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Cuando Ibiza era otra fiesta

Alberti volvió a Ibiza medio siglo después

El escritor regresó a la isla en 1987 para ofrecer dos lecturas poéticas y recorrió los lugares donde había estado en 1936

Julio Herranz junto al poeta Rafael Alberti en mayo de 1987. Toni Pomar

Para ser más precisos, a los cincuenta y un años, en 1987. La primera vez fue al inicio del verano de 1936, y no vino solo. Le acompañaba María Teresa León, entonces su amante y más tarde su esposa. Una figura de gran talla intelectual y humana, con más peso en la biografía de Rafael Alberti del que suelen darle. La pareja había llegado a Ibiza casi por casualidad, buscando un lugar tranquilo y barato para que el poeta escribiera una obra de teatro. Pero tranquilo, en absoluto; porque al poco tiempo de instalarse empezó la Guerra Civil y se vieron envueltos en la refriega, más que nada porque ambos eran conocidos republicanos, y en uno de los cambios de bando a los que estuvo sometida la isla, tuvieron que refugiarse en una cueva del final de Platja d’en Bossa, donde permanecieron, junto a otros ‘prófugos’ durante tres semanas. Tres semanas intensas y especiales que quedarían grabadas hondo en la memoria de ambos. Como puede comprobarse en dos de sus obras literarias más significativas: el poemario ‘Retornos de lo vivo lejano’ (de él) y el emotivo libro ‘Memorias de la melancolía’ (de ella).

El grato pretexto para la vuelta de Alberti a Ibiza en mayo de 1987 fueron dos lecturas poéticas, organizadas por un activo y joven profesor del instituto de Blanca Dona, Julián Ruiz, que nos dio más alegrías literarias de altura y de quien no he vuelto a saber nada. Una de ellas en la Sala de Cultura de Sa Nostra y otra en su instituto, para los alumnos. Ambas con gran eco, sobre todo la primera, por su carácter público; y de las que el poeta gaditano dejó constancia en el segundo tomo de sus memorias, ‘La arboleda perdida’, en la que menciona a los que trató más en aquellos tres días que duró su estancia; como Antonio Colinas, quien lo presentó en Sa Nostra; Marià Villangómez, que leyó en la Sala su traducción al catalán del poema albertiano ‘Retornos de una isla dichosa’, el poeta Vicente Valero o uno mismo. Por cierto, al decirle yo que era de Rota (Cádiz) y que había hecho el Bachiller en su Puerto de Santa María, me nombró en plan irónico su secretario. Más bien torpe, porque hice mal un encargo que me hizo: ponerle mixtos de fogueo a una pistolita que usaba para pegarse un tiro al final de la lectura del poema con el que cerraba el recital. Qué vergüenza pasé cando me señaló, entre risas, como culpable. Y con Sa Nostra llena hasta la bandera, claro.

Antonio Colinas, Rafael Alberti, Julio Herranz, Toni Roca y, a la derecha de la imagen, Vicente Valero con un amigo. Toni Pomar

No era la primera vez que uno veía al autor de ‘Marinero en tierra’, como le contaba en la ‘Carta abierta a Rafael Alberti’ que publiqué en este Diario el día de su llegada a Ibiza: “Fue un día algo especial, el 27 de febrero de 1981, en Sevilla. Te conocí entonces, no recuerdo ya en qué acto poético, seguido de una visita a la tumba de Bécquer y la posterior manifestación multitudinaria en apoyo de la amenazada Democracia (sí, hacía cuatro días que el loco de Tejero nos dio un buen susto). Luego fuimos a cenar y me senté a tu lado. Salió el nombre de Ibiza y noté que ese nombre significaba algo para ti. Me explicaste tu deslumbramiento por este privilegiado paraíso y de las ganas que tenías de volver”. Deseo que se cumplió seis años después en una primavera luminosa que te dejó encantado del retorno, aunque lamentaras volver sin tu compañera de entonces, María Teresa León. Echando también de menos un árbol anexo a la casa payesa del Puig des Molins en la que la pareja vivió al llegar a la isla. Como cuenta en el mencionado capítulo de sus memorias: “Pregunté anhelante por aquella inmensa higuera, del lado de la casa, cuya tupida e impenetrable sombra nos había salvado la vida al presentarse una pareja de la Guardia Civil para prendernos por orden del capitán sublevado en el Castillo. Nos dijeron que a nuestra salvadora higuera la habían talado, que ya no existía desde hacía bastante tiempo. ¡Yo que tenía pensado subir y grabar con un cuchillo nuestros dos nombres en su tronco!”.

