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Diario de Ibiza

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Estar en una una nube o cómo sucumbir al deseo de diseñar una

¿Qué tienen las nubes que tanto han cautivado e inspirado a los arquitectos a lo largo de la historia?

Big Piano (1972), Haus-Rucker-Co.

En un brillante artículo de la revista Quaderns, el arquitecto y catedrático de Composición arquitectónica Josep Quetglas se preguntaba por los motivos que podían llevar a tantos arquitectos a obsesionarse con las nubes, destacando lo paradójico de la situación; esto es, cómo la arquitectura moderna podía conciliar su racionalidad formal con el deseo ferviente de conquistar algo casi inexistente, etéreo, volátil:

«De John Ruskin -mirador de nubles- a Coop Himmelblau -que pintan nubes cenitales contra el azul celeste-; de Louis Sullivan -que cruza el continente americano como una nube, para llover sobre Chicago incendiada- a El Lissitskij -que tiende sus trampas estribanubes alrededor de Moscú-; de Otto Wagner -que fecunda Viena desde un balón nuboso de lluvia dorada - a Bruno Taut- con nubes de sombra polícroma sobre Magdeburgo coloreada. Llueve sobre los altares de Firminy. Hay una nube de hormigón gris sobre Ronchamp. En la sala de Asambleas de Chandigarh se concentran las nubes. Rem Koolhaas es un viajero que mira el mar de niebla a sus pies, desde los picos de Manhattan».

A pesar de que en nuestro imaginario el ejemplo más contundente de edificio-nube pueda estar representado por el Blur Building (2004), de los estadounidenses Elizabeth Diller y Ricardo Scofidio, no resulta este la primera tentativa de construir físicamente una nube.

Desde las expresivas ondas de hormigón de Jørn Utzon en la iglesia de Bagsvaerd a las fínisimas líneas trazadas a mano de Frank Ll. Wright, las reflejadas en las extraordinarias superficies de Superstudio o las delicadas intervenciones de Junya Ishigami, las nubes han acompañado a estos arquitectos durante toda su carrera en su ansiado deseo de dibujar la otra «cara» de la arquitectura, lo que está fuera, lo que parece no construirse pero es tan arquitectónico como lo construido.

Justo cuando se cumple 50 años de su creación, cabe reseñar uno de los proyectos-nube más icónicos que, a pesar de no ver nunca la luz, resulta hoy llamativo por su perspicaz apuesta a caballo entre una intervención lúdica, ambiental e, incluso, utópica. Big Piano (1972), de los austriacos Haus-Rucker-Co y diseñado para la Documenta V de Kassel, fue presentado como un instrumento musical urbano en forma de escalera. Esta conducía a una plataforma que se planeó instalar en la Friedrichsplatz de la ciudad alemana. Los escalones producirían sonidos, correspondientes a escalas cromáticas, cuando se pisaran. Así, mientras los visitantes subían y bajaban las escaleras producirían secuencias de tonos al azar, casi como una cacofonía de sonidos perfectamente audibles en el centro de la ciudad. Al final de esta, una nube artificial aparecía varias veces al día, ocultando la plataforma de visualización en la parte superior de la escalera. Esta nube transformada en un ambiente vivido, en una atmósfera artificial en medio de la ciudad, se convertiría, conforme los usuarios se apresuraran a subir hacia ella, en una suerte de Stairway to Heaven, a lo Led Zeppelin, en palabras de sus autores.

Lo efímero

Muchos más ejemplos se podrían citar, pero valga este para ilustrar cómo desde la segunda mitad del siglo XX las cualidades inmateriales y evanescentes del espacio recibirían una especial atención por parte de artistas y arquitectos, produciéndose un avance sustancial en la reformulación de una nueva arquitectura capaz de romper definitivamente con la dicotomía clásica de lo que está dentro y lo que está fuera para repensar el espacio como una apasionante secuencia de ambientes, microclimas, envolventes invisibles, etc.

Nubes, en definitiva, que nos arrancan de la seguridad de nuestro sistema cartesiano para llevarnos al terreno de la ambigüedad, lo indeterminado o lo efímero, en el que el espacio u objeto se desvanece en favor de una arquitectura que se convierte, en la práctica, en fenómeno. Un fenómeno representado a escala natural, «disuelto en su propia aura», borrando, o al menos difuminando, perceptivamente su materialidad, carácter tectónico o apariencia visual.

Este es el deseo al que se rendiría el arquitecto catalán sin poder explicar cómo la arquitectura había podido sucumbir de una forma tan febril.

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