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Cuando Ibiza era otra fiesta

Concha García Campoy en su ‘poeta noctívago’

La periodista tenía sólo 54 años y estaba en la cresta de su desarrollo personal, familiar y profesional cuando murió

Concha García Campoy con Julio Herranz, una amistad que duró décadas. | ARCHIVO J.H.

A la hora de buscar y seleccionar las figuras que quiero que pasen por esta serie, dejo que la memoria actúe por libre y a su aire. Nombres, situaciones, tiempos con los que hago una lista en la que me oriento; intentando combinar, con más o menos contraste o afinidad, según me venga el humor, las figuras queridas con las públicas. Procurando sobre todo encontrar en mi memoria las públicas con alcance privado importante. Y entre éstas, pocas, o acaso ninguna, tienen más peso entre mis querencias íntimas que Concha García Campoy, a quien no creo que sea necesario presentar al lector de este diario. Aunque vaya usted a saber, el tiempo pasa que vuela y el próximo verano se cumplirán ya diez años de su muerte a consecuencia de una leucemia. Y, ay dolor, tenía tan sólo 54 años y estaba, acaso, en la cresta de su desarrollo personal, familiar y profesional.

Foto incluida en el libro ‘La gran ilusión’ sobre Concha García Campoy. D.I.

Periodista de raza, popular, querida, admirada, crítica y con un fino criterio a la hora de enfrentarse a la actualidad, de Concha (así, sin necesidad de usar sus apellidos para nombrarla) se ha dicho y escrito mucho. Así que no voy ni a intentar siquiera, aquí y ahora, trazar su perfil ni elogiar sus méritos, tantos y tan variados. Sería ocioso hacerlo, e incluso pretencioso por mi parte, al ser tan conocida y reconocida en su isla. Sólo voy a fijarme y evocar algún episodio entrañable de nuestra larga amistad. Como, por ejemplo, el que apunto en el titular de este capítulo. Porque sí, fue todo un honor que me eligiera para ser su ‘Poeta noctívago’ durante una temporada en su programa ‘Noches de radio’ de Onda Cero. ¿Cuándo? Tirando de nuevo de hemeroteca, debió de ser en 1994 o por ahí. Y mi sección era la que cerraba el último programa de la semana, el viernes, rondando ya la media noche. Sección que, aunque lo pareciera, no hacía en directo, sino que la grababa los martes en el estudio local de la cadena: una breve introducción para situar y justificar al poeta elegido y la lectura del poema seleccionado. Poeta y poema de mi interés, dentro de los cánones que me pedía Concha: que fueran noctámbulos, vitalistas, bohemios y algo golfos. Vamos, que invitaran a seguir la marcha de los viernes noche, abriendo el fin de semana a algún tipo de excesos deseables con los que olvidar la rutina y la pesadez del curro semanal.

Fotografiada para una entrevista de Diario de Ibiza. julio herranz

Qué lástima que no los grabara, pienso ahora. Tendría su gracia volver a recordarlos, porque me los trabajaba; y procuraba que estuvieran a la altura del estupendo programa de radio de actualidad que les precedía. Lo que, modestia aparte, creo que lograba. Por las felicitaciones que la directora solía darme cuando alguna vez hablábamos por teléfono o me la encontraba por Ibiza, a donde solía escaparse siempre que podía. Su amor a la isla y sus cariños devotos a su familia y a sus amigos los tuvo siempre por santo y seña, presumiendo de ello allá donde fuera y siendo la mejor embajadora que nunca tuvo esta “roqueta, sa meua roca” mediterránea.

Concha garcía campoy en su ‘poeta noctívago’

Aunque ahora que lo pienso mejor, creo que sí grabé algunos; pero vaya usted a saber dónde están en el cajón de sastre (y desastre) que es mi casa. Por ejemplo, uno por el que los dos sentíamos cierta debilidad: ‘Pandémica y celeste’, de Jaime Gil de Biedma; el gran bohemio de la Generación del 50. Barcelonés, señorito golfo y todo un intelectual ilustrado; que lo cortés no le quitaba lo valiente. Un poema largo, que el autor recitaba con un arte y un sentimiento que ponían los pelos de punta. Como tuve ocasión de comprobar en dos ocasiones; y por eso uno se acercaba algo a su estilo, sin llegar tan alto, desde luego: Imagínate ahora que tú y yo/ muy tarde ya en la noche/ hablemos hombre a hombre, finalmente./ Imagínatelo,/ en una de esas noches memorables/ de rara comunión, con la botella/ medio vacía, los ceniceros sucios,/ y después de agotado el tema de la vida. (…) Porque no es la impaciencia del buscador de orgasmos/ quien me tira del cuerpo hacia otros cuerpos/ a ser posible jóvenes:/ yo persigo también el dulce amor,/ el tierno amor para dormir al lado/ y que alegre mi cama al despertarse... Un poema desde luego ideal para la idea que buscábamos con la sección ‘Poeta noctivago’. Que, por cierto, ha sido la colaboración que mejor me han pagado en mi vida. Otro motivo para estar agradecido a mi querida y añorada Concha García Campoy, también gran lectora y amiga de la poesía y de los poetas.

Buscando entre mis papeles algún otro recuerdo personal para completar este capítulo, he encontrado una de las entrevistas que le hice para Diario de Ibiza. Concretamente para la serie ‘Retratos de papel’, de la que hice tres temporadas bastante espaciadas en el tiempo. En este caso se trata de la tercera serie, creo, en mayo de 1993. Aunque buscaba la primera, de 1986, cuando la fama de Concha estaba en su apogeo de popularidad gracias a presentar el Telediario de Televisión Española junto a Ángeles Caso y Manuel Campo Vidal. No la encuentro, pena, aunque sí que recuerdo el titular, porque le gustó mucho: ‘La profesión va por dentro’. Me dio las gracias por fijarme en su valor profesional por encima de su atractivo físico, cuando éste era tan completo y seductor. Y es que en cuanto te ponías a hablar con ella, leías algo suyo o la veías trabajar en radio o televisión, quedabas antes enganchado en lo que decía y en cómo lo decía que en su belleza física.

Así que he vuelto a leer con atención la entrevista, en la que tuvo todo el tiempo en brazos a su pequeño, entonces, hijo mayor, Lorenzo. Con alguna pregunta por mi parte más bien innecesaria, por lo obvio: ‘¿Con qué actividad llenas tu tiempo de ocio?’. Y claro: “Una madre no tiene ocio; pero de todas maneras, lo que me gusta es la sensación de no tener nada que hacer, vagancia total. Perder el tiempo para ganarlo. Es decir, leer, charlar, escuchar música... Lo que me da equilibrio y serenidad interior”, precisó. O su respuesta a mi pregunta sobre si creía que el mundo iría mejor si la mujer tuviese más protagonismo en la cosa pública: “Sinceramente, sí. Tengo comprobado que donde hay una mujer, la relación laboral es distinta; generalmente, con una comprensión y una sensibilidad diferentes. Creo que la mujer tiene una capacidad de lucha especial para muchas cosas. Afortunadamente ha habido una evolución brutal en los últimos años; y espero que siga así, por el bien de todos”. Y, por lo que tiene de declaración de principios, lo que afirmó que era para ella tener calidad de vida: “La valoro tanto por el entorno físico, la naturaleza, como en el aspecto personal, que es sobre todo vivir en armonía conmigo misma y no romper ninguno de los principios que creo fundamentales para seguir viviendo. Tener buena relación, buenos amigos y mantener un equilibrio con mi lado profesional, aprendiendo a vivir, que es lo que considero más importante. Pero no busco el éxito, eso sólo conduce a una soledad espantosa. Pido a mi trabajo que me abra vías y caminos para seguir aprendiendo. Y que me dé seguridad”.

En fin, Concha, que prefiero a estas alturas no buscar más recuerdos de las veces que disfrute con tu querida compañía. Sobre todo porque me duele, me sigue doliendo, la fatalidad terrible de tu temprana muerte. Con tan sólo 54 años; o sea, 20 menos de los que tengo yo actualmente. Qué injusta puede llegar a ser la vida, a veces. Mejor me quedo, nos quedamos tantos y tantas, con nuestro patrimonio interior compartido de risas, charlas, fiestas, sentimientos de ida y vuelta, ilusiones y alegría por haberte conocido.

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