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Es Vedranell: 12 años después

La última vez que el botánico Joan Rita recorrió es Vedranell fue en 2010, hace 12 años. El pasado 12 de mayo volvió allí junto a la doctora en Botánica Joana Cursach y el doctor Miquel Capó para continuar elaborando la lista de la flora de ese pequeño y complicado islote, una tarea difícil dada su endiablada orografía. Es Diari les acompañó

Es Vedranell: 12 años después

Es Vedranell: 12 años después José Miguel L. Romero

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Es Vedranell: 12 años después José Miguel L. Romero

No, no puede ser. ¿Es broma? ¿Por ahí? Me toman el pelo. Pero si es imposible. Pero sí, no sólo será por ahí, es que además hay pocas alternativas y será posible, sí o sí. Hace escasos minutos, en la travesía entre el embarque en el muelle de Cala d’Hort y es Vedranell, el patrón de la lancha de las Reservas Naturales, Abel O’Fferrall (a pesar del apellido es gaditano, algo que se nota con sólo escucharle), lo ha advertido: «Es Vedranell no es fácil». Y tanto. Pero desembarcar por allí parece descabellado. Es complicado hacerlo en es Vaixell y, en ocasiones, en s’Espartar o es Vedrà. Pero esto parece sólo apto para Spiderman. La lancha se ha adentrado en s’Olleta, una recoleta bahía de aguas profundas y turquesas rodeada por unos muros de piedra aparentemente infranqueables. Se antoja que por aquellas paredes, de las que en una zona hasta cuelgan estalactitas, sólo puedan trepar Alex Honnold o Tommy Caldwell. Pero O’Fferrall, que aprendió el oficio embarcado en el buque escuela ‘Juan Sebastián Elcano’, lo tiene claro: subiremos por ahí, por es Desembarcador de sa Cova de s’Aigo. Hay otros dos emplazamientos para saltar en esa bahía. Los tiene marcados con rotulador verde en un mapa: uno está cerca de sa Punta de s’Olleta; el otro, en es Racó de s’Olleta. Pero el botánico Joan Rita, profesor de la Universitat de les Illes Balears (UIB), la doctora en Botánica Joana Cursach y el también doctor en esa materia Miquel Capó quieren visitar primero sa Punta de sa Gorra, la zona más meridional y oriental, que es casi como otra isla, pues está separada por un profundo barranco de la espina dorsal de es Vedranell. De hecho, la orografía es tan abrupta en esa parte que para pasar de un lado a otro hay que embarcar de nuevo y desembarcar en otro punto. No, es Vedranell no es nada fácil. Y aunque está separada de es Vedrà por un canal de sólo 300 metros, «es otro mundo», apunta Rita.

La doctora Joana Cursach recoge plantas en un acantilado. José Miguel L. Romero

A simple vista no se ve, parece una pared casi vertical de piedra caliza cortante, pero O’Fferrall sabe que allí, mimetizado, hay un pequeño saliente que cuelga, como suspendido, a medio metro del agua y al que es posible acceder si el mar no está muy agitado, que no lo está, aunque la embarcación se balancee arriba, abajo, constantemente. Se desembarca de uno en uno: Carles Ros Ferrer maniobra la embarcación con sumo cuidado, adelante y atrás, cada vez que salta uno para evitar impactar contra esa afilada pared.

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Es Vedranell: 12 años después

Hace 12 años que Joan Rita no pisa es Vedranell. La última vez que identificó especies vegetales en ese abrupto islote fue en 2010. Ya tocaba regresar: «Hace tiempo que no vamos. Debemos mirarla entera». Pero patearla de punta a punta no es sencillo. Es Vedranell tiene un perímetro de 2.835 metros y una superficie de endiablados 187.000 metros cuadrados: es complicado trepar por sus escarpadas paredes, aún más al otro lado de sa Punta de sa Gorra, donde quienes han accedido aseguran que lo peor es la sensación de inestabilidad, de que el suelo se desmorone a cada paso. «Es Vedranell es muy difícil de trabajar», señala Rita. No lo parecía desde Cala d’Hort, pero visto de cerca es otra cosa: sus acantilados parecen murallas inaccesibles. En sus casi tres kilómetros de costa, O’Fferrall sólo tiene marcados otros cinco posibles embarcaderos al margen de s’Olleta.

