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El horno encalado. | X.P.

Imaginario de Ibiza

El insólito horno ibicenco de Can Parot des Canar

Una de las casas payesas mejor conservadas de Ibiza se sigue blanqueando una vez al año con cal viva. De entre la colección de singularidades que presenta su arquitectura, destaca un inédito horno con contrafuertes, aislado de la casa

La verdadera tradición no emana del pasado, ni está en el presente, ni en el porvenir; no es sirviente del tiempo. La tradición no es la historia. La tradición es la eternidad. (Alfonso Rodríguez Castelao)

La verdadera tradición no emana del pasado, ni está en el presente, ni en el porvenir; no es sirviente del tiempo. La tradición no es la historia. La tradición es la eternidad. (Alfonso Rodríguez Castelao)

Desde la carretera, recién encalado, resulta inevitable fijarse en el fulgor níveo que desprende es carreró de Can Parot des Canar. Los muros redondeados y paralelos que delimitan este camino de carro, que se elevan hasta una altura de metro y medio, contrastan intensamente con la calzada terrosa, el cielo zarco y el verdor del algarrobo aledaño. Se alejan en perpendicular del asfalto y acaban bifurcándose en las inmediaciones de la vivienda proporcionando salida a las dos casas de carro que cierran la casa por la fachada de gregal y al patio que envuelve este magnífico casament, uno de las más antiguos de Sant Carles.

El mayor tesoro arquitectónico de Can Parot des Canar aguarda, sin embargo, justo en el lado opuesto, el principal, orientado al lebeche y con un horizonte de almendros y algarrobos que, como antaño, se vislumbra desde el cercado y las alcobas superiores. Esta pieza insólita es un horno espectacular con cúpula, blanqueado con cientos de capas de cal viva, que el actual propietario, Vicent Ferrer, sigue aplicando todos los años con esmero a la totalidad del inmueble, incluidos cercas y corrales. Can Parot des Canar, en definitiva y con independencia de la perspectiva, es absolutamente blanca.

Cuando Vicent aún era niño y se alojaba allí con sus padres en el transcurso de las campañas de poda, vendimia o recolecta de frutos secos, en él se horneaban panes, cocas de pimientos, barras preñadas de tocino y sobrasada y flaons. Constituye uno de los escasos ejemplos de horno payés aislado y llama la atención por los tres contrafuertes que lo sostienen desde la parte externa del cercado. Su puerta se abre hacia el interior del patio y una parte sustancial de su estructura se apoya sobre el murete de piedra seca que ejerce de base a la tapia que circunda el inmueble. Resulta inédito encontrar un elemento tan imprescindible en la cocina ibicenca, ajeno a esta dependencia.

Unos muros redondeados y paralelos delimitan el camino de carro. | X. P.

La casa cuenta con un sinfín de corrales, almacenes y estancias, y representa la raíz del apodo ‘Parot’, muy habitual en la zona de es Canar, pues todos sus descendientes tienen aquí su origen. Antaño, esta familia poseía una extensión de tierra que alcanzaba la playa de es Canar. Como toda casa payesa, se organiza alrededor de un porxo del que brotan, formando cubos, la cocina, con un altillo donde se amontonaban las algarrobas, y múltiples alcobas, algunas de ellas en la planta superior conectadas por una escalera interior. Grandes losas de piedra conforman el suelo de esta sala, como solo las casas vetustas disponen, y la cubierta, reformada en un pasado lejano, exhibe como traviesas los amoratados listones de una antigua cuba de vino.

Hay una bodega donde se conservaba el vino y los aperos necesarios para elaborarlo, casa de la paja y los corrales de la mula y des raspalls (escobas), entre otros

Vicent vive en la propiedad aledaña y mantiene esta vivienda tal y como estaba hace cien años, salvo por un hormigonado, invisible desde abajo, que se aplicó hace algún tiempo a los tejados, ante la imposibilidad de continuar con la tradición que seguían sus padres y abuelos, que esparcían una capa de arcilla fresca una vez al año para prevenir las goteras. La cocina, asimismo, estuvo solada con cantos rodados pequeños como un puño, que por su deterioro fueron recubiertos por el clásico traspol payés. Los techos de las alcobas presentan distintos materiales, que oscilan entre el pino, la sabina y el cañizo.

Hay una bodega donde se conservaba el vino y los aperos necesarios para elaborarlo, casa de la paja y los corrales de la mula y des raspalls (escobas), entre otros. Sin embargo, el espacio más llamativo por nomenclatura es la casa de la sal. Cuenta Vicent que su abuelo, Joan d’en Parot, periódicamente salía con el carro y la mula con rumbo a las salinas, donde recogía un cargamento de sal que luego amontonaba en esta habitación. Así podían adquirirla los vecinos de los tercios aledaños. El trayecto hasta los estanques era largo y requería salir de noche y regresar de noche; casi tanto tiempo como cuando bajaba a la capital para vender los excedentes del campo.

La vivienda se mantiene tal y como estaba hace cien años. | X. P.

Cerca de la costa, Can Parot des Canar disponía también de una huerta que se regaba con el agua de una noria, y la madre de Vicent, María Ferrer, hija de Joan, que actualmente tiene 92 años, pastoreaba cabras y ovejas por la ribera, mientras se mojaba los pies en el agua. El padre de Vicent, por el contrario, procedía de Ca na Ribes, en Sant Carles.

Cuando en la costa de es Canar no existían hoteles ni bloques de apartamentos, Can Parot se columbraba desde Formentera y en ella habían trabajado niños de familias muy humildes que no los podían mantener. Cuidaban del ganado a cambio de techo y alimento, tal y como ocurría en multitud de fincas ibicencas.

Con la llegada del turismo y el establecimiento de una colonia de artistas en la isla, Can Parot des Canar acabaría protagonizando múltiples lienzos, como ejemplo de la idílica arquitectura rural de Ibiza, con sus muros blancos, su chimenea, su balconcillo, sus ventanucos y esos techos con múltiples alturas sembrados de tejas, por donde se deslizaba el agua de la lluvia.

Vicent tiene la ilusión de mantener esta histórica construcción igual de inmaculada que en las últimas décadas, sin modificar su estructura ni sustituir los materiales que la sostienen por otros más modernos y fáciles de mantener, ya que es una de las últimas casas payesas que quedan en Ibiza. El mérito que tienen personas como él es realmente digno de aplauso.

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Un origen desconocido

Cuenta Vicent Ferrer que en Can Parot des Canar ya vivía la abuela de su madre y probablemente muchas generaciones anteriores, aunque desconoce cuántos cientos de años tiene la vivienda. Algún historiador ha llegado a comentarle que es una de las más antiguas de Sant Carles y que incluso podría ser la primera, pero no existe seguridad al respecto. Se trata, en todo caso, de otro brillante ejemplo del innato sentido estético que poseían los picapedreros ibicencos a la hora de erigir sus casas, sirviéndose únicamente de los materiales que encontraban alrededor.

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