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Dominical | El reportaje

¿Cómo desafiar la tiranía digital... No hagas NADA

Se multiplican los ensayos y manifiestos que animan a plantar cara a la lógica productivista y absorbente de la cultura digital y la economía de la atención buscando espacios para desconectar de lo virtual

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Y si la próxima revolución consistiera en no hacer nada? ¿Y si en este siglo XXI digital e inflado de Big Data, las personas decidieran tomar distancia de las pantallas y empezaran a primar las relaciones físicas sobre las virtuales, que tanto protagonismo han alcanzado durante la pandemia, y las conversaciones cara a cara sobre el ruido de las redes sociales o la notificación del último mensaje del Whatsapp? ¿Qué pasaría si costumbres denostadas como la pereza o el aburrimiento se liberaran del estigma que les persigue y comenzaran a ser cultivadas por una población que hoy no se quita de la boca la queja de vivir a la carrera y sin tiempo ni para respirar?

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Hay un hilo invisible, pero firme, que conecta el teletrabajo con las condiciones laborales de los riders, el diseño de las apps de redes sociales y su scroll infinito con el insomnio que padecen los adictos a los ansiolíticos, y los atracones de teleseries con la epidemia de soledad que revelan los estudios sociológicos.

La parte luminosa de ese cuadro es un crisol de servicios digitales que habrían parecido una ensoñación futurista hace apenas un par de décadas. Hoy conocemos, minuto a minuto, lo que hace cada personaje público o de nuestro entorno y podemos celebrárselo al instante dándole un like. Dos golpes de pulgar sobre la pantalla del móvil son suficientes para que un repartidor aparezca por la puerta de casa con una papaya cultivada en la otra punta del planeta, y un variado menú de plataformas de videollamadas nos permite celebrar encuentros virtuales con amigos y familiares cuyos rostros no hemos visto en mucho tiempo.

Día a día exigente y precario

El reverso de ese escenario confortable y optimista es un runrún sordo, pero cada vez más apremiante, que habla de cuadros de ansiedad por uso abusivo de las pantallas, inacabables jornadas laborales en las profesiones digitales a cambio de sueldos míseros que no dan para vivir y aumento del consumo de psicofármacos para hacer frente a un día a día exigente y precario.

En los últimos meses, este malestar difuso pero real, doloroso pero sin diagnóstico claro que lo defina ni discurso político que lo defienda, ha empezado a traducirse en un caudal de ensayos, estudios y manifiestos que, como afirmaba el célebre meme del grafiti, denuncian que «emosido engañados» por la tecnología y su falsa promesa de felicidad y, a renglón seguido, plantean fórmulas para tratar de esquivar el sentimiento de explotación que ha calado entre una parte importante de la población que anda perdida entre su dependencia tecnológica y la insatisfacción personal que esta le produce. La propuesta más radical invita a poner pie en pared ante esa lógica perversa que, a cambio de permanecer conectados, nos exige vivir desasosegados.

«Nada cuesta más que no hacer nada. En un mundo en el que nuestro valor viene determinado por nuestra productividad, las tecnologías que usamos a diario captan, optimizan y se apropian de todos nuestros minutos, entendidos como recursos financieros». Con esta rotunda afirmación arranca el ensayo Cómo no hacer nada. Resistirse a la economía de la atención (Ariel), en el que su autora, la artista y docente de la Universidad de Stanford Jenny Odell, conecta los usos y costumbres digitales con la lógica neoliberal que nos organiza la vida en función de nuestra capacidad para producir y generar rendimientos económicos.

Procesos de alienación

«Hoy, cualquier uso digital, desde emitir paquetes de información por las redes sociales hasta ver, una tras otra, series por plataformas, forma parte del mismo proceso de alienación en beneficio de la acumulación de capital. Ya sea como productores de trabajo inmaterial, de imagen activa o de datos pasivos, en el mundo digital nunca dejamos de producir», reconoce Enric Puig Punyet, filósofo, director del centro cultural Arts Santa Mónica de Barcelona y autor de ‘Los cuerpos rotos (Clave Intelectual)’, ensayo escrito durante la pandemia en el que previene contra el marchamo de «entorno infalible» con que hoy se nos presenta la experiencia digital en detrimento de nuestros cuerpos físicos, asociados a los contagios y en horas bajas ante la eclosión del teletrabajo y las videollamadas.

«La tecnología se ha hecho portátil y siempre viene con nosotros, de manera que el trabajo, también. Bajo el espejismo de que podemos terminar un trabajo, caemos en él, pero ese aparente cierre genera nuevas tareas. Así, encadenamos trabajos en los que el placer no radica en realizarlos, sino en sentir que los terminamos por fin, porque pesan como una losa», dice la ensayista Remedios Zafra, del Instituto de Filosofía del CSIC, que acaba de publicar ‘Frágiles’ (Anagrama), ensayo donde denuncia los elevados niveles de «agotamiento, ansiedad y sobremedicación» que hoy asolan a los trabajadores digitales. «Una de las mayores desigualdades contemporáneas tiene que ver, no con el acceso a la tecnología, sino con tener control sobre el tiempo de acceso a la tecnología», subraya.