Rita introduce ruda en una bolsa para analizarla en el laboratorio. José Miguel L. Romero

Un camino de arbustos

Desde es sa Cova de s’Aigo hasta la cima hay 86 metros de escalada por rocas afiladas (visto cómo quedaron las manos de este redactor en es Vedrà, decidió usar aquí unos guantes que, al final del día, acabaron rotos por varios dedos y la palma) y por zonas tapizadas por Whitania frutescens, sobre la que no queda más remedio que caminar porque no hay caminos ni apenas superficies áridas. Patear por encima de los bosques de este arbusto es como hacerlo sobre un mullido colchón que a veces cruje (cuando se rompen las ramas), pero con la duda de ignorar qué hay debajo: al margen de los bichos (mejor no pensar en ellos), no se ve si el suelo está a escasos centímetros o si hay un hueco de dos metros. Alguno mete la pata, literalmente, hasta la ingle, lo cual, además de que, por el susto, no es agradable, puede ser peligroso.

Las gaviotas reciben con sus aullidos a los botánicos y al agente de medio ambiente que los acompaña, Miquel Ramis, con el propósito de expulsar a esos intrusos bípedos. Enseguida se ve por qué no son bienvenidos: entre las rocas, entre las plantas, por doquier, hay huevos de gaviota patiamarilla (Larus michahellis). Dos polluelos (uno acaba de salir del cascarón, que lo lleva pegado aún como si fuera Calimero) pían convulsivamente cuando se les aproximan los botánicos, que como tales los ignoran: han venido a estudiar vegetales. Ni siquiera el caracol endémico (Trochoidea ebusitana vedranellensis) o las lagartijas propias de ese islote (Podarcis pityusensis vedranellensis), extremadamente huidizas (es complicado acercarse a ellas a menos de cuatro metros), parecen despertarles curiosidad, pese al llamativo color de esos reptiles, azulado con franjas verdosas y amarillas, y a su acusado gigantismo (son enormes). Joan Rita, no obstante, recuerda que en un estudio del Imedea (Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados) se cuenta que la lagartija es muy útil para la Whitania frutescens porque facilita su polinización y porque dispersa sus frutos.

Constantemente, tras encontrar algún vegetal, los botánicos anotan el hallazgo y debaten cuál puede ser. José Miguel L. Romero

El objetivo de los tres botánicos es continuar elaborando la lista de plantas que hicieron hace 12 años «y comprobar si hay algunas nuevas» que no aparecen en ese registro. En tantísimos metros cuadrados de un islote tan complicado de recorrer, es lógico que algo se les escapara hace tres lustros: «Nunca puedes muestrear toda la isla. Este tipo de catálogos se completan con sucesivas visitas en distintas épocas del año y en diversas zonas», explica Rita, que desde los años 80 ha visitado innumerables veces es Vedrà. Es un estudio de biodiversidad «para comparar en el tiempo». Por eso es necesario «inventariar» constantemente. De hecho, a lo largo del día hallaran «bastantes plantas que no se habían citado antes». El catálogo «se ha mejorado mucho» con esta nueva visita, si bien aún han de «procesar las muestras» en el laboratorio, comentará el botánico al final del día. Porque mientras ascienden hasta la cima de sa Punta de sa Gorra recogen ejemplares de plantas y los introducen en bolsas para analizarlos y distinguirlos posteriormente con lupa: «A veces hay diferencias taxonómicas, hasta tres en algunos casos». Sólo con lentes de aumentos pueden diferenciar a cuál pertenecen.

Ves más cuando te agachas

Joana Cursach anota en unos folios divididos en columnas y franjas qué especies van encontrando. Hay una espacio para cada paraje de las reservas naturales de es Vedrà, es Vedranell y los islotes de Ponent (incluso para los más pequeños, como sa Galera o el Escull de Cala d’Hort). La primera columna está destinada, precisamente, para la isla que muestrean ahora. Ya ha marcado con una cruz varias especies: Aetheorhiza bulbosa subsp. bulbosa, Ajuga iva, Allium ampeloprasum, Allium roseum, Asphodelus fistulosus, Biscutella ebusitana, Calendula tripterocarpa, Chamaerops humilis, Consentinea vellea, Convolvulus siculus, Diplotaxis ibicencis… En amarillo aparecen subrayados los endemismos.

