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Memoria de la isla

Retiro y pesca en ses Balandres

En ses Balandres da vértigo mirar hacia abajo. El acantilado se descuelga 200 metros cortado a cuchillo y aunque el descenso hasta el mar parece imposible, los payeses bajan con aparejos y suben cargados con dos o tres cajas de pescado

El acantilado.

El acantilado. Archivo Magón

En mi año sabático de seminarista, el rector me dio permiso para pasar las Navidades con mis padres y mis hermanos. Cansado del enclaustramiento al que no estaba acostumbrado, salí como una liebre, con ganas de correr, y en los primeros días de enero me escapé a Corona. La Noche de Reyes tenía que estar de regreso en Ibiza porque, aunque ya no hubiera Magos, en casa seguía siendo una ocasión de sorpresas y regalos. En Santa Agnès conocía a mossènyer que durante un tiempo fue mi confesor y del que yo apreciaba especialmente sus consejos porque, ¿cómo diría?, los daba sin darlos. Fue un amigo. En casa dije que me iba de retiro, pretexto que en mi circunstancia colaba bien. Lo que de verdad buscaba era tomar el aire, despejarme, caminar, escuchar música y leer tranquilamente Los alimentos terrestres de Gide, cosa que en el Seminario tenía prohibido. Pero ya instalado en la parroquia, tuve un despiste que me fastidió: salí por la tarde en bicicleta hacia la Penya Esbarrada y el libro quedó a la vista. A mossènyer se le ocurrió hojearlo y se montó la de Dios es Cristo. Creo que me jugó a la contra la nota que yo había escrito en la contraportada: «Maricón místico y sensual, Gide nos regala una apología del fervor, un breviario hedonista de la sensación: Dios está en todas partes, incluso en el éxtasis de los sentidos». Le dije que no había para tanto, que si patatín y que si patatán, pero no le convencí. Cuando yo leía, él me miraba de reojo. No sé si por aquel incidente mossènyer quiso que me distrajera y preparó lo que pasó después. Tanto da. Hoy pienso que fue un magnífico regalo.

El segundo día, en can Cosmi, mientras desayunábamos una jugosa tortilla de patatas, me presentó a Vicent, un pescador al que le faltó tiempo para invitarme a salir con la barca, pero tenía que ser aquella misma noche. Acababa de decir que sí y ya me arrepentía. Me di cuenta de que teníamos que bajar a ses Balandres. Ya había descendido una vez y me había prometido no repetir. Recordé que me habían temblado las piernas cuando, en la bajada, ya cerca del mar, habíamos tenido que descolgarnos por una gruesa soga con nudos en los que apoyábamos los pies y después por un tronco apoyado en la pared del acantilado, al que se le habían dejado los tocones de las ramas cortadas para proporcionar un mínimo asidero. Pero había dicho que sí y no me atreví a confesarles que me volvían a temblar las piernas de sólo pensarlo.

Bajamos el farallón al atardecer. Vicent, delante. Yo iba detrás y para no despeñarme echaba mano de troncos, raíces y matas. En el Racó des Varadors había dos pequeños llaüts. Cuando me quise dar cuenta, bordeábamos la costa de s’Illot y es Corrals. El acantilado desde abajo era un paisaje de gigantes y me sentí pequeño. Viendo a Vicent en la caña, ensimismado y como ido, pensé que la pesca exige una actitud filosófica. La barca llevaba en la popa un petromax, la lámpara de rigor. Nos detuvimos en un recodo, pegados a la ciclópea pared, y mientras nos comíamos un bocadillo y se iba la luz, me fijé por primera vez en los aparejos, dos volantines, tres palos largos con gancho y varios sedales con plomo y potera, ese anzuelo múltiple y circular que llaman robador. Encendida la lámpara, el acantilado descendía recto bajo la quilla y se perdía muy abajo. Hablábamos en voz baja, como si los peces pudieran oírnos. Tiramos los robadores con sardinas que cubrían los anzuelos y quedamos quietos, a verlas venir. El tiempo pasaba lento. Algunos pececillos aparecían y desaparecían. «Això va bé!», dijo Vicent al verlos.

El frío y el calamar

Poco después, me señalaba con la mano las aguas, a proa. Contuve el aliento. Una forma blanca y rosácea iba subiendo con espasmódicos impulsos, como si bailara. Y al poco, «s’ha enganxat!», dijo Vicent. Lo izó despacio, muy despacio, hasta que yo pude cazarlo con el salabre. Vicent lo cogió, el bicho se agitó resbaladizo y cuando lo sujetó con las dos manos, le soltó un chorro de tinta que le manchó la cara y la zamarra. Con una maldición, Cagun tot!, lo lanzó con rabia contra el fondo de la barca. Seguimos pescando. Hacía una humedad y un frío de todos los demonios. La lámpara goteaba. Por lo visto, según me dijo, el frio era bueno para el calamar. Y acertó. Conseguimos cinco calamares. Yo sólo subí uno. De casualidad. Vicent se dio por contento y quiso ir al pulpo. Movió la barca y entramos en una calita donde la luz dejaba ver un fondo de rocas. Y me sorprendió lo que hizo. En el gancho de uno de los palos sujetó como señuelo un trapo blanco. Lo sumergió, lo acercó a las rocas y lo paseó una y otra vez por la pared. No pasaba nada y yo tiritaba. Pensaba que tendríamos que dejarlo, cuando debajo de una roca salió un brazo que se movía a cámara lenta. Y luego otro.

Vicent movía el gancho con suavidad y salió la cabezota, como una enorme pera. Entonces, con un movimiento sorprendentemente rápido, el pulpo agarró el trapo y Vicent empezó a subirlo sin que se soltara. Cuando lo tuvimos en la barca se siguió retorciendo sin soltar el trapo. En un tentáculo llevaba una piedra que dejó caer. Vicente lo cogió y el pulpo se le agarró pegajoso al brazo, pero cuando le puso de revés el capuchón, como quien le da la vuelta a un calcetín, el pulpo vaciló sus ventosas. Pesaría sus buenos tres kilos. Sobre la madera del fondo de la barca todavía se arrastró y, como si la chupara, hacía un ruido sordo que me recordó el del esparadrapo cuando se separa de la piel. Vicente se lavó las manos en el mar y se las secó en la chaqueta.

Poco después estábamos en el varadero. Izamos el bote, Vicent lo amarró y suerte tuvimos de la tajada de luna y las linternas que nos ayudaron a subir. Fue más fácil que bajar. Cuando llegué a la parroquia eran las 4 de la madrugada. Mossènyer había dejado la puerta abierta. En el dormitorio hacía frío y en la cama me tapé hasta la cabeza. Mañana, pensé, en can Cosmi nos prepararán los calamares.

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