Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Memoria de la isla: del mar y de la pesca

«Les costes de les Pitiusas formiguegen de peixos; diuen que en compten cent quarante-nou espècies, i, llevat dels casos en què fa molt mal temps, la pesca és sempre fructuosa. Però la venda és tan precària que els pescadors estan condemnats a la pobresa. Els peixos més apreciats van a un franc el quilo, la segona qualitat es ven a 50 cèntims, i la tercera a 25 cèntims». ‘Les illes oblidades’. Gaston Vuillier

Limpiando las redes. Archivo magón

En la Penya y en el barrio de la Bomba, las casas de los pescadores olían a mar. Aunque Ibiza y Formentera han dado buenos pescadores y marineros, cosa muy propia de las islas, el mar ha sido para la mayoría de sus habitantes y hasta tiempos recientes un medio extraño que se percibía con prevención y respeto. Basta repasar nuestras populares rondallas para constatar la escasa presencia que el mar tiene en ellas. Diría, incluso, que hasta bien entrado el siglo pasado, los ibicencos vivían de espaldas al mar. Hasta tal punto era así que muy pocos sabían nadar. Las playas como lugares de baño y ocio, tal como las conocemos ahora, nos las descubrió el turismo a partir de los años 60. Antes de entonces, nuestras familias podían hacer una excursión a un arenal o a una cala, pero para hacer una paella.

Y cuando los niños íbamos a nadar, a fer un cabussó, lo hacíamos desde las rocas de s’Arany, del Botafoc o del Salt de s’Ase. Sólo algunos años después, paulatinamente, el personal fue adquiriendo la costumbre del baño en las playas más cercanas a la ciudad, Talamanca y Figueretes. La platja d’en Bossa todavía nos parecía que estaba demasiado lejos y durante algunos años permaneció deshabitada. En una Ibiza preturística, el mar era poco más que un horizonte. Exceptuando el caso de Vila, ciudad portuaria y, por tanto, con un natural contacto con el mar, la vida en la geografía interior se hacía de puertas adentro.

Cuesta creerlo cuando luego hemos visto la salvaje urbanización que han experimentado nuestros litorales, cuando nos faltan amarres para tantísimas embarcaciones de recreo y cuando el trayecto entre las Pitiusas es uno de los más transitados del Mediterráneo. Todo ello, sin embargo, en términos históricos, son fenómenos relativamente recientes. Antes de que llegara el turismo, como cualquiera puede ver, las casas rurales rara vez estaban junto al mar. Era más lógico ubicarlas en tierras de cultivo, no en los improductivos roquedales costeros. Y si retrocedemos todavía más, del siglo XVIII hacia atrás, el mar provocaba más inseguridad y miedo que confianza. El peligro venía del mar y ¡moros en la costa! fue un grito de desgraciada cotidianidad.

Escasa atención

Pero volviendo a la cuestión que comentaba de la pesca y dejando de lado la que hacían de vez en cuando algunos payeses que con su pequeña barca buscaban en el mar distracción y un complemento a su precaria despensa familiar, la pesca no ha podido considerarse en ningún momento una actividad económica relevante o, por así decirlo, que diese vida a la isla. Abastecía el consumo interior y, las más de las veces, ni tan siquiera eso. Lo que no deja de ser sorprendente en una isla y en unas aguas con una rica fauna marina.

Fuera por lo que fuese, la pesca ha merecido muy escasa atención y lo prueba el que carezcamos de una crónica bien hilada sobre nuestros pescadores y su mundo. Es un vacío que sorprende y que no se corresponde con las vivencias que en los años 50 teníamos los niños que crecimos en el barrio de la Marina y, sobre todo, cuando la tercera parte de la ciudad -la de los abigarrados barrios de la Penya y de la Bomba- estaba ocupada por gentes de la mar, mayoritariamente pescadores.

Si dejamos de lado las otras dos actividades del puerto, la de los correos y la de los motoveleros que hacían el cabotaje entre las islas y la Península, la tercera actividad portuaria era precisamente la de los pescadores. Tanto era así que toda la rinconada de levante de los muelles estaba relacionada con la actividad pesquera. Allí estaba el pequeño astillero de sa Riba, allí tenían su amarre las barcas de bou y los llaüts que se dedicaban a la pesca y allí estaban las Barracas, dos enormes casonas que funcionaban como pósito donde los pescadores guardaban redes y aparejos. Aquel final del puerto era un muelle estrictamente pesquero. Las losas de los muelles se utilizaban como secadero de las mallas y recostados en el paredón de la escollera, que llamábamos y todavía llamamos el Muro, era habitual ver a las mujeres y a los ancianos que ya no salían a marear zurciendo los rotos que el arrastre y las capturas dejaban en las redes.

Recuerdo, muy temprano, todos los días, la llegada de las barcas con su bodegón de peces en las cubiertas, alatxes, verats, sorells, bonítols, llampugues, molls, jarrets, congres, morenes, pops, calamars, llagostes y, de vez en cuando, alguna tortuga. Y una imagen asimismo cotidiana era la clasificación del pescado y el recorrido que luego hacía, separado en cajas por especies y tamaños, en grandes carromatos que empujaban las mujeres de los pescadores hacia la Pescadería donde tenían su puesto de venta.

Compartir el artículo

stats