No es fácil atravesar es Vedranell. En esta parte se camina, primero, sobre arbustos; luego, a través de una pared casi vertical. José Miguel L. Romero

Cursach pasa casi todo el rato de cuclillas, con la vista fija en el suelo, rodeada, casi tapada, por las plantas: «Hay más cosas de lo que parece cuando te agachas», comenta con la vista a escasos centímetros del suelo. Entre los tres hay una especie de competición (de buen rollo, incluso se ríen, ese sutil humor botánico no apto para neófitos) por ver qué especies encuentran, si son raras o si hay combinaciones peculiares. «¡¡Euphorbia terracina!!», exclama Cursach. Es una novedad que acogen con entusiasmo. A veces alguno suelta «he visto cosas», o alguien pregunta«¿has visto cosas nuevas?». «A veces veo plantas», está a punto de decir este redactor para entrar en el juego, pero calla. Se paran continuamente a observar ejemplares, como un geranio florido de fino tallo, una característica que impide, detalla Joan Rita, que se lo zampe la oruga de la Cacyreus marshalli, la que horada esas plantas hornamentales.

Mientras atraviesan la frondosa garriga, Rita explica cómo cada planta se va estableciendo según la insolación, la humedad, la salinidad… Hay un orden según la altura. Primero aparece el fonoll, «que resiste incluso que le caiga el agua marina»; después, la suaeda («con la que antaño se fabricaba jabón porque tiene mucho sodio», explica), que es mas «propia de zonas salinas». Luego, la whitonia. Después, más arriba y más protegidas, emergen ramas de ullastre junto a unas rocas calcáreas.

El helecho raro raro

Caminar al lado de los tres científicos es como tener acceso inalámbrico (separada 800 metros de la isla de Ibiza, allí hay poca cobertura) a una especie de Google de la botánica. Rita se fija en una planta que, explica, es un helecho. No lo parece. Es un helecho raro raro: Consentinea vellea. «Lo estábamos buscando. No es endémico, pero no es fácil de ver». Es extraño porque, al contrario de los helechos que normalmente hay en los bosques, este aguanta fenomenal la insolación: «Es de los pocos que lo hacen», afirma. Es pequeño y puebla las fisuras de las rocas: «Cuando recibe mucha insolación, se deshidrata. Entonces se recoge. Sus tejidos no mueren. Se cubre de unos pelillos marrones que hacen la función de espejo para reflejar la luz. Así aguantan hasta que vuelve a caer agua sobre ellos. En ese momento se abre y vuelve a hacer la fotosíntesis. Se adaptan a las condiciones más adversas, lo cual es raro en un helecho, pues son muy sensibles».

Cursach cerca de s'Olleta de es Vedranell y, al fondo, es Vedrà. José Miguel L. Romero

Alborozo: acaban de encontrar Patellifolia patellaris, «de la familia de las bledes». Rita dice que sólo la ha visto aquí, en este islote. Gran novedad, por tanto. Cerca de esa planta hay decenas de huesos de aceituna. «Los regurgitan las gaviotas». El camino está sembrado de esos depósitos, en los que también suele haber restos de lapas, conchas de moluscos y hasta huesos de sepia.

¿Qué hace aquí una palmera?

Una Chamaerops humilis se aferra a una pared rocosa prácticamente desnuda. Es otra de las peculiaridades de es Vedranell: se trata de un palmito, una palmera enana que sólo se encuentra allí y en es Vedrà. «¿Cómo ha llegado aquí esta palmerita?», se pregunta Rita. Produce pequeños dátiles. De ahí que una posible respuesta sea que un ave la trajera desde otra zona hasta aquí hace mucho, mucho tiempo. Pero Joan Rita hace una observación al respecto: «Normalmente, son los mamíferos los que dispersan esas semillas». «¿Cómo ha llegado aquí?», sigue meditando mientras la observa. Porque en esa isla, salvo ratas, no hay más mamíferos (hubo conejos, ya no). Las ratas son un problema para las aves, pero Joan Rita no tiene claro que afecten gravemente a la flora: «Quizás a las plantas más pequeñas. También comen semillas y frutos. Pero es difícil de detectar el daño que hacen», más que si fueran cabras (como sucedió en es Vedrà hasta su erradicación) o conejos (como en s’Espartar). Sólo apreciarían el daño si esos roedores fueran exterminados: «Entonces se vería qué crece sin ellos».

Pollo de gaviota. José Miguel L. Romero

La cima (no es la más alta de es Vedranell, que en medio de la cresta de su parte más alargada alcanza los 123 metros) está plagada de densos arbustos de Whitania frutescens, que casi ocupan todo ese penacho, pero también hay cuatro sabinas. La sabina que da al sur (donde el calor es más acusado) está más reseca, mientras que las otras tres (sobre todo una) tienen gruesos troncos, numerosos frutos y sus hojas tienen un intenso y vital color verde oscuro. A 300 metros, en es Vedrà, esos árboles se empiezan a recuperar después de que las cabras, que hasta roían su tronco, dejaran algunos casi muertos (o directamente los aniquilaran).

En esa cima, Rita recoge unas ramas de ruda (Ruta chalepensis). Y en cuanto lo hace, se desprende a su alrededor un olor muy intenso, fétido. El botánico siempre avisa cuando hay una ruda cerca porque suele afectar a la piel, a veces no en el momento de rozarse con ella (de ahí que a estos islotes haya que ir vestido con pantalones largos, por mucho calor que haga), sino mucho más tarde. Se debe, explica, a las sustancias que contiene esta planta medicinal (que aumenta la resistencia de los vasos sanguíneos capilares, lo que reduce las hemorragias; se ha usado tradicionalmente para regular la menstruación, incluso para provocar abortos y acabar con la solitaria), que si bien forma parte de la composición de las herbes eivissenques, se empleaen una pequeña proporción, pues puede resultar muy tóxica.

Una lagartija endémica del islote. José Miguel L. Romero

Lleva gafas, pero la vista de Joan Rita es prodigiosa. Al acabar de rodar un breve vídeo [ver en la web de Diario de Ibiza] en lo alto de es Vedranell y con es Vedrà de fondo, va raudo y directo a unas rocas: «Perdona, es que mientras hablaba en la grabación he visto una planta que no teníamos». Visión de lince botánico, capaz de encontrar una monocotiledónea en un pajar.

Luego toca descender por el acantilado, y embarcar y desembarcar al otro lado de es Vedranell, donde de nuevo los tres observarán con esa vista de lince botánico cada recoveco. Y al día siguiente, lo mismo. Y así año tras año.

Y además

Los ciclos de la cochinilla en los islotes

¿Y hay en es Vedranell alguna especie introducida, al margen de la rata, que provoque daños? Joan Rita cree que no. Un día antes, el miércoles 11 de mayo, visitaron s’Espartar, donde hace años se detectó la presencia de la cochinilla algodonosa (Icerya purchasii) o acanalada, un insecto que tiene la apariencia de un pegote de pasta dentífrica blanca y cuyo peligro es que se aferra a la Medicago citrina para chuparle la savia. Las plantas afectadas por este bicho están raquíticas. Sus hojas están apagadas. Los tres botánicos la han visto allí hasta en los inaccesibles acantilados, aunque no en todos los arbustos. Esta especie invasora sigue aferrada a s’Espartar, pero la Medicago citrina «aguanta». «El insecto sigue, pero sin desbordarse, sin convertirse en una plaga. De hecho, la población de medicago continúa sana», explica Rita, que habla de «posibles ciclos» de afectación de la cochinilla: unos años más, otros años menos. Hace tiempo también causó estragos en na Bosc, pero la planta se ha recuperado: «Son ciclos», cree Rita, que hace tiempo propuso introducir allí su depredador natural, el escarabajo (una mariquita) Rodolia cardinalis, pues considera que sería la solución más eficaz para su control biológico. El problema es que introducir una especie invasora en una reserva natural «es un decisión delicada», además de estar prohibido. Pero resulta que el naturalista Jordi Serapio ya ha detectado ese depredador en s’Espartar y en es Malvins. Posiblemente llegara allí casual e involuntariamente, por lo que es cuestión de tiempo que se naturalice y frene la expansión de la cochinilla.

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