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Diario de Ibiza

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Pagar el precio de admisión:el espectador dentro de la obra

Douglas Wheeler, ‘D-N SF 12 PG VI’ (2012).

A partir de la segunda mitad del siglo XX podemos constatar un cambio de tendencia en la manera en que el espectador es considerado dentro de determinadas disciplinas artísticas, pasando de ser mero contemplador de la obra a ser protagonista y modificarla. De esta manera, las fronteras de la obra artística se irían desdibujando para dar paso a un público con un rol mucho más activo.

Es concretamente en la década de 1960 donde observamos las propuestas más interesantes que colocaban de forma clara al espectador en el centro de la obra, como eje que articulaba y daba sentido a esta, involucrándole de forma definitiva. Es en presencia de este que la obra adquiría su verdadero sentido.

Situando al espectador como ocupante mismo del propio objeto artístico, determinados artistas como Bruce Nauman, Robert Irwin o Douglas Wheeler dieron un paso más allá a la hora de delimitar cuál era la función del espectador y qué importancia tenía este en el proceso de constitución de la obra. Dichos autores permitían al espectador entrar en el espacio provisto para la pieza, otorgándole la última palabra.

La percepción se planteaba aquí como un trabajo personal que correspondía a cada espectador. Y la forma más poderosa de hacerlo fue a través de la luz. El artista James Turrell lo ilustró perfectamente cuando, de forma metafórica, expresó: «Como seres humanos absorbemos realmente la luz en forma de vitamina D a través de la piel, de forma que somos literalmente comedores de luz, nos orientamos hacia ella y tenemos problemas si nos falta – tanto psicológicos como físicos». Aquí Turrell situaba al espectador al frente de la obra: si estaba dispuesto a entregarse a ella debía ser receptivo y generoso, liberándose de todo prejuicio. Turrell, de hecho, señaló en varias ocasiones la necesidad de «pagar el precio de admisión» para experimentar sus obras, refiriéndose a que el espectador debía implicarse con una visión sostenida a lo largo del tiempo. Sin este compromiso -o «sondeo»- sus obras eran prácticamente la nada, ya que una mirada rápida o una visita a un museo apenas podría desvelar simples planos bidimensionales de colores neutros o, tal vez, habitaciones vacías y oscuras.

James Turrell, ‘Ganzfeld Akhob’ (2013).

Sus obras cuestionaban la realidad misma del objeto artístico. El espectador se veía inmerso en una duda continua, tanto de la realidad física de la obra (en su materialidad y en su consistencia) como de la propia experiencia, así como acerca de la propia naturaleza física que lo posibilitaba. En sus piezas no es posible diferenciar entre luz y sujeto, pues este se nutre de la luz, y no solo a través de los ojos.

Así pues, para estos autores, el espectador debía introducirse en la propia obra, y no solo observarla. Y para ello uno debía deshacerse de códigos aprehendidos y posturas impuestas para descubrir todas las posibilidades que nos ofrece esta nueva realidad, muchas de las cuales pasan generalmente inadvertidas.

En clave arquitectónica, los aspectos perceptivos del arte que hemos visto aquí podrían ser trasladados hoy a la arquitectura, en especial en la forma en que la luz y el espacio son tratados. Un espacio que, en los términos planteados por estos artistas, es absorbido directamente por el individuo: no se contempla, se asimila corporalmente. En definitiva, el espacio se respira, se come.

Y es que como nos recuerda Turrell, «tenemos una conexión fortísima con la luz». Para el artista norteamericano, somos seres fotosintéticos: absorbemos la luz a través de la piel y la transformamos en vitamina D. Su ausencia, por el contrario, provoca depresión. «En vez de tomar Prozac habría que tomar el sol», apostilla Turrell.

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