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Crónicas de viaje

Nápoles es un milagro en cada esquina

Sobrevive a la destrucción en cada paso. Sus calles están sucias. Los edificios parecen salidos de un bombardeo. El tráfico colapsa el casco histórico y lo engulle en una niebla de contaminación. Pero pocas avenidas hay en el mundo con tanta vida como vía Toledo, donde el color de sus palacios no cabe en el pantone.

Basílica di San Francescoen la Plaza del Plebiscito.

Vivir de espaldas a la muerte con las manos aferradas a la vida. Los napolitanos se encomiendan todos los 19 de septiembre desde hace siglos a san Gennaro, su patrón. Acuden a la catedral y esperan solemnes a que el obispo alce el sagrario con unas gotas de sangre del santo. Se contiene la respiración. Es septiembre y suele pegarse aún el calor y la humedad que ha dejado el verano. Las mujeres se refrescan con los abanicos, otra herencia española, y los hombres consultan el calendario del próximo partido del Napoli. Entonces el obispo exclama. ¡La sangre se ha licuado! Lo que era un mineral sólido se ha transformado en un líquido recién salido de la herida. La licuefacción de la sangre de san Gennaro lleva sucediéndose cuatrocientos años y no hay ciencia ni lógica que pueda derribar las murallas de la fe entorno a ella.

La religión que destila Nápoles es popular, salpicada de supersticiones tan antiguas que el viajero ya las considera una modernidad. A la ciudad se le van sumando credos y misterios. El último está a la altura de las mejores leyendas que recorren las noches de todo el mundo. Hablamos de Vlad Tepes, el conocido como el Drácula histórico, que tras ser raptado por los otomanos en el campo de batalla, dio con sus huesos en la sepultura de su yerno, de la familia Ferrillo. Eso se traduce en que unos investigadores descubrieron que en el claustro de la iglesia de Santa María la Nova, entre el puerto y el Barrio Español, reposaban los huesos del vampiro. Lo único que le faltaba a Nápoles para no conciliar el sueño.

No le bastaba con la panorámica del Vesubio cada día, amenazante y bello al mismo tiempo. O los Campos Flégreos, otro volcán situado en la costa y que se eleva a una velocidad preocupante. La ciudad necesita emociones fuertes. Desde la Plaza del Plebiscito el mundo napolitano ya promete una visión entre decadente y artística. Nápoles sobrevive a la destrucción en cada paso. Sus calles están sucias. Los edificios parecen salidos de un bombardeo. El tráfico colapsa el casco histórico y lo engulle en una niebla de contaminación. Pero pocas avenidas hay en el mundo con tanta vida como vía Toledo, donde el color de sus palacios no cabe en el pantone. Las cafeterías exhiben orgullosas el mejor café del mundo. No son presuntuosas, para nada. Cuando el viajero prueba el placer negro en sus tazas candentes sabe que incluso hay modestia.

En el Barrio Español

El Barrio Español es el mejor ejemplo de lo que es Nápoles. Un mercado al aire libre, donde se compra cualquier tipo de género, como si estuviésemos en El Cairo o Calcuta. Los vendedores muestran sus mercancías y exhiben el arte de la seducción oratoria. Son capaces a vender su casa y sacar beneficio a corto plazo. Sus rostros son antiguos y castigados por el sol. Se entiende a la perfección que Caravaggio abandonase el boato romano y se escondiese entre los napolitanos. Se dedicó a pintar santos y vírgenes con la misma fisionomía que los pescadores y las fulanas que caminaban por el Barrio Español.

El panteón de Nápoles se completa con Maradona. Y este hecho escenifica lo necesitados que están los napolitanos de dioses. Como si no tuvieran suficiente con sus iglesias barrocas. El jugador de fútbol se fue de la ciudad hace treinta años pero aún perdura su halo divino. En la puerta de una iglesia, el que escribe observó un pequeño santuario pintado de azul. Creía yo que se trataba de un santo típico de los siglos antiguos y al acercarse descubrió que se trataba de un pelo de Maradona, custodiado por velas y flores de plástico. Mientra tanto, se celebraba una boda y los niños utilizaban la puerta por donde entraba la novia, vestida de blanco, como portería.

Lo importante es tener fe. Determinar a qué y por cuánto tiempo es lo de menos. Tal vez, la única religión invariable que ha tenido la ciudad ha sido la gastronomía. Hay pocos sitios en el mundo donde se coma mejor. Y esto no es un tópico. Fue en Nápoles donde la mismísima reina Margarita de Saboya, en 1889, pidió probar la comida de los pobres. El cocinero, Raffaelle Esposito, lo tuvo fácil: masa, tomate, mozzarella, albahaca, sal y aceite. El paladar de los pobres es refinado en la capital de la Campania.

Ojalá que la ciudad pueda dejar atrás el momento más oscuro de su historia, el que vive con la Camorra y que afecta a todas sus calles. Sería el milagro que necesita. Y no debemos subestimar el poder de Dios en esta ciudad, que hace posible todos los años la licuefacción de la sangre de san Gennaro. El problema es que el Dios de Nápoles no gusta de heroicidades. Puede el viajero, mientras que espera la acción divina, leer a Saviano o Erri de Luca. Sus libros son el mejor trasunto de Nápoles llevados al papel. Y no hay que esperar una vez al año para que acontezca. Merece la pena, en todo caso, el mundo desordenado que exhalan sus calles. A pesar del precio a pagar.

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