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Imaginario de Ibiza

El mirador de sa Galera, allá donde comienzan es Amunts

S’Illeta de Cala Salada, sa Punta de la Mare de Déu y el Cap Nonó conforman uno de los paisajes más fascinantes del litoral ebusitano. Su mejor perspectiva aguarda camino a las terrazas escalonadas que se suceden en la costa de Punta Galera

La isla de Cala Salada con el Cap Nonó al fondo.

La isla de Cala Salada con el Cap Nonó al fondo. X.P.

Nadie es una isla, pero todos somos media isla, una península rodeada casi por todas partes de agua negra y, a pesar de todo, unida a otras penínsulas. (Amos Oz)

Hay quien dice que Ibiza es una isla camaleónica que se adapta al carácter y las necesidades de cualquier persona. Esta multidimensionalidad también es aplicable al paisaje que, aunque parezca una constante que alterna el verde de los bosques, el ocre de las rocas desnudas, el almagre de los campos y la cal de casas e iglesias, contiene recovecos que rompen con esta continuidad. Y en ellos encontramos postales inesperadas que nos recuerdan a territorios lejanos e incluso exóticos.

Existe un rincón donde pararse a contemplar un tramo abrupto que, indefectiblemente, evoca a esos atolones asiáticos salpicados de islas y cabos de piedra, que se elevan en vertical con selvas tropicales en sus cumbres. Escenarios como los de Koh Phi Phi en el Mar de Andamán, al sur de Tailandia, o la bahía de Halong, al nordeste de Vietnam. Dado que no tiene un nombre conocido, podemos bautizarlo como el mirador de sa Galera. Aguarda aferrado a la carretera que desciende hasta la vieja cantera de piedra frente a la punta, cuyas terrazas escalonadas y lisas siguen constituyendo un reducto paradisíaco para nudistas, que se asolean sobre losa caliente y zambullen en un agua cristalina.

Para alcanzar el mirador hay que desviarse camino a Cala Salada, por el interior de la urbanización de Punta Galera, sorteando el bosque hasta enfilar en paralelo a la costa

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Para alcanzar el mirador hay que desviarse camino a Cala Salada, por el interior de la urbanización de Punta Galera, sorteando el bosque hasta enfilar en paralelo a la costa. En el último tramo del descenso, donde la carretera prácticamente lame el precipicio y los bañistas estacionan sus vehículos, hay que columbrar hacia el norte. Desde allí se abre una amplia perspectiva del lugar donde arranca el territorio de es Amunts a través de la costa, con s’Illeta de Cala Salada en primer término, que es otro islote cuesta abajo con un bosquecillo de sabinas, pinos y matas sobre el lomo.

Separado del escollo, un paso regular que dista medio centenar de metros del borde de la isla madre. Desde aquí, los dos arenales de Cala Salada resultan del todo imperceptibles, pues únicamente se distingue el entrante de la rada; territorio desconocido para el lego. Tras el islote, la Punta de la Mare de Déu, casi vietnamita, donde la roca desnuda contrasta con el tupido manto de pinos que se aferran a la cima y cuyo verdor se refleja en el mar profundo, atemperando oscuridades abisales. Dicen que a corta distancia desde este punto el suelo marino se precipita drásticamente al vacío, formando un inmenso escalón sumergido. El cabo cierra un promontorio adherido a la isla a través de un estrecho istmo horadado por la parte inferior. De ahí su nombre: sa Foradada, en cuyas cercanías se esconde también la cueva de la Mare de Déu.

Más allá del cabo comienza el territorio de ses Fontanelles y el Cap Nonó, que se eleva por encima de todo este marco. Los apabullantes accidentes geográficos que lo anteceden, sin embargo, acaban empequeñeciéndolo en relación a la presencia dominante que adquiere cuando se avista una perspectiva completa de la bahía de Portmany desde la lejanía, en la falda de los montes de Sant Josep.

En ocasiones, para gozar de paisajes exóticos, solo hay que viajar hasta la vuelta de la esquina.

Frontera de es Amunts

El paisaje abrupto que se observa desde el mirador de sa Galera puede calificarse como fronterizo, ya que desde aquí comienza el área de es Amunts, que se extiende por toda la costa norte y el interior, hasta la playa de s’Aigua Blanca, en la opuesta costa este. Ocupa una cuarta parte del territorio insular y acoge en su interior pueblos y aldeas tan variopintos como Santa Agnès, Sant Mateu, Buscastell, Sant Miquel, Sant Llorenç, Sant Joan o Sant Vicent, además de numerosas calas abruptas, acantilados sobrecogedores, islotes, fincas, torres defensa…


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