Ibiza 92, el brillo fugaz de unas noches de verano

El festival dejó su impronta en los anales de la gran fiesta ibicenca con un primer concierto mítico: Montserrat Caballé y Freddie Mercury

Montserrat Caballé y Freddie Mercury en KU.

Montserrat Caballé y Freddie Mercury en KU. / D.I.

Julio Herranz

A estas alturas de la película, cuando se cumplen tres décadas de la Olimpiada de Barcelona, es difícil evocar lo que supuso para los que estuvimos allí la presentación en la discoteca KU de la canción ‘Barcelona’, ese encuentro insólito entre la gran diva de la ópera Montserrat Caballé y el no menos divo en lo suyo Freddie Mercury. Ocurrió el 30 de mayo de 1987, cerrando lo que se anunció como la primera gala del Festival Ibiza 92, del que hubo varias entregas, aunque ninguna tuvo el impacto y la repercusión que la primera. Impacto que ha quedado diluido en el tiempo por el uso y abuso que las televisiones han hecho de esa imagen fulgurante. Pero para situarme en el tiempo, he ido a ver el vídeo original de aquella noche primaveral; y entonces sí, la magia aún funciona, pues nadie sabía lo que iba a ser aquel choque de trenes: la Caballé y el Mercury. Lo que saldría de ahí quedaba al albur de la imaginación personal; y por fijarme en la mía, la única fiable para especular, sospechaba que la cosa cojearía por algún lado. No sé; demasiado espectáculo, demasiado oropel, demasiada grandilocuencia musical y visual. Por ahí.

Pero todas mis prevenciones de crítico y aficionado, con el barrunto añadido de una puesta en escena que deslumbraba al menos curioso e impresionable por este tipo de fastos, se fueron al garete en cuanto la gran dama de la ópera catalana y el elegante dandy del pop británico tomaron el escenario ibicenco de la discoteca de San Rafael y desplegaron sus méritos de lujo en un alarde de gracia, dominio y facultades que nos llevaron a todos al huerto. Sin que a nadie le importara lo más mínimo que aquel sonido inspirado de una canción llamativa y poderosa, que escuchábamos por primera vez, fuera grabado; es decir que aquello fuera un play back. Eso al menos es lo que dijeron, pero volviéndolo a ver con atención ahora, me sigo maravillando de lo bien que lo hicieron ambos; con una complicidad encantadora como de viejos amigos que se conocen bien y se quieren de lejos.

Vamos, que hasta los fuegos artificiales del apoteosis final quedaron que ni pintados; así como las sonrisas embobadas de los hipnotizados espectadores que abarrotábamos el KU para asistir al nacimiento y puesta de largo de la canción emblema de unos Juegos Olímpicos que ocurrirían en el futuro de cinco largos años después. Y qué lejos queda todo ya. Sic transit gloria mundi.

Como esta serie de evocaciones artísticas apuestan, moderadamente, por la nostalgia, no está de más, creo, que dé unas pinceladas, más o menos precisas de lo que fue aquel invento de Ibiza 92. Dentro de lo que me enteré entonces, y cotejo ahora en Internet. Sí,más o menos las versiones son parecidas: la idea original del festival tiene la paternidad de Pino Sagliocco, un sagaz y polifacético promotor musical italiano relacionado con la Ibiza de la farándula y el brillo estival desde finales de los años setenta. Idea a la que se fueron sumando entidades como TVE, firmas de campanillas en esto del espectáculo, así como instituciones varias dispuestas a echar una mano y rentabilizar lo que aportaran a la causa. Vamos, que había garantía de que aquello iba en serio y que el evento merecía la pena: con el KU como escenario rutilante del epicentro mediterráneo de la fiesta, aprovechar el tirón olímpico del 92 como gancho promocional para que lo más granado del mundo festivo de la música internacional (y algo de la nacional, tampoco mucho) vendieran la Ibiza nocturna y fiestera como el no va más del entretenimiento. Y vaya que lo consiguió, desde luego. Porque fue a partir de entonces, de aquellos años de sueños cumplidos (para algunos) que la fórmula del gran éxito de la marca Ibiza empezó a desplegar sus alas voraces sin detenerse en otras consideraciones que no fueran el beneficio puro y duro, sobre todo para los que más apostaban por ese camino unívoco de algo parecido a un parque temático del glamour, el lujo, lo divino y el no va más.

Un festival para los anales de Ibiza

En fin, qué les voy a contar que ustedes no sepan a estas alturas. Y tampoco quiere uno ya amargarse la vida con escrúpulos éticos o estéticos. La edad y los achaques, casi sin notarlo, nos van bajando los humos de las quejas. Y aunque los principios vitales y tal sigan estando en su sitio, vigentes e insobornables, la energía, la rabia o la indignación tampoco son lo que eran, la verdad. Qué le vamos a hacer; es lo que hay. Y lo que más cuenta es que siga habiendo. Tiempo, claro.

Ibiza 92, pues. Un festival que dejó su impronta en los anales de la gran fiesta ibicenca de un tiempo que se fue dejando huellas varias y de variopinto calado para los distintos gustos y disgustos que quedaron atrás y más lejos de lo que nos parece a los que fuimos testigos más o menos directos y más o menos interesados. Así, hablando en primera persona y desde mi condición (accidental, ya lo he dicho en estas páginas) de periodista, musical mayormente, de Radio Diario de Ibiza, lo que más y mejor se me quedó en la memoria de Ibiza 92, aparte del show Caballé-Mercury, fueron unas series de actuaciones, o presencias más o menos extrañas, que me llamaron la atención por diferentes motivos y resonancias.

Qué pintaba el líder rebelde de The Mothers of Invention en aquella Ibiza de brillos fugaces y vanos

Tal fue el caso de Frank Zappa, a quien me topé de golpe en el back stage de una de las galas y casi me da un patatús. Qué pintaba el líder rebelde de The Mothers of Invention en aquella Ibiza de brillos fugaces y vanos. Ya ni recuerdo qué me dijeron cuando lo pregunté. O la actuación, fuera de contexto, de la cantautora norteamericana Suzanne Vega, de quien uno era admirador en los 80. Así como tipos que no pegaban ni con cola en aquel ambiente y entorno; tal fue el caso del otrora mi muy admirado Brian Wilson, líder de una de las bandas más vitamínicas de mi adolescencia, The Beach Boys. O el japonés evanescente y delicado Ryuchi Sakamoto, cuya música instrumental me pringaba de dulce melancolía. Y por fijarme en uno de los casos con más morro de los que pasaron por aquel escenario de fuegos fatuos: el dúo Milli Vanilli, dos modelazos alemanes grandes y de buen ver que habían tenido algún éxito veraniego sin cantar una nota en ningún estudio de grabación. Y tan tranquilos ellos.

Y nota final: no asistí a ninguna de las famosas fiestas que solía celebrar Pino Sagliocco en su residencia; por San Rafael, si mal no recuerdo. Solía hablarme de ellas un amigo común, el pintor Mario Arlati, a quien conozco y aprecio desde hace mucho tiempo y con quien he realizado algún que otro proyecto artístico, sólo o en compañía de otros poetas de la isla, como Colinas, Ben Clark o Toni Roca. Y es que uno, la verdad, no ha sido nunca muy aficionado a ese tipo de fiestas. Me suelen aburrir soberanamente, porque raramente encuentro ambientes propicios a mi particular estilo de diversión. En fin, limitaciones que acepto. Cada uno es cada cual.

Suscríbete para seguir leyendo