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Memoria de la isla

El safareig

La palabra ‘safareig’ viene del árabe ‘saharig’, lo mismo que su equivalente alberca, que, como otras voces que empiezan por al –aldea, alcázar, almanaque o algarabía-, procede del árabe hispánico ‘albírkah’. Se trata de una construcción hidráulica cuadrangular, hecha con tapial o mampostería para almacenar el agua que viene de un pozo y se dedica principalmente al riego

Safareig a la Font Patrona (Santa Gertrudis). Joan Josep Serra Rodríguez

En el campo ibicenco hemos tenido dos modalidades de agua, la subterránea y la de lluvia. Las aguas freáticas podían aflorar espontáneamente en las fuentes como ocurre en els brolls de Buscastell y si las localizaba un zahorí, se hacía una excavación (perforada) que, si daba con la vena de agua, permitía la construcción de un pozo. Las aguas de lluvia se recogían en los techados de las casas y se vertía en las cisternas que solían tener su boca en el porxo o en la cocina. También las encontramos en los soportales de las iglesias para aliviar a la parroquia que, dada la dispersión del hábitat rural, tenía una buena caminata hasta el templo.

Cuando la vena de agua subterránea que localizaba el zahorí era pobre, el pozo se dedicaba al consumo de la casa, la extracción era manual, -amb cub, corda i curriola-, y se señalaba el lugar con esas bellísimas capillas encaladas que salpican el campo ibicenco. Pero si el agua localizada era abundante, cosa que no era rara en Ibiza, el pozo que se construía era el que conocemos como noria o sénia –del árabe saniya-, y la extracción se hacía ‘a sangre’ con un animal – mula, caballo o asno-, que movía un rosario vertical de canjilones (cadúlfols), vasos de barro o de madera que recogían el agua en la hondura del pozo y la vertían en una canal que la llevaba a la alberca (safareig) que, en un lugar ligeramente elevado, permitía distribuir el agua de manera natural, por mera gravedad, en los cultivos.

El safareig está desapareciendo en nuestros días por el abandono que sufren los campos. Si todavía vemos algunos es porque su construcción era sólida, con paredes de más de un metro de grosor. La mayoría de ellos, sin embargo, sin uso ni agua, revientan sus paredes con el sol y acaban arruinados. Algunos pocos todavía funcionan, aunque el agua de los pozos que los alimentan se extrae ya con una bomba hidráulica que ha supuesto la ruina de la noria tradicional. Es inexplicable que no nos percatáramos de que la noria merecía preservarse, siendo como ha sido un elemento determinante en nuestra cultura agraria y un artilugio antiquísimo que ya se utilizaba 200 a.C. en el Próximo Oriente y que los árabes introdujeron en nuestras islas. No hablamos, por supuesto, de mantenerlas en uso, hablamos de salvar su estructura como lo que es, auténtico monumento arqueológico de la cultura del agua y tesoro patrimonial. Es lamentable que, en el mejor de los casos y para recordarlas, tengamos que construirlas artificiales y hoy sólo sean parte del mobiliario urbano como podemos ver en Santa Eulària. La única noria original que ahora recuerdo –puede que haya alguna otra- es la que se conserva junto a un campo de naranjos frente a la iglesia de Nuestra Señora de Jesús.

En este sentido es impagable la noticia que de la cultura pitiusa del agua nos hace Joan Josep Serra Rodríguez en su ‘Inventari del patrimoni hidràulic de les Pitiusas’, exhaustivo y magnífico trabajo que recoge pous, aljubs, cisternes, norias y albercas. El abandono de los campos está provocando que todos estos elementos desaparezcan, particularmente las norias. Todavía en el 1868, el Archiduque de Austria, Luís Salvador, en Las Antiguas Pitusas, contabiliza 197 norias, 36 en el término de Ibiza, 42 en Sant Josep, 35 en Sant Antoni, 14 en Sant Joan y 70 en Santa Eulària. Sería de un enorme interés saber en qué estado se encuentran y cuáles de ellas pueden aún preservarse.

En los años 50, todavía las vimos en funcionamiento y de algunas tenemos incluso fotografías. La imagen de la sénia y el safareig en una hondonada, entre cañaverales, adelfas, asilvestradas buganvillas y airosas palmeras, nos regresa a paisajes arcádicos, a rincones aislados y recogidos, a secretos micromundos anclados todavía en el Viejo Mundo. Cierro los ojos y puedo ver la mula ciega que camina cansina, se detiene un instante, coge fuelle y sigue en su arrastre de galeote, tapados los ojos con anteojeras de palma para que no se maree, dando vueltas y más vueltas por el sendero pateado que llamábamos caminal. Y oigo también los quejosos chasquidos de las ruedas y los requemados maderos, que se mezclan con el rumor de las aguas que suben los canjilones y chorrean sobre el mismo pozo. Y junto a la noria quedaba siempre el safareig, que de sólo verlo entre los campos abrasados refrescaba el alma. Ver salir el agua del estanque y desparramarse alegre por los surcos que creaba la azada y el payés modificaba, según iba regando, para desviar el agua a otros campos, era una gozada.

Baños y ranas

De cuando viví en Sant Joan y también de cuando iba a can Fontasa con mis padres, recuerdo el safareig ligado a nuestros juegos infantiles. En él nos bañábamos. Y en los inviernos, cuando el sol apretaba, las ranas se amodorraban junto a las paredes del estanque y las cazábamos para hacer con ellas carreras; inútil intento, porque los batracios, así que abríamos la mano, salían espiritadas con grandes saltos, sin orden ni concierto, en todas las direcciones. Tuvimos que cambiar las reglas de la competición para que ganara el que de nosotros había soltado la rana que daba el salto más largo. El premio para el ganador era un tebeo, canicas o cromos.

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