Ante este panorama, Jenny Odell invita a «no hacer nada» como expresión de un ejercicio revolucionario. «Se trata de desmarcarnos de la economía de la atención y la vida optimizada que transcurre on-line y preservar tiempo y espacios para actividades y pensamientos que no sean instrumentales ni comerciales», propone en su manifiesto, que coincide con la solución que plantea Remedios Zafra en el suyo: «Ante la ceguera que provoca el exceso de estímulos de las pantallas, los tiempos vacíos y alejados de la tecnología son más necesarios que nunca. No para coger más fuerza productiva, sino para reflexionar y sanarnos. Sin ellos, no podremos sostenernos individual ni colectivamente», advierte la pensadora.

Crítica al modelo neoliberal

Bajo todas estas llamadas a la pausa late una feroz crítica al modelo neoliberal que no solo gobierna la economía, sino también determina la vida privada de las personas, y al que la cultura digital parece haber dotado de discurso y recursos. «Las redes sociales y el culto al like promueven una competitividad constante. Primero entre todos, sobreexcitando nuestro deseo y convirtiendo las relaciones personales en un ejercicio de consumo, pero también a nivel individual, porque nos sentimos obligados a mostrar siempre nuestra mejor versión. Nos convertimos en empresarios emprendedores de nosotros mismos», analiza Juan Evaristo Valls Boix, profesor de Filosofía Contemporánea y Teoría del Arte en la Universitat de Barcelona y uno de los participantes de la exposición So Lazy. Elogio del derroche, que el pasado invierno, en el Caixaforum de Barcelona, invitó a reflexionar, desde la ironía y a través del arte, acerca de la pereza como una forma de «resistencia contra el utilitarismo que perpetúa un neoliberalismo que no reparte ni asegura una vida digna», según rezaba su programa.

En los exigentes tiempos que vivimos, reivindicar la pereza como leit motiv suena a exotismo sospechoso. «Antes habría que resignificar esta palabra, que hoy se asocia a inutilidad y fracaso, y defenderla como una forma de disidencia y emancipación, de resistencia pasiva. Se trata de elegir la pereza como quien se declara en huelga de este modelo neoliberal que nos imponen», responde Valls Boix, en cuyo ensayo del otoño pasado, ‘Giorgio Agamben: Política sin obra’ (Gedisa), analiza la censura que el pensador italiano hace a los dispositivos que convierten la vida en un producto rentable y gobernable.

Hasta la fecha, la crítica a la colonización que la esfera digital lleva a cabo sobre todos los ámbitos de la vida se ha movido en los parámetros de la reflexión filosófica y la creación artística, y más como la expresión argumentada de un lamento que como un programa concreto de acciones prácticas. Aterrizando el debate sobre la vida real, ¿es posible plantear la desconexión de lo virtual cuando el sustento de muchos individuos depende, precisamente, de una pantalla?

Según Enric Puig, la invitación a «no hacer nada» para esquivar las tiranías que conlleva la economía digital parte de un «posicionamiento burgués» que rechaza. «Para los repartidores de Glovo que expusieron sus cuerpos en medio de la pandemia, no hacer nada no era una opción», advierte el filósofo, que se declara más partidario de negociar y tratar de controlar los horarios y el impacto que lo digital tiene en nuestras vidas antes que abrazar otras formas de resistencia.

Condiciones laborales

Para el economista Daniel Raventós, este dilema social y cultural está traspasado por otro de carácter estructural: «Quien no tiene la existencia material garantizada, no es libre. Esto lo sabemos desde la Antigua Grecia, pero parece que no queremos verlo», se queja el profesor de la Universitat de Barcelona y uno de los más férreos defensores de la renta básica como fórmula para corregir los desequilibrios más dañinos que se dan en la sociedad. «Si a partir de mañana diéramos una renta mensual de 750 euros al 24 % de ciudadanos de este país que hoy viven por debajo del umbral de la pobreza, desaparecían de golpe todos los trabajos de mierda, muchos de los cuales se desarrollan en la economía digital y hoy son atendidos por quienes no tienen una alternativa mejor para sobrevivir», sentencia.

Hacer realidad esta propuesta depende de la política y escapa a quienes, día a día, se ven obligados a batirse en la centrifugadora de horarios infames, sobrecargas laborales y postureo virtual.

Para estos, Jenny Odell tiene una recomendación: «Sugiero que adoptemos una actitud protectora hacia nosotros mismos, hacia los demás y hacia todo lo que nos hace seres humanos». En palabras de Remedios Zafra: «Tendamos redes de solidaridad y reivindiquemos los cuidados. Solo si reforzamos los lazos colectivos, evitaremos que se sigan beneficiando de nuestro aislamiento y que podamos dejar de ser lo que hoy somos: seres solitarios conectados únicamente a nuestras pantallas».

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