El último encuentro

Su esperado retorno a la isla no fue tampoco la última vez que vi a Alberti. Hubo otro encuentro más, esta vez en Cádiz capital, en 1991, con motivo de la entrega del Premio Nacional de Poesía ‘Rafael Alberti’, que gané con mi libro ‘La mirada perdida’. En aquella ocasión ya se había casado por segunda vez, con María Asunción Mateos, una profesora mucho más joven que él, con quien tuve alguna discusión poco amable cuando al año siguiente me tocó ser jurado en el premio. No me gustó nada su intención de ordeno y mando a la hora de decidir la ganadora (me contaron luego que amiga suya); y me costó lo mío lograr que le dieran un accésit al poemario que yo consideré el mejor. Una mala impresión que se fue afirmando con el tiempo por el proceder, más bien interesado y mercantilista, que ha tenido con el legado del célebre poeta de la Generación del 27. Ay, las viudas jóvenes de eximios artistas. Cuántos casos semejantes se conocen en los que su comportamiento con la obra del difunto dejó bastante que desear.

Ilustración de Alberti dedicada. Archivo JH

En fin, mejor cerrar el capítulo con el grato recuerdo de la segunda estancia de Alberti en Ibiza, acompañado por amigos y admiradores de su obra, que le acompañamos en la visita a algunos de los lugares que recordaba de su agitada primera visita en el verano del 36. Como el bonito paseo por Dalt Vila evocando a personas que conoció y situaciones más o menos dramáticas de las que él y María Teresa León fueron testigos. La mayoría de ellas recogidas en el libro que Colinas escribió después sobre sus semanas ibicencas, de notable interés histórico y literario. O el buen rato pasado en la terraza del bar Estrella del puerto de Ibiza, frente al obelisco a los corsario, mientras relataba que ya en 1936 era uno de los puntos de encuentro de los forasteros para enterarse de las noticias. Precisamente allí se enteraron por la radio de que se había producido el Alzamiento Nacional. Así como para escuchar los discos de moda del momento, aceptando peticiones del respetable.

Pero de todas las imágenes que produjo la visita de Rafael Alberti a Ibiza en aquel mes de mayo del 87, la mejor no la registró nadie. Que yo sepa, aunque igual me equivoco. Porque aún no había teléfonos móviles y no recuerdo que ninguno de los acompañantes la captáramos con alguna cámara fotográfica. Fue al segundo día de su estancia y tras comernos una estupenda paella en el conocido restaurante Es Boldadó de Cala d’Hort, frente a es Vedrà. Una zona que siempre nos enamora la mirada. Como le pasó, por supuesto, a Alberti, encandilado por la belleza del paisaje. El sopor de la sobremesa invitaba al silencio o la contemplación. Era la deseada hora de la siesta, que a todo andaluz que se precie le resulta difícil de escamotear. Así que, en un momento dado, Rafael no pudo evitar dar alguna cabezada. Y esa fue la foto que me hubiera encantado captar, porque estaba sentado frente a él y me quedé mirándola con delectación: su melena blanca hacia delante y al fondo la silueta de es Vedrà. Todo un poema estético que es la imagen que me viene a la memoria cuando recuerdo aquella estupenda y amistosa visita del querido marinero en tierra.

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