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Memoria de la isla

Playas y dunas de Ibiza

Las playas tienen edad. En algunos casos su formación en términos geológicos ha sido reciente, pero otros arenales se originaron hace millones de años. Formentera, sin ir más lejos, es una isla de arena que emergió de los fondos marinos entre el plioceno y el cuaternario –han pasado entre 5 y 2 millones de años- sobre las poderosas columnas del cap de Barbaria y de la Mola.

Acantilados de arena en sa Pedrera. Xicu Lluy

Una cosa es el uso que desde hace cuatro días damos a las playas como espacios de ocio y otra, muy distinta, su condición sustantiva y configuradora del ecosistema litoral de nuestras islas. La visión que en nuestros días tenemos de los arenales es muy distinta de la percepción que de ellos teníamos en una Ibiza preturística, hace 60 o más años. En aquel entonces, lo mismo en las playas abiertas que en las pequeñas calas, el predominio absoluto lo tenía una naturaleza asilvestrada y primigenia. El ‘paisaje’ es un invento posterior de la mirada. Basta revisar las postales que se editaban en los años 50 del siglo pasado para comprobar que los arenales que hoy invaden el cemento eran entonces lugares deshabitados. La Platja d’en Bossa, sin ir más lejos, entre la Punta de Baix y la Punta de sa Mata, era una extensa lengua de arena virgen y solitaria. Y recuerdo asimismo sin presencia humana los arenales de Portinatx, a donde, cuando era niño, íbamos desde Sant Joan a través del bosque, por caminos de tierra porque aún no existía la actual carretera.

Los depósitos de arena que crearon las playas y que con el paso del tiempo se fueron modelando por la erosión de las costas, el aporte de los fondos marinos, las corrientes de deriva, las mareas y el oleaje, son los tramos litorales que, por la presión turística, han sufrido una regresión que en muchos casos es ya irreversible. Nos queda algún espacio milagrosamente preservado, ses Illetes en Formentera y las playas de las Salinas y es Cavallet en Ibiza, pero el resto de arenales han perdido su condición ‘natural’ y son suelos fatídicamente urbanizados. Nos sobra cemento en Cala Llonga, el Port de San Miquel, es Figueral, es Canar, Cala Tarida y en muchas otras playas. Y cuando hablo de regresión no me refiero sólo al paisaje, sino a la vida que en él había, un riquísimo biotopo que supuso durante miles de años una difícil conquista de duros sustratos salobres y arenosos que, si en otros tiempos tuvieron bajos niveles de materia orgánica y una muy escasa disponibilidad hídrica, con el tiempo se convirtieron, siempre en bandas paralelas a la línea de costa, en ámbitos bien definidos de comunidades vegetales capaces de convivir con el medio marino -lliris de platja, fonoll marí, rave de mar, botja, jull, càrritx, campanetes de mar, cinaleres, olivardes, veladres, crucianel·les, ensopegalls, fabàcies, escards de platja, veladres, salsones, lletreres, molinets, jonquets, mançanelles, etc-, sin olvidar las aves, los insectos y los pequeños vertebrados que allí vivían.

Estas arenas fijadas por la vegetación viva y la posidonia muerta que las marejadas iban acumulando en las orillas crearon los cordones dunares que hoy estabilizan nuestros frentes costeros en las zonas bajas, constituyen reservas de arena para las playas castigadas por los temporales y preservan los estanques salineros que en otro caso inundaría la mar, los de la Sal Rossa i la Regió Petita en Ibiza y los d’en Marroig en Formenterra. Antes, sin embargo, de que estos cordones dunares crearan la oportuna barrera que vemos hoy, los sucesivos aportes de arena penetrarían y colmatarían las tierras deprimidas contiguas, posiblemente humedales, creando extensos mantos arenosos que hoy se extienden cientos de metros tierra adentro, tal como podemos ver en Ibiza entre la Platja de les Salines y los estanques ya citados de la Regió Petita, todo un extenso llano que hoy está colonizado por matorrales, pinares, lentiscos y sabinas. Un caso similar pero de muy distinta naturaleza lo tenemos en el cordón de cantos rodados de es Codolar que protege del mar los estanques de la Regió Grossa, un ámbito digno de estudio que puede decirnos mucho de las corrientes, vientos y temporales, pues cualquiera puede ver que los volúmenes de las piedras, enormes en la zona SE de ses Penyes Roges, decrece progresivamente según seguimos la línea de costa hacia sa Caleta, en dirección NW. Todo hace pensar que la protección del Cap des Falcó frena el rodamiento en el pedregal que queda más al sur de es Codolar, más castigado hacia el NW.

Y pues hablamos de arenales, además de playas y cordones dunares, en Ibiza tenemos otra formación arenosa insólitamente acantilada. Está en el Cap des Jueu que la estupidez de algunos llama Atlantis, una pronunciada pendiente que se descuelga hasta el mar y la Pedrera, antigua cantera de marés que ha dejado rocas cortadas a cuchillo, de estricta geometría, con pequeñas piscinas naturales que alimenta el oleaje y en las que queda prisionera la luz. En estas concavidades, el agua es a tal punto transparente que tenemos que palpar su superficie para descubrirla en su estremecimiento.

Malla subterránea de raíces

Quien no conozca el lugar se preguntará cómo es posible que los arenales queden retenidos en el acusado declive de la colina, pero el secreto queda a la vista: en la bajada al mar dominan las sabinas que, en su búsqueda de nutrientes y de una humedad que aquí es escasa, han extendido una increíble malla subterránea de raíces que asoman como lianas a la superficie para volver a enterrarse y que en su abrazo retienen celosamente las arenas. Es un ámbito, sin embargo, de extrema fragilidad que debería protegerse. Todos los veranos sufre la brutal invasión de desaprensivos que se toman a juego bajar de mala manera por el arenal que, por lo que he podido comprobar, en las últimas décadas se ha reducido de forma alarmante. ¡Qué diferente es la preservación que vemos en otros lugares!

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