza que recuerdo no faltaban. Tal vez porque entonces Vila era un pueblo rural y marinero, con las calles de tierra, con charcas que duraban días cuando caía un chaparrón y muchas caballerías, mulas, machos y borricos que tiraban de los carros de aquí para allá.

Y es que las moscas, ya se sabe, tienen querencia por las bestias que tienen que conformarse con sacudírselas con el rabo y con ligeros tembleques y espasmos epiteliales que las mueve, pero no las espanta. En el amarradero que junto al Rastrillo tenía el Mercat Vell, daba pena ver sus testas resignadas, comidas de moscas. Y en la calle que viví más años, Azara, también bailaban festivas las moscas. Pienso que por mor de los caballos que tenía en una cuadra, frente al Diario de Ibiza, la casa-cuartel de la Benemérita. Más que moscas, eran tábanos, moscardones que no picaban, mordían. Y zumbaban como si fueran aviones. Algunos julios y agostos, en casa nos colocaron gasas en las camas, entre la cabecera y la espaldera, para que pudiéramos dormir sin el incordio de las moscas. Y aún así, en el silencio de la habitación, su bordonero no cesaba si no cerrábamos los porticones que daban al patio de vecinos y nos quedábamos a oscuras.

Por si las moscas

Preguntamos qué mosca te ha picado cuando alguien nos sorprende con su comportamiento. Una mosca en un escrito es una mancha. Si alguien es una mosca cojonera es un pesado de manual. Soltar la mosca es pagar. Y el popular por si las moscas viene a ser un por si acaso. Cuando le preguntamos a doña Catalina para qué servían las moscas sólo nos dijo que polinizaban las plantas. Nada más. Se calló que la mosca es carroñera, transmite enfermedades, es cargante y tiene por manjar la mierda. Y es que la ‘doña’ amaba incondicionalmente a los insectos. También a las moscas.

Y recuerdo también las moscas de Labritja, el año que pasé en San Juan. Ángel Alfaro López, compañero de pupitre en la Escuela, las cazaba como nadie y a sus amigos nos explicó el truco de su cinegética habilidad. El papirotazo sin más era inútil, porque la mosca se anticipa y sale espiritada. Importaba más adivinar la trayectoria de la mosca en su escapada, salirle al paso en su despegue y, en fín, cazarla al vuelo. Si no se acertaba en el sesgo de la mosca, ésta daba un quiebro y, ya se sabe, si te he visto no me acuerdo. Ángel las cogía vivas. Y no fallaba una. Luego, ahuecaba el puño para no hacerla papilla y le divertía que oyéramos su desesperado aleteo. Lo sorprendente era que siempre las soltaba. Cazar moscas, para él, era jugar.

De cebo

Luego, cuando trasladaron a mi padre a Vila, yo también las cazaba y las usaba como cebo para pescar en los muelles lisas y esparrais. Eran tan buen cebo como las quisquillas de la Barra. Otra imagen imborrable de aquella omnipresencia de las moscas estaba en las cintas gomosas que algunas tiendas de ultramarinos colgaban del techo, por cierto, no muy lejos de donde colgaban también los bacalaos. Las llamaban papamoscas y las tenía el colmado de Juan, frente al bar Noguera, en la esquina episcopal de Cardona y Azara. Su pegajoso unte era mortal. Su olor dulzón las atraía y, por golosas, allí se quedaban. Un detalle de las moscas que a mí me mosqueaba —nunca mejor dicho— era ver con qué descaro se te posaban en el brazo y se dedicaban, indiferentes, a limpiarse patitas y cabeza. Y no son tontas, es que no piensan. Van a lo suyo y persisten en su merodeo que no da tregua. Si una mosca le coge el gusto a una calva, puede poner nervioso al más paciente animalista. Constantino, mi padre, tenía una curiosa teoría. Cuando en casa teníamos que comprar una paleta matamoscas, decía que la mejor era la que traía dibujada en el plástico una mosca enorme que, por su tamaño, sorprendía al insecto que veía en ella al mismísimo dios de las moscas, desconcierto que permitía espachurrarla.

Doña Catalina Pellicer, nuestra profesora de Ciencias Naturales en el Instituto, tenía una extraña pasión por las flores y por los insectos, sobre todo por las abejas, las hormigas y las moscas. Nos recomendó el Elogio de las moscas de Luciano de Samosata, que nadie encontró en la Librería Vilar, la que tenía los libros más raros, en el carreró de la Xeringa. También nos leyó Las moscas, el poema de Machado que he podido localizar en Soledades y acompaño.

En mi Cuaderno de Naturales tengo dibujadas cinco moscas a color y todo lo que decía la ‘doña’ de las moscas. Resulta que por cada persona que habita el planeta existen 17 millones de moscas. Y que ven más y mejor que nosotros con miles de ojillos que, por impulsos eléctricos, captan el movimiento y la luz a la endemoniada velocidad de 250 destellos por segundo. Y con una visión ralentizada y de 360º, nada se les escapa y reaccionan en una fracción de segundo. También nos dictó muchas frases con moscas. Quien está cazando moscas pierde el tiempo. Andar mosqueado es estar enfadado. Tener una mosca detrás de la oreja es temer algo. Un moscón es el plasta que no nos sacamos de encima. En el silencio verdadero no se oye volar una mosca. En boca cerrada no entran moscas significa que es mejor callarse que decir bobadas.

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