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Cuando Ibiza era otra fiesta

Carl van Der Voort, con arte y parte

Un personaje singular que dejó una huella de peso en el arte contemporáneo local

Recibiendo el último homenaje de sus amigos. ARCHIVO GILBERT HERREYNS

En la historia del arte contemporáneo en la isla figuran dos nombres que fueron los pioneros en abrir sus puertas al arte de vanguardia: Ivan Spence, a quien traeré pronto a esta serie, y Carl Van der Voort, todo un personaje singular, por quien sentí un aprecio notable y que dejó una huella de peso en la cultura ibicenca: además de por la galería Van der Voort, que abrió en la Plaça de Vila en los 60, un punto de referencia para la modernidad artística local por exponer en ella a lo más granado de este arte, nacional e internacional; por otra iniciativa creativa importante, el Taller Ibograf, que creó en 1966 y por el que también pasaron creadores de primera línea.

Van der Voort llegó a la isla en 1958 acompañado por su gran amigo y compañero Don Kunkel, pintor de vanguardia y estrecho colaborador de Carl en sus iniciativas creativas. Nació en Florida (Estados Unidos) en el seno de una familia de origen holandés. Tuvo una infancia original, porque en su vecindario no había niños de su edad, sino personajes como Edison, Ford o Forreston. “Mi única compañía era la de estos viejos inventores, gente fabulosa. Así fui creciendo y a ellos asocio los buenos recuerdos de mi primera juventud”, me explicó en una de las entrevistas que le hice a lo largo de mis años periodísticos. Estudió diplomacia, derecho, política internacional e idiomas en la Universidad de Bandervilt, pero nunca llegó a ejercer. En lugar del Departamento de Estado, entró a trabajar en empresas multinacionales de consulting, asesor de empresas de consumo con destino en Francia y Perú. “Un trabajo interesante, pero que no me seducía demasiado. Así que a los 29 años decidí jubilarme con la intención de retirarme en esta isla y escribir”, ironizó.

Van der Voort en la galería de su nombre en la Plaça de Vila. FOTO CEDIDA POR CATI VERDERA

Por aquellos años, Ibiza era un lugar “donde se podía vivir como un rey por dos mil pesetas”. Con sus propias manos se construyeron una casa por encima de Casas Baratas y a finales de los 70 se mudaron a una finca antigua cerca de Roca Llisa. Antes ya había abierto su reconocida galería en donde expusieron artistas de renombre, como Miró, Tàpies, Hernández Pijoan, Saura, Chillida, Zao Wou Ki, Joaquín Gomis, Schumacker, Troëkes... Años de intensa actividad, con el añadido de la gran labor que realizaba en su taller de grabado, Ibograf. Pero problemas de salud le hicieron frenar su ritmo de trabajo a mediados de los 80, pasando la dirección de su galería a Cati Verdera: “Conocí a Carl Van der Voort a principios de los años 70. Yo estudiaba en Barcelona Historia del Arte y pasaba los veranos en Ibiza, lo que me permitía ir a las inauguraciones de su galería. Creo que fue allí donde decidí especializarme en Arte Contemporáneo”, escribió la galerista ibicenca en un artículo que le pedí en julio de 2004 con motivo de la muerte de Carl, a los 76 años y como consecuencia de un cáncer. Se titulaba ‘En record del mestre’, y en él contaba la colaboración de Van der Voort cuando, en 1980, siendo Verdera la directora del Museu d’Art Contemporani d’Eivissa (MACE), le ayudó a montar la Biennal d’Eivissa de obra gráfica: “Fue un montaje excepcional en el que todas y cada una de las más de 500 obras recibidas mostraban su importancia. Allí comenzó mi aprendizaje al lado del mejor maestro que pudiera soñar”, precisó, añadiendo que desde 1987, “ en la galería que lleva su nombre y me pertenece ahora” aprendió del amigo ilustrado cosas como que para una galería lo más importante “son los artistas con los que trabaja”. Siguiendo, como su maestro, “exponiendo a los mejores antes de que fueran reconocidos internacionalmente”. Y no olvidando “que hay que huir de las cosas fáciles, de las obras que son unicamente decorativas, del gusto estético de la mayoría. Hay que ser valiente y luchar por lo que uno mismo, en su interior, cree realmente y puede defender sin engañar a nadie. Como él mismo hacía”.

Donación de 300 obras al MACE

La última iniciativa de Van der Voort a favor del arte contemporáneo en Ibiza tuvo lugar en el otoño de 1998, cuando donó 300 obras de su colección privada de artistas relacionados con la isla al MACE. Pinturas, esculturas, fotografías, dibujos y grabados realizados en su taller de Ibograf conforman una colección, principalmente de los años 60 y 70, que incluye nombres como los de Don Kunkel, Tur Costa, Marcel Floris, Hinterreiter, Gilbert Herreyns, Acisclo Manzano y Robert Quijada, entre otros. En cuanto a los grabados, destacan creadores de la talla de Tàpies, Chillida, Saura o Bechtold. “El motivo de la donación ha sido, en primer lugar, dejar al museo un recuerdo de Ibograf”, me dijo Van der Voort entonces en una entrevista. Además, “como había prestado obras para las exposiciones antológicas de los 60 y los 70 que hizo el museo, pensé que algunas de estas piezas debían quedar en el museo porque son trabajos de cierto peso e interés. En total, han sido un par de docenas, entre pintura y escultura, las que he aportado para enriquecer y mejorar algo la colección permanente del museo”, precisó.

Dedicatoria del artista

La última vez que Carl Van der Voort estuvo en Ibiza fue en marzo de 2003, con motivo de la entrega de un premio de la Asociació d’Artistas Visuals de Balears (AAVIB) por su labor en pro de las artes plásticas de la islas. El acto tuvo lugar en el transcurso de una animada fiesta que se celebró en la residencia de Gilbert Herreyns a la que asistieron amigos del galerista, marchante y escritor norteamericano, como, entre otros, Erwin Bechtold, Philippe Rotier, Albert Ribas, Leopoldo Irriguible, Pedro María Asensio, Carles Guasch o Tur Costa, que fue quien le entregó el premio Punt Vermell de la AAVIB. Todos le manifestaron su amistad y agradecimiento, recibiendo del homenajeado la lectura de varios poemas, sentencias y una declaración de principios artísticos: “En verdad, uno no puede atesorar o coleccionar el arte. Uno puede comprar o crear una pintura, mirar o participar en una perfomance, interpretar o escuchar música, leer y escribir. Uno puede ser seducido y elevado por muchas de estas cosas, pero el arte no está necesariamente ahí. Es el regalo de la iluminación y la revelación, la chispa que, a veces, el fuego atrapa en nuestro intelecto y en nuestra imaginación y gira hacia la luz que buscamos. Lo que sucede cuando caen las escalas, se abren los oídos y nos transforma la magia de las palabras, eso es lo que llamamos arte”, explicó.

De aquel último encuentro con el apreciado personaje, en la que fue una emotiva despedida y a la que fui invitado como amigo, periodista y poeta, guardo, junto con imágenes de cierta euforia, un recuerdo singular, que reproduzco en estas páginas: una especie de poema que escribió en mi ‘Libro de autógrafos’. Un hermoso cuaderno comprado en Venecia, en el que reúno breves piezas creativas de poetas y pintores amigos o conocidos a los que entrevisté. Y que al revisarlo ahora me ha producido cierta nostalgia, porque algunos ya fallecieron. Como el propio Van der Voort; o Villangómez, Tur Costa, Vicent Calbet, Francisco Brines, Micus y Ferrrer Guasch. Poema escrito en un castellano poco ortodoxo, que traslado a una versión aproximada de lo que me es dado entender: “Una vez/ antes de que hubiera/ poesía/ o música/ o canción/ o baile/ o pintura/ o artesanía,/ hubo/ una explosión enorme/ que dejó un universo de chispas,/ algunas aún reflejadas en tus ojos./ Acuérdate de ellas cuando hagas tus propias palabras/ para cantar, bailar y resplandecer./ Acuérdate.” Y sí que me acuerdo, querido Carl, como del otro regalo que me hiciste, en 1995: el hermoso tocho ‘The Oxford Book of American Verse’, en el que figuran autores bien queridos por mí, como Walt Whitman: I celebrate myself, and I sing myself,/ And what I assume you should assume,/ For every atom belonging to me as good belong to you.

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