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Diario de Ibiza

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Memoria de la isla

Los dibujos a la caña de 'Portmany'

«El profesor de la Universidad de Harvard Walter S. Cook y el crítico francés GuySelz, entre algunos otros, mencionan en ‘Portmany’ los áureos precedentes de Rembrandt, Goya y Daumier. Tres momentos históricos distantes, pero unidos por la fuerte intención expresiva de esa grafía primigenia y ese proto-código ancestral que es el dibujo. La actitud singular de Marí Ribas estriba en las energías espirituales expresadas en sus dibujos a través de esa apoteosis del claroscuro a la que llega después de un meditado proceso de liberación de los colores y las formas». D. Giralt-Miracle

En los muelles, pescadores y motoveleros. | MAGÓN

En cualquier rincón de La Marina, en los muelles, al pie del Rastrillo, en el Mercado o sentado en el bar Maravillas, Marí Ribas observa y plasma en sus cartones todo lo que ve, el ir y venir de las gentes, los corrillos, las caballerías y carros que llegan cargados con verduras y frutas, pescadores que zurcen sus redes... Son cuatro trazos nerviosos, manchas, apenas nada. Pero todo un mundo. Porque en sus modestos cartones, en el enigmático juego de sus aguadas y tintas, de luces y sombras, Marí Ribas atrapa la vida.

A partir del estudio exhaustivo que Giralt-Miracle dedica a Antoni Marí Ribas ‘Portmany’, poco se puede añadir que no esté ya dicho. Lo sabemos casi todo del personaje y del artista, de su trayectoria vital, de su talante bohemio, de su incondicional amor a la isla y a sus gentes, de sus temas y técnicas, y de su peculiar manera de trabajar con los medios más humildes, cartones, cañas y tinta… Aquí nos preguntamos, sobre todo, por la intencionalidad de su trabajo, por el sentido de su mirada. Más allá de la cotidianidad que le sirve de soporte, -la vida que en Ibiza y en sus días se hacía en la calle-, Marí Ribas, sin perder pie en una realidad que trata de interpretar con su abstracción, consigue la enigmática atemporalidad del Arte que en lo particular se universaliza y que de la anécdota hace categoría. En Portmany hemos visto a un cronista, una guisa de notario que con sus dibujos levantaba acta de lo que veía. Pero no era sólo eso. Marí Ribas estaba lejos de quedarse en la sola descripción.

En sus dibujos hay curiosidad, hay admiración y, por encima de todo, hay una búsqueda incisiva, una terca indagación, un hacerse continuas preguntas, una necesidad de encontrar significado a lo que ve. Sus motivos o temas son mero pretexto. Lo que Marí Ribas quiere es capturar la esencia de lo que desfila ante sus ojos y expresarla en los juegos de luces y sombras que tiene la propia vida. Sería una ingenuidad obviar la pulsión metafísica de sus rasgados y tachaduras, de la progresiva abstracción que tienen sus dibujos. Que también son un vivencial canto a la vida, a un tiempo gozoso y doliente. En sus dibujos hay ternura y conmiseración, pero también desconcierto y rabia frente al confuso puzle de lo cotidiano, ese desfile continuo y oscuro de circunstancias y de gentes. Tal vez por eso se aplica en captar todas las perspectivas, todos los movimientos, todos los matices. Con urgencia. Como si el tiempo se le escapara. Como si el mundo estuviera a punto de desaparecer. Hace 40 dibujos en una mañana. Y son como fogonazos. Caligráficos. Instantáneos. Viscerales. Informales. Pero rotundos y precisos.

El color

Se le ha cuestionado su anclaje en la tinta, su rechazo al color que ve innecesario, incluso inconveniente. Está convencido de que los grises recogen mejor los claroscuros de la realidad. No es distinta, por cierto, la visión que Enrique Fajarnés nos deja en su Viaje a Ibiza: «Todos los retazos de la humanidad isleña están teñidos de un gris uniforme; quien intente destacarse con brillantes colores quedará desarticulado, penderá del vacío» Y desconcertaban también sus pequeños formatos. Con motivo del ‘V Salón de Arte Ibicenco’, en 1943, Marià Villangómez comenta en el Diario de Ibiza que nuestro hombre «sigue sin atreverse con obras de mayor empeño» Es una puya cariñosa de quien le admira, pues bien sabe nuestro poeta mayor que el Arte no depende de colores ni tamaños. ¿Quién se atrevería a cuestionar los pequeños aguafuertes de Goya, obras que, a pesar de su reducido formato, están entre lo mejor de su obra y tienen potencia sobrada para crearle problemas con la Inquisición? A Marí Ribas le importa un comino el lucimiento del color y la espectacularidad del gran lienzo. Su camino es otro, modesto pero no menor. En Marí Ribas, los acusados contrastes del blanco y negro registran mejor los secretos de la realidad y responden a ese punto de fatalismo que provoca, en quien piensa, el sólo hecho de vivir.

Tal com raja, así dibuja Portmany. Y es cierto que sus estampas, siendo descaradamente alusivas, no tienen lectura fácil. Y no tienen por qué tenerla. Su trabajo exige que nos adaptemos a su expresividad y nos objetivemos en ella. Podemos intuirla, la podemos vivenciar, pero no es fácil explicarla. ¿Qué podemos decir de esas mujeres que nos dan la espalda y llevan un niño de la mano? (1 y 12) ¿Qué se cuece en esos corrillos, poco más que sombras, de hombres acuclillados en los muelles? (2 y 18) ¿Qué lectura cabe hacer de ese hombre arrodillado, todo luz, entre figuras negras? (94). Marí Ribas nos deja preguntas, no respuestas. Y su mensaje, -si hay mensaje-, en ningún caso es complaciente. Lo que vemos en su trabajo es una grafía obsesiva, enfebrecida, airada en ocasiones. Si repasamos sus cartones, es imposible reconocer la Isla Blanca de Rusiñol, la Ibiza feliz que se mira el ombligo.

Es como si sus dibujos le dieran la vuelta a la realidad y nos descubrieran su otro lado, su revés. Y lo que nos deja, lejos de ser una colección de dibujos aislados o inconexos, es una prodigiosa galería, un relato de secuencias que se siguen ,sin solución de continuidad, complementándose, explicándose unas a otras, tratando empecinadamente de aportar señales para interpretar ese puzle imposible que es para todos esa realidad hecha de momentos, instantes que fluyen y se nos escapan, ese presente que cuando lo queremos atrapar es ya pasado. Que sus dibujos se nos resistan no es mala cosa. Es suficiente que nos impacten, que nos sorprendan, que nos conmuevan. Y que sobrevivan como preguntas. Precisamente por eso su obra siempre nos dice algo, siempre nos hace pensar y, en muchos sentidos, sigue siendo inabarcable